24 horas de cambio

Adiós López (ojalá fuera un adiós menos efímero), adiós hervidero citadino, adiós caravanas; adiós, negros vaticinios; adiós, ciclistas desafiantes; adiós, tramposa consulta sobre el Tren Maya (¡que decida el «pueblo sabio»!); adiós, «americano» recalcitrante de la Casa Blanca; adiós celular: alertas, mensajitos, publicidad (recién me llega el anuncio del Black Friday), Twitter…

Huyamos, aunque sea un día, a donde se pierde la señal, a donde todo es verde, a donde el cielo se ensancha, a donde la noche envuelve, a donde hay flores, chicharras, mariposas, hormigas, arañas, avispas, vacas, caballos, perros.

El paraíso es helado, pero basta un golpe de vida para salir a flote.

Linchamiento cerebral

Vuelvo a William Styron. Para él, la palabra melancolía se apegaba mucho más a la naturaleza del trastorno. ¿Depresión? Eso era un sustantivo «[…] empleado indistintamente para describir un bajón en la economía o una hondonada en el terreno». El término Brainstorm hablaba por sí mismo, dado que hacía alusión a un mal que se vive como «[…] una auténtica tempestad rugiente en el cerebro».

El cerebro no es más que una presa, y el espacio se torna abismal. No solo aloja pensamientos negativos, ideas suicidas y comportamientos obsesivos, sino tifones, maremotos, tormentas de arena, huracanes y cualquier artimaña que ponga en jaque a la masa de tejido nervioso encerrada en la cavidad craneal que los humanos percibimos como una bola con pelo.

Es más o menos así:

Está cayendo un aguacero. El paraguas es un adorno. Se está totalmente expuesto. Hazmerreír de truenos, relámpagos, automovilistas, niños, ciclistas, peatones, perros callejeros. Nada ni nadie repara en el ente que aún sobrevive a su naufragio.