Brrrrrrr

Empezamos la semana con una baja considerable de la temperatura. Además del frío, una lluvia testaruda. No estamos acostumbrados a congelarnos a pelo; me refiero a que las casas con calefacción en la Ciudad de México deben ser pocas. Lo que yo hago, dado que me molesta sentir frío, es cargar mi calentador eléctrico de un lado a otro.

¿Se imaginan los 16 grados bajo cero que entumieron a la población de La Rosilla ―por decir lo menos― en la sierra de Durango? Leo que «[…] es uno de los lugares habitados más fríos de México».

Vi nevar por primera vez cuando viví en Rhode Island, al que llaman The Ocean State. Uf, lindos, suaves y alegres copitos de nieve cayendo sin cesar hasta pintar todo de blanco. ¡Qué belleza!, ¡qué tersura!, ¡qué brillo!, ¡qué paisaje inenarrable! ¿A poco? Eso, el gozo, hasta que se derretía la ilusión en la nieve sucia, el hielo resbaladizo, el trabajo inexperto con la pala y las llantas de los coches enterradas.

En esos lugares se aprende el famoso «layering», es decir, el uso de capas de ropa para hacer como con las cebollas: irse pelando. Así que llegaba la maestra, estacionaba su Toyota azul de velocidades ―artefacto fiel y milagroso que, por 500 dólares, la trasladó sana y salva durante el tiempo que estuvo en la costa este de Estados Unidos―, y abría boca y ojos para ver a los estudiantes en mangas de playera, shorts y chanclas cuando la temperatura «subía» a 9 grados Celsius. Y es que ella llevaba camiseta, suéter de cuello de tortuga,  abrigo y bufanda.

Obvio, el salón de clases tenía calefacción. Sus alumnos muy a gusto mientras ella empezaba a quitarse ropa, sin lograr atajar las gotas de sudor que recorrían su espalda.

¡Y qué decir de la primera vez que desapareció el sol a las cuatro de la tarde! Újule, no era hora de ir a la cama, ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Cavar un hoyo y convertirme en topo? «Focus, hija, focus, te acaban de reparar el tendón de Aquiles y no puedes apoyar el pie izquierdo; ergo, no das un paso sin muletas; tu atuendo incluye una aparatosa bota, afuera está como boca de lobo y viniste aquí a estudiar una maestría. Abrí El mismo mar de todos los veranos y empecé a leer… con luz eléctrica.

Sui generis

¡El chimpancé!, ¡el gorila!, ¡el bisonte americano!, ¡la elefanta! Igual que si se jugara a la lotería, nomás que en esta variante se petatean a la voz del Gritón.

lotería

Ya escribí que disto de pertenecer al grupo de los llamados “animalistas”, por ende, también estoy lejos de conocer las causas reales (oh, sospechosismo) de los decesos de Bantú, de Lio, de Maggie y del bóvido salvaje que no tenía nombre. Uno fue víctima de un paro cardiorrespiratorio; otro, previas convulsiones, bye bye birdie; a otra le recetaron una eutanasia porque cargaba con una osteoartritis crónica degenerativa, es decir, galopante, y una más se despidió del reino animal por «traumatismo de congéneres» (what??: hacer clic en liga) y problemas metabólicos.

http://www.excelsior.com.mx/comunidad/2016/07/15/1104914

Total, que los “animalitos”, como cariñosamente los llamó don Michelangelo Mancera (pronúnciese en italiano), más bien la sobrellevaban en una casa de reposo con visitantes anónimos incluidos: quiero decir que yacían (yacer de estar echado) y aguantaban vara mientras se agotaba, sin permanencia voluntaria, la obra «El último aliento».

Sí, señores, el zoológico geriátrico de Chapultepec en la Ciudad de México… ¿Pues así cómo? Uno va a un zoo para admirar especies fuertes, bellas, ágiles, inquietantes, simpáticas, exóticas, grandes, únicas. Si yo fuera dueña de un parque zoológico tendría que hacerme de un equipo de súper expertos, capacitados para lidiar con toda clase de especímenes —máxime la de los ANIMALAZOS—, gente que supiera qué medidas tomar cuando las bestezuelas caen en la categoría eufemística de “adultos en plenitud”, como de manera brillante bautizó Mr. Fox a los integrantes de la tercera, cuarta y hasta quinta edad. Los encargados tendrían que saber reaccionar cuando vomitan, copulan, enloquecen, se esconden, gritan o presentan síntomas diarreicos.

Hay de dos sopas: dar carpetazo a los parques geriátricos para animales o conseguir ejemplares en etapa juvenil, a fin de conservarlos, cuidarlos y admirarlos sin que se colapsen —caso de Liu— ante un hijo de vecino cuyo paseo dominical, más bien trágico, acaba siendo trending topic en las redes sociales.

 

Bantú

Falta que le hagan una misa de cuerpo presente en la Basílica de Guadalupe, o que atiborren de rosas blancas el Palacio de Bellas Artes, o que los asistentes al zoológico de Chapultepec honren su memoria, in situ, atascándose de hojas, frutas, tallos y raíces, o, de perdis, que los culpables de su muerte gestionen los permisos para enterrarlo en el cementerio parisino de Père-Lachaise, donde su espíritu descansaría junto a los de Edith Piaf, Oscar Wilde, Marcel Proust, María Callas y Gustave Doré.

Y es que murió Bantú

gorila

El señor Jefe de Gobierno de la Ciudad de México ya «se pronunció» en torno al caso, la Comisión de Derechos Humanos capitalina (nótese que son «humanos») abrió una indagatoria, y los «animalistas» de la organización ambiental Gran Simio levantaron una consulta ciudadana.

Qué triste que ya no tenemos gorila, pero qué desgracia que éstas sean las notas que dan de qué hablar en el periódico Reforma (hoy, sección «Ciudad», pp. 1, 5).

Por favor, que hagan la necropsia y castiguen al o a los responsables; en el ínter, que se sigan solapando los desmanes, actos de violencia y delitos de los maestros que todos los días ponen en jaque a esta ordenada megalópolis.

Alerta sísmica

Ayer, cerca de la media noche —la relatora seguía con el ojo pelón—, sonó la alerta sísmica (¡ay, nanita!): treinta años y diez días después del anunciado simulacro para rememorar el desastre causado por el terremoto de 1985 en la ciudad de México.

ay nanita

Por si los señalaban por no estar chambeando...
Por si acaso les decían que no estaban chambeando…

¿Qué rayos hacer? En el ir y venir de la crónica de un jalón anunciado, atiborrada de ideas inconexas y con cierta parálisis psicomotora (eufemismo de «en la pendeja»), lo menos que esperaba era un repentino escupitajo de la tierra.

Brinqué de la cama y atiné a ponerme el brassiere: mi hermana sabe que lo hice en bien propio y ajeno, en beneficio de una parte de mi cuerpo de la que fui generosamente dotada.

Entré en un estado confusional del que salí ilesa, sin que se sintiera nada. Alarma igual a sismo: ¿error humano o benevolencia terrestre? Dale que dale al Twitter cuando @ManceraMiguelMX informó que la magnitud había sido de 4.8 y el epicentro al noroeste de Ometepec, Guerrero.

El numerito es infame: ¿resulta contraproducente el ulular de los altavoces y la voz masculina que repite “alerta sísmica”, “alerta sísmica”, “alerta sísmica”, “alerta sísmica”…?

No se trata de criticar la medida que pone en guardia a los ciudadanos del Distrito Federal, sólo relato la experiencia de una mujer ya condicionada —recuérdese el famoso perro de Pavlov—, con los pelos de punta, que a duras penas se enfunda su inseparable prenda mientras espera que la tierra se acomode y que de preferencia no sea a gritos.

pavlov

https://ztfnews.files.wordpress.com/2014/09/perro-de-pavlov-2-copy.jpg

El tipo del leitmotiv se oía de fondo y con vehemencia, confundido con las voces de los vecinos que bajaron las escaleras en procesión.

¿Cómo reproducir el sonido de la alarma con una onomatopeya? Da igual, ¡qué paranoia!: ¿se sentirá muy fuerte?, ¿me quedo en casa o bajo a hacerles compañía, temblorosa de frío y de miedo?

https://www.youtube.com/watch?v=3FvP5emjXhQ

Lo más que hice fue otear: abrí la puerta —cada vez que lo hago se oye un ruido como el de alguien que levanta la escotilla de un fregadísimo NautilusMX—, ni un alma en el cuarto piso, seguíamos sin movimiento y sólo se escuchaba el murmullo de quienes ya se alistaban para meterse a la camita.

topo gigio

¡Nel, ya pasó el susto! Total, que la asociación entre #AlertaSísmica y #hazdetripascorazón se quedó en el limbo.

Falsa alarma. Hoy otra, en un consultorio médico —ahora que de 5.2 y al norte de Zihuatanejo—, temblor que tampoco sentí. Menos mal que todavía no entraba con el doctor porque me hubiera encontrado casi en las mismas condiciones que el día anterior. Oh my dog!

Octubre…

¡De volada!

Este retazo tiene destinataria, ayer le prometí que escribiría.

¿Saben?, es halagador que haya personas que esperan mis letras. Ni maiz palomas, hoy van a ser escasas, pero mañana habrá «carnita».

Menos de 100 palabras… ¡me la va a refrescar!

*Bai de güei:

En la ciudad de México todos los días me topo con espectaculares que ostentan el siguiente texto: «Anuncio en suspensión de actividades»: se pusieron en huelga, señores (y seños), por sus pistolas y sin autorización.

Ahora, ¿han pensado en qué operaciones o tareas desempeñarán esos gigantescos rectángulos que no hacen más que afear el paisaje?

Hasta mañana.

Agradecimiento

Gracias por el techo, por el cobijo, por el resguardo, por la protección; gracias por ser mi refugio durante diez años: refugio hermoso, pequeño, colorido, silencioso, amable, casi siempre iluminado por soles matutinos y vespertinos.

luz de sol

Aquí, en este cuarto piso, más imaginarios que reales, me acompañaron mi hermana y mis sobrinos, mi padre, mamá —enramada en albahaca que empieza a tirar sus hojas a causa de una entrometida plaga blancuzca—, e incluso mis queridos tíos Malis y Maruca.

También la cama, mesa, sillas y flores Van Gogh; la doble cara de Remedios Varo y su Mujer saliendo del psicoanalista, el macetón de barro con las sangrantes flores de Teresa.

Permití que entraran muy pocas personas: elegidas. Las hice parte del mundo que me aisló del zumbido del Distrito Federal —¿próxima Ciudad de México?— y de la inacabada amenaza externa.

Aquí, una vez cerrada la pesada puerta, he sido yo, despojada de máscaras, desnuda, capaz de respirar mi aire y no el de quienes forzosamente veo todos los días.

Puerta Sasso

Un verdadero hogar, suave, sin exabruptos de vecinos complicados, sin chillidos, escándalos ni faltas de respeto. Cuatro pisos diarios de escaleras para encontrar mi paz —montaña cuando cargo las bolsas del súper en un solo viaje— y resguardar mi corazón.

Gracias pues, Giovanni Sassoferrato —por si no saben, fue un pintor italiano del XVII—, por algodonar mis miedos, atestiguar mis alegrías, acompañar mi amor y mis logros durante poco más de 3,650 días.

Sassoferrato

Hasta pronto.