Torbellino

Te puedo compartir mi experiencia, no más. Llámale fases, gama de sentimientos y sensaciones, camino al hoyo o como quieras. Sucede que te despiertas (en mi caso, la conexión con el mundo real es instantánea), te mueves un poco en la cama y empiezas a pensar antes de abrir los ojos. Hay temor, pero leve y manejable. Si tu cerebro se arranca como coche de Fórmula 1 cuando abres los ojos y decides levantarte, mal empezamos, porque entonces el circuito se llena de curvas y borra las rectas, donde se podría ver con claridad. Pero no solo no pasa eso, sino que te cuesta controlar el coche azul metálico con el número 3. Ahí, qué pena, ya le abriste la puerta al miedo. Y lo peor es que el riesgo al que te enfrentas ni siquiera existe. En este punto, como no hay nada real que debas afrontar, tu mente se bloquea y te preguntas qué rayos te pasa. Como la respuesta no llega (o no la dejas llegar), se cuela, como enredadera voraz, lo que para mí es ansiedad. Ya se juntaron el miedo y la ansiedad, así que tu coche es un trompo al que haces bailar a 300 kilómetros por hora. Adiós circuito, ya no hay curvas ni rectas. Todo lo domina la velocidad con la que pasan esos pensamientos inquietantes que tú formas uno detrás de otro, como cuando se hace una fila para que a la gente le sirvan sobras de comida en un plato asqueroso. El cucharón que avientan en tu plato ya trae angustia, o sea que el trompo gira tan rápido que ni te enteras de que no puedes respirar normal ni de que tu corazón da latigazos en tu pecho. Ahora se llama terror: cuando no ves, no oyes, no razonas, no haces… Estás petrificado, encerrado dentro de ti, e irremediablemente te vas al hoyo del que te he hablado tantas veces. Ese hoyo es pánico, incertidumbre, flacidez mental, impotencia, llanto, espuma. Bienvenido al negro.

Sinsabor a muerte

—Piiip piiip, ¡paaaaaaf!

Así lo describió Riohnach, la mujer del percance.

—Híjole, yo ya me había estacionado —comentó Mahala— y vi que venía Rioh. ¡De pronto oí un guamazo, el cuate de la moto salió volando!

Con moto y sin can
Con moto y sin can

Santísima Madre, así pintaba el festejo.

—¿Qué pasó —grité.
—Es Rioh —dijo Kama.

Imaginé lo peor y bajé las escaleras cual vaca de lidia. El frente de su coche se había desintegrado y un motociclista dolorido se recargaba en un árbol. Como suele pasar en la ciudad de México, los repartidores manejan como alma en pena y desafían la segunda ley de Newton, que involucra aceleración, masa y fuerza.

Física

Sirvió de poco que Rioh indicara que daría la vuelta, el temerario conductor quiso ganarle al auto y pasar por delante. Nanay.

—Tendría que ir al Ministerio Público en calidad de detenida.

Dioses del Olimpo, Rioh con los ojos desorbitados, la boca espumante y el fulano poniéndose el hielo que cariñosamente le ofreció Polly. Adentro de la casa se acumulaban arreglos cumpleañeros, suculentas botanas y la mar de bebidas alcohólicas.

—Pero mire dónde me pegó, yo no tuve la culpa, ¿cómo que al MP?

No me imaginaba a Rioh en una celda, máxime que ha pasado por la vida con cara de #yonorompounplato

—Es cierto, pero hay un herido. Déjeme ver qué puedo negociar.

Ay, qué desasosiego, y este bochinche ya no se puede cancelar.

Suddenly…

—Mire, señora Baca, la aseguradora pedirá la ambulancia para el siniestrado (horrenda palabra) y a usted le darán la mitad del deducible.

¿Será que partiremos pastel?

Visto sin sobresalto, qué fortuna que el conductor de la motocicleta estuviera coleando de vivo y que se evitara la intervención de nuestros eficientes y níveos Ministerios Públicos, infestados de burócratas que bostezan sin tapaboca, mascan (y truenan) chicle, duermen el sueño de los “justos” (o crudos) y brindan un servicio en modo de adagio.

La crisis fue superada al amparo de cinco botellas de vino y algunos fogonazos. Rioh la hizo de DJ, olvidó la afrenta y el frentazo, Mahala regresó airosamente de su blackout alcohólico, Polly soltó sus más sonoras carcajadas e hizo gala de la mofa, Pablo rió y lloró con recuerdos envueltos en canciones y las Perritas volvieron a su jilgueresca adolescencia.

Hasta la próxima.