Realidades y ficciones

Salpican imágenes con hornos, comida, gente, barullo, lumbre. Cercana al calor y lidiando con papas; un tubérculo, el más real de la marejada nocturna. Se sienten desasosiego e ineptitud. Idas y venidas, como moscas que aturden y descolocan.

—¿Quién vive?

Por ahí anda Mónica. También caras familiares, borradas desde el inconsciente. Deviene en una marmitona que clama que ¡no le gusta cocinar, que ahí lo deja!

Y luego, ¡luego!…                            

Está de pie, con una bolsa de plástico entre las manos: burlona, desafiante e impasible —sí, como cuando se convence del odio que le profesa la consanguínea; esa, sí, la de Las Mañanitas y no el Happy Birthday—. Una impertinente y cruel mexicana que suma 27 años más viviendo en el país que se ahoga a patadas y da patadas de ahogado.

Y entonces, ¡entonces!

Armándose de valor, sin empequeñecerse frente a su desparpajo, le espeta: “¡Sí, siempre estás conmigo, es lo que me dices!”.

Acto seguido, ábrense un par de ojos, de par en par, que asienten, incrédulos, con el primer parpadeo.               

Despedidas

Entramos por distintas puertas, aunque al mismo tiempo. Como casi siempre, llegué a oscuras y gustándome la penumbra; por eso dos de mis sobrenombres son búho y murciélago. Íbamos a la cocina. Vi formas informes, pues suelo caminar sin anteojos por espacios conocidos. Distinguí un plato hondo de barro, pequeño, con algo negruzco dentro:

—¿Qué traes ahí?, ¿qué haces?

—…

—No vayas a quemar la casa…

—¡N’ombre!

Prendió el trozo de carbón, que, dijo, “ya no es como antes”, y esperó a que cediera la flama. Después sacó copal de una bolsa de plástico y lo puso en la lumbre. Observamos cómo se empezaba a quemar. (Si algo me gusta de las iglesias, que no frecuento, es el olor a incienso. Mientras más aromático y perceptible, mejor.) Después, los soplidos mitigaron la llama y avivaron el humo.    

La ofrenda, toditita montada por ella, estaba en medio de una sala casi vacía, donde aún quedan un par de sillones, libros y algunos objetos. Todo en el suelo. Acarreó el plato y entró por el comedor seco de muebles. Había retratos, cempasúchil, papel picado, pan de muerto, manzanas, tequila, ron, una veladora al pie del altar y un puro.    

Entonces, sin decir agua va, empezó. Se propuso sahumar la ofrenda. Regaló unas palabras a los muertos presentes antes de pasarme el barro. También les hablé, y lo hice convencida de que me escuchaban.

Lo que inició como una “coincidencia”, que no lo fue, se convirtió en un significativo deambular por toda la casa, tanto en el interior como en el patio que la rodea. Dos mujeres compartimos un recorrido al que luego, después de sentir, intentamos bautizar —decía Borges que “Detrás del nombre hay lo que no se nombra […]”—: paz, contento, tranquilidad, agradecimiento, comunión.

Coincidimos, eso sí, en que se traslucía la despedida. Quizás en el fondo, mientras caminábamos absortas por el sahumerio blanquecino, cambiantes ritmo y cabriolas, en San Pablo de los Remedios se enhebraba el sereno adiós de don Chema, padre, abuelo y bisabuelo, cuya presencia habría que incluir en un devoto y tradicional Altar de Muertos.           

¿Y cómo es él?

―¿Y el pésame?

―¿Cuál pésame?

Basta mirarme; no sé si paso por rabino, lunático, bicho raro o enfermo mental… Eso sí, más que sacerdote católico, soy El Mesías. Mis pelos siguen creciendo, por eso me los enredo en un chongo. La barba, que ya blanquea, es larga e ingobernable. Ni siquiera me doy cuenta de cuando se me pegan restos de comida entre la mata. 

En casa me pesa el tiempo; es un monstruo de varias cabezas que me observa desde el altar donde se ofician misas.

¿Misas?

Los caracteres, con sus combinaciones de tipos, gotas, glifos y remates, me persiguen. En la biblioteca, los libros se me derraman; me aplastan, como me aplasta el pasado de la cocina, de las recámaras inmutables, de las ollas y cacerolas de antaño; de los muebles que huelen a una capa de polvo invisible que acumula como 60 años.

Deambulo por el mundo de quienes tienen un pie en la tumba, la barriga en el fuego, el pecho bajo la tierra, la cara lívida y los ojos medio cadavéricos. El sombrero negro me separa del resto ―¿los vivos?―; me hace excéntrico, me convierte en una especie de detective pasado de moda.

¿Acaso aliento? Necesité crear un personaje para darme un yo: no soy el ministro religioso que consagra el cuerpo y la sangre del Señor; tampoco el amante de niñas «púberes», ni el homosexual que se esconde en el armario de su madre. 

Soy solo yo, que me hice visible a fuerza de trastocar mi identidad… y puedo fumar puro y beber y decir groserías y… soltarme el pelo. 

―¿Cuál pésame?

Firulín firulete

Mi abuelo dice que los demonios desaparecen durante el día y salen en la noche, sobre todo cuando no se ven bien las estrellas, pero yo no le creo, porque los míos andan rondando todo el tiempo. Cuando camino a la escuela se me aparecen monjas con cuernos, cuando mi mamá está en la cocina, aunque las ollas no la desnuquen, veo cómo se balancean sobre su cabeza, y, por si fuera poco, en la milpa me persiguen millones de muciélagos. Ah, también al toro lo veo sin rabo y a las gallinas pastando.

Mi abuelo es mentiroso. Cuando era niño me contaba que había ido a la luna y se había columpiado en una nube acolchonada. También me decía que la primera vez que fue al mar había mordido a un tiburón, y que una noche en la cantina había desafiado al matón de matones del pueblo.

Mi hermana lo adoraba, para ella el abuelo era un pequeño dios, un tipo que la dejaba jalarle la barba, un loco que bebía aguardiente y aullaba igualito que los perros de por ahí, un hombre que le hacía broches de libélulas, que le ponía cascabeles en los calcetines y que le tejía bufandas con chaquiras brillantes.

Eso la había hecho la niña más feliz, la más vista, la más sonriente, la más coqueta y la más dulce. Pasó el tiempo y el abuelo se fue apagando; conforme perdía su brillo, ella se hacía más consciente de las burlas de sus compañeros de clase: ¡lo que usaba mi hermana era tan feo y de mal gusto!

El abuelo murió. Lo enterramos en el panteoncito junto a mi abuela. Sentimos tristeza, sí, pero vimos a mi hermana tan orgullosa de sus calcetines con cascabeles que ese día supimos que la magia del abuelo la había hecho inmune a las envidias de la vida.

 

Privilegio

Sombreros polvosos, sable, cuchillo y pistola; mi abuela, bella y altiva, vestida de azul en un retrato de Montenegro; cuatro camas individuales en una sola recámara, como las de los ositos; libros y más libros, repartidos en tres libreros; ocho equipales con su pequeña mesa de centro cayéndose a pedazos; gruesas vigas de madera, incorruptibles, en el cuarto principal; viejos títeres que cuelgan de una de las paredes de la cocina; la colección de platos, colocados uno a uno con alegría; dos coloridas botellas con canica; la chimenea que dio cuenta de buena parte de la historia Jiménez Perezcano, el patio donde durante tantos años hicimos deporte, la ventana redonda por la que me escabullo para ver la luna, rodearme de cerros y vigilar a las nubes, el prehistórico horno de microondas, la vegetación.

Ahí, en vez de claxonazos, ulular de ambulancias, mentadas de madre, pantallas luminosas y gritos, me topo con todos los tonos de verde: claros, oscuros, traslúcidos, combinados. También veo las flores anaranjadas de un tulipán africano, buganvilias de distintos colores, nochebuenas para las que llegó la hora de brotar; pájaros, colibríes, mariposas amarillas y blancas, chicharras…

vegetacion
Amatlán de Quetzalcóatl. Foto de la autora.

Es cierto que se cuelan los ruidos del repartidor de gas, los ladridos de perros alebrestados, el altavoz que informa a los habitantes del pueblo, mugidos, martillazos, pero no deja de ser un milagro que a poco más de una hora de la urbe de concreto dominada por el caos me encuentre con un paraíso donde desayuno inmersa en verdes aciruelados, troncos recios, piedras mohosas y luz vibrante, todo acariciado por la voz de la señora Callas.

¡Tantos recuerdos, tantos!: mi madre zambullida en agua helada, mi alberca oscura de 40 000 litros, Aline, las pozas, las mazorcas en el fuego, pérdidas, mis escapadas para correr bajo la lluvia, el mole y las tortillas echadas a mano, amores…

¿Qué haríamos sin memorias?

Ciencia pura

Su súper poder desfallecía, como el de Popeye sin espinacas.

popeye

Lo probé una y otra vez: en un cubierto, en el teclado de la computadora, en una servilleta: nada. Tenía que reemplazar mi pequeña fuente de diversión: una cajita redonda cuyo contenido espolvoreaba con unas pinzas, de las que se usan para sacar cejas.

Había que hacer el último intento, comprobar científicamente que ya no surtía efecto y que necesitaba una nueva arma secreta. Preparé el terreno —cuarto de baño: escusado—, imaginé a mi víctima —sólo una posibilidad— y luego desaparecí como si nada hubiera sucedido, lingui lilingui.

Como de costumbre, bajé a pelotear —hoy dizque se «pelotean» las ideas— en mi menos de media cancha de básquet donde todas las tardes me entretenía mientras practicaba diversos tiros e ideaba un encontronazo deportivo entre mis jugadores favoritos y los de menor querencia, todos representados por mí.

¿Tarea?, ¡cuál! Primero estaba mi fuga, mi juego, mi competencia interna; la única posibilidad que tenía para escapar del torbellino que desparramaba sillas, burós, espejos, camas, mesas y cuanto objeto transitaba por mi cabeza.

Un grito desesperado. Es el título de un libro, ¿no? Pues algo así me sacó de los tiros de tres puntos, los ganchos, las entradas (dos pasos y arriba porque si no es violación) y autopases de fantasía muy Magic Johnson.

—¡¡¡¡¡F…A!!!!!

Ups. Entré por la cocina, abrí la puerta, acechada por un mal presagio, y antes de empezar a subir las escaleras para postrarme ante el gran Cristo que atormentaba mi niñez:

—¿¿¿¿Qué me echaste????
—¿Por qué?
—¡¡No te hagas!!
—¿Qué te pasa?
—¡¡Me pican horrible las nalgas!!, ¡¡ya hasta me metí a bañar y nada que se me quita!!

Ah, caray. Tuve la ocurrencia de poner el pica pica mortecino, «que no daría ni cosquillas», en la taza del escusado. ¿Había recuperado su potencia al entrar en contacto con la suavísima piel fraternal?

¿Una pera?
¿Una pera?

—¿¿¿¿¿Qué me echaste????? ¡Qué poca! ¡Mis nalgas, güey!
—Híjole, perdón, quise probar mi pica pica, pero no creí que sirviera.
—¿¿¿Qué??? ¿Cómo se te ocurre ponerlo en el escusado?
—Tienes razón, lo siento. No lo hice a propósito.
—¿¡No!? ¿Entonces para qué lo pones?
—Oye: no te rasques, sólo así se te va a quitar la comezón.
—¡¡Otra más, F…A, ya me tienes harta!!

Padeció y aguantó vara con muchas de mis maldades. Si hubieran visto su cara, percibido su desesperación… La Perrita era un bulto chapeado que iba y venía, mentándomela de ida y vuelta (lo justo), sin saber si acataba mi recomendación de —nou rasquing— o si hundía sus cuidadas uñas en un par de redondeces ultrajadas por pedacitos “inservibles” de fibra de vidrio.

see you

Costra porosa

Hace tres días recibí un comentario de un señor, conocencia mía, respecto al último retazo. Escribió: «Te faltó una referencia al arroz con puerco» (what?).

Después, para no balconearse, me mandó un correo aclaratorio en el que me decía que lo que #EnRealidadQuisoDecir (le digo, le dije, me dice, dijimos, dijisteis…) era «frijol con puerco»: de ahí me agarro para redactar éste.

Yo pedí el mencionado platillo yucateco (con frijol, sin arroz) y me supo rico; el único pero que puse fue que le faltaba maciza, como que de la cocina me habían mandado la pura parte aguadita. Doña I pidió lo mismo, pero su experiencia culinaria terminó en frustración y mal sabor de boca.

En el primer intento se quejó porque sólo quería media orden y el plato sopero estaba muy grande.

 —Oiga, yo le pedí la mitad, esto es del tamaño de una bacinica. Lléveselo y tráigalo en un otro recipiente.

bacinica

Mientras tanto yo saboreaba mis frijolitos con sabor a chancho, a los que adicioné cebolla, salsa de jitomate y un poco de perejil. Como mis papilas gustativas se sentían complacidas yo mugía: mmmmmm.

Sospeché que en el segundo intento doña I reclamaría por el ínfimo tamaño del plato:

 —¡Señor, señor! ¡Mesero! Oiga…, oiga… Señor, ¡señor!: esto está frío, que me lo calienten (sin alburcillo).

Llegó un tercero: idéntico plato mirruña, nada más que ahora, a pesar de mi cortedad de vista, observé una columna de vapor que delataba a un puerco ardiente.

 —Ahora está esto muy caliente, ¡p’a pelar pollos!  —refunfuñaba.

Para entonces a mí ya me habían servido más maciza.

 —¡F! —mi oído percibió la característica sonoridad vocal de doña I—, ¿tu frijol con puerco está bueno?

 —Sí, ¿por qué? Ya hasta pedí más.

Se requiere de buen diente
Se requiere de buen diente

 —El mío está asqueroso. Me lo hicieron a propósito.

Y en el cuarto…

 —Óigame, llévese esto, y no quiero nada más.

Fin de la historia de ese platillo yucateco que encanta (¿encantaba?) a doña I, maya de corazón, quien se llevó un soplamocos a pesar de ejercer una de sus máximas cualidades: la perseverancia.

Para acabarla de amolar se había decretado #Leyseca y doña I no pudo paliar sus cuitas con un caldo del Sureste.

 —La siguiente que sea arroz con pollo.

Hasta la próxima.