Despedidas

Entramos por distintas puertas, aunque al mismo tiempo. Como casi siempre, llegué a oscuras y gustándome la penumbra; por eso dos de mis sobrenombres son búho y murciélago. Íbamos a la cocina. Vi formas informes, pues suelo caminar sin anteojos por espacios conocidos. Distinguí un plato hondo de barro, pequeño, con algo negruzco dentro:

—¿Qué traes ahí?, ¿qué haces?

—…

—No vayas a quemar la casa…

—¡N’ombre!

Prendió el trozo de carbón, que, dijo, “ya no es como antes”, y esperó a que cediera la flama. Después sacó copal de una bolsa de plástico y lo puso en la lumbre. Observamos cómo se empezaba a quemar. (Si algo me gusta de las iglesias, que no frecuento, es el olor a incienso. Mientras más aromático y perceptible, mejor.) Después, los soplidos mitigaron la llama y avivaron el humo.    

La ofrenda, toditita montada por ella, estaba en medio de una sala casi vacía, donde aún quedan un par de sillones, libros y algunos objetos. Todo en el suelo. Acarreó el plato y entró por el comedor seco de muebles. Había retratos, cempasúchil, papel picado, pan de muerto, manzanas, tequila, ron, una veladora al pie del altar y un puro.    

Entonces, sin decir agua va, empezó. Se propuso sahumar la ofrenda. Regaló unas palabras a los muertos presentes antes de pasarme el barro. También les hablé, y lo hice convencida de que me escuchaban.

Lo que inició como una “coincidencia”, que no lo fue, se convirtió en un significativo deambular por toda la casa, tanto en el interior como en el patio que la rodea. Dos mujeres compartimos un recorrido al que luego, después de sentir, intentamos bautizar —decía Borges que “Detrás del nombre hay lo que no se nombra […]”—: paz, contento, tranquilidad, agradecimiento, comunión.

Coincidimos, eso sí, en que se traslucía la despedida. Quizás en el fondo, mientras caminábamos absortas por el sahumerio blanquecino, cambiantes ritmo y cabriolas, en San Pablo de los Remedios se enhebraba el sereno adiós de don Chema, padre, abuelo y bisabuelo, cuya presencia habría que incluir en un devoto y tradicional Altar de Muertos.           

2505

No a la superstición, aunque tampoco a la mera coincidencia. En cuatro años —cada día que pasa resulta más atinado decir “parece que fue ayer”— sucedió un par de veces: la primera vacuna pal’ covid llegó en 25 de mayo de 2021, y la graduación del ingeniero mecánico Pablo C. Aveleyra ocurre el mismo 25 del cero cinco de dos mil veintitrés. Y precisamente ayer elegí un libro al azar para compartir un poema con Nora. Al paso me salió Pedro Salinas, escritor español de la Generación del 27, traductor de algunos volúmenes del tiempo que se le perdió a Marcel Proust.

En todo se inmiscuye el tiempo; por cierto, de manera bella y volátil en un Reló pintado: “Las dos y veinticinco [otro 25, apenas ayer]. Sí. Pero no aquí, no. / ¿En qué día serían / las dos y veinticinco esas, / en qué mundo serán / las dos y veinticinco, de qué año? / ¡Qué bien está esa hora / boba, suelta, volando / por los limbos del tiempo!”.

Dondequiera que pintes tu reló y con quienesquiera que transcurran tus horas, hoy es aún veinticinco.