Susurro inteligible

No es que prefiera otear la vida desde una calesa, esperar a que una carta urgente tarde dos meses en llegar a su destino ni pasar temporadas de recreo en el pueblo de San Jacinto Tenanitla. Tampoco estaría muy puesta para ordeñar dos vacas ni corretear pollos.

Avances de todo tipo y a gran velocidad, con el pie obsesionado por pegarse al acelerador. En la era de la instantaneidad nos asolan clics, wassaps, corazoncitos, tuits y retuits, palomitas azules, «última vez hoy a las…», videos, audífonos; paradójicamente, la desconexión.

Con todo y a pesar de tamaña marejada, aún existe la simplicidad, donde lo simple es lo importante: mirar amaneceres y beber atardeceres; calentarse con fuego y limpiarse con agua fresca; comer y beber lo que procuran tierra, árboles, plantas y animales; caminar a cielo abierto y dormir con los huesos; amar con sencillez y desdentar sonrisas.

Y es que la vida tiene candor. Nada hay más sincero y gustoso que rescatarlos, cuidarlos y crecerlos. Y ellos corresponden con la trompa, los ojos, las orejas, la cercanía, el juego, los baños con papás y niños. Porque se vuelven sus hijos, su razón de ser, su motivo para despertar y aliciente para sosegar el futuro.

Es sólo un momento que en compañía se torna arte. Aprendizaje que llena la felicidad tribal. Ya recobró algo de fuerza. Ahora bebe leche. Corre y se entretiene con una pelota. Come bien con su trompa prensil. Abraza y se deja caer suavecito junto a su amá. La mirada expresa dulzura que podría ser lágrimas.

La foto de unos recién casados con dos orgullosos proboscidios como prole.   

Ups, ¡una notificación de wassap! Hasta la próxima.   

Gracias, papá

¿Quién va a comentar mis Retazos?, ¿quién me pedirá que me deje llevar por la pluma antes de su muerte? ¿Con quién lloraré después de leer un poema de Blas de Otero o escuchar voces como las de Lila Downs, Maria Callas, Luciano Pavarotti y Lucha Reyes? ¿Cuándo me dirás «nos vemos el viernes» para echarnos un caldo de camarón en el mercado de San Pedro? ¿Quién seguirá mis pasos en el paraíso amatleco? ¿Y la voz fuerte y recia que llama todas las noches? ¿Y nuestros torneos de UNO? ¿Qué hay de nuestras charlas? ¿A quién le preguntaré mis dudas e inquietudes? ¿Qué ser humano escuchará mis opiniones con apertura y atención? ¿Ahora quién me pedirá que «presida» una bacanal dominguera, aunque siempre haya pensado que ese lugar le correspondía a mi madre? ¿De quién me haré cargo (¡ni en sueños te dejabas!) cuando viaje a California? ¿A quién regañaré por mezclar los alipuses? ¿Alguien será más puntual que yo? ¿Debo esperar que entres en mi casa para dejarme cosas ricas de comer? ¿Con quién voy a bregar con tamañas cercanía y libertad? ¿Quién sabrá que mi tono pronostica un día negro? ¿Quién se dejará sorprender como un niño con todo lo que ve a su alrededor? ¿Y nuestras cómplices miradas para transmitirnos cualquier cosa? ¿Nuestro delirio por el queso? ¿Acaso conoceré a alguien que coma más chile que tú y se quede impertérrito?¿Tus sabiduría, humor negro, carcajadas (en particular a costa de Peter Sellers, Monsieur Hulot y Les Luthiers) optimismo, amor a la vida y miedo a estar solo? ¿Las flaquezas donde solo yo me internaba? ¿Y el puro (cigar) diario con el que saboreabas el mundo entre humo blanco?

Te quedé a deber una comida, la de tu cumpleaños 85, y tendré que prescindir de tu mirada azul cuando me alcance el medio siglo.

Gracias por compartir conmigo tu pasión por la vida. Ojalá que, como te lo pedí en varias ocasiones, te hubieras quejado un poquito.

Aunque intuyo, percibo, vibro, sé… que tenías pensado irte.

Até não sei quando nem onde.

Se llama angustia

Una lancha vieja, «La Marinera», se bambolea lejos, muy lejos de la playa. Sus ocupantes son un hombre y una mujer entrados en años; un matrimonio que sobrevive gracias a la pesca. Esta vez Aurelia y Jaime salieron tarde. Él olvidó la gasolina y ella la lámpara de queroseno. Aunque estrellado, los cubre un manto negro. A Aurelia no le gusta la oscuridad, dice que se remonta a su infancia, cuando su papá la encerraba en el cuarto de los cachivaches. Jaime lo sabe, y la abraza.

Se escuchan el viento, el golpeteo del agua, y a ratos el intercambio de palabras de dos viejos roncos.  Ya hace varios años que su hija se fue a vivir a la ciudad y otros tantos que a José, el predilecto de Aurora, se lo tragó el mar.

La soledad les dio para recordar: el día de su boda en el pueblo, cuando don Julián, el dueño de la hacienda, les regaló seis botellas de sidra; el nacimiento de Marina, un torbellino que casi se lleva a Aurelia; la muerte de sus dos vacas a manos de un vecino envidioso; la compra de «La Marinera», una embarcación pequeñita que les daba de comer…

El cielo se cubrió de nubes. La lancha se movía como si fuera a darse la vuelta. Aurelia escondió la cabeza entre los brazos y el pecho de Jaime. Y él decía que solo quedaba esperar, que al día siguiente alguien los vería, que volverían a sentir la arena caliente bajo sus plantas y a dormir en su casita de paja. Ella lloriqueaba, y él, tiritando, la abrazaba cada vez con más fuerza, intentando que no se diera cuenta de que sudaba frío.

Manía…tada

¿Que soy una maniática?, ¿que estoy llena de manías? Ok, concedido, pero puedo jactarme de que no daño a nadie más que a mí misma.

¡Que qué mañosa! Bueno, si nos vamos por el lado de habilidad manual (lo asocio con pintar, tejer, coser, envolver), no soy muy habilidosa, así que quizá me conviene adecuarme a una definición que según la RAE está en desuso: «Manera o modo de hacer algo». Nos aplica a todos, ¿no? ¿Quién no tiene su manera de comer, de hablar, de caminar, de dormir, de rezar?

A ver, mi modo de hacer huevos revueltos es parecido al de mi madre, aunque reconozco que ella tenía un don para que le quedaran esponjosos. Mi manera de leer, «papaloteante», no se parece en nada a la de mi padre, que no se inmuta aunque le vuele una mosca en el trayecto del libro a los anteojos. Mi forma de mirar, más de bulto, nada tiene que ver con el escaneo de mis familiares cada vez que alguien se les pone enfrente: ya le vieron el pelo en la barbilla, la lonja que descansa sobre el cinturón, la ceja rebelde, la nalga caída, el prendedor verde, la nueva mancha en la cara.

mosca

El hecho, contundente, irrefutable, innegable, consumado, sobado, es que las manías, las mañas, los gatos en la panza, las locuras, los altibajos y las rarezas que se perciben desde fuera son cosa de nada comparados con lo que sabe y siente la cabeza que los lleva dentro, una cabeza que jamás será comprendida ni habitada por otro ser humano.

No hay dobles. Lo único doble es el esfuerzo que a veces tenemos que hacer para convivir con lo que nadie más sabe ni sabrá que existe dentro, muy dentro de la ficticia cordura de los molinos de viento.

Nomás un arete

¡Qué manía la de los agujeros! Según yo el Creador, quienquiera que éste sea, nos dotó con los hoyos necesarios para lidiar con la cotidianidad: comer, olfatear, oír, defecar, hacer pipí… Sin embargo, está de moda perforar (hacer piercing) orejas, narices, lenguas, cejas, ombligos, etcétera. Dizque se ve padre, sexy, cool (And the Gang?), chévere, chido.

¡Y los tatuajes! (ojo, la palabra tatuar viene del polinesio tátau) Hay quienes ponen su cuerpo en manos de personas que hieren la piel para convertirla en un lienzo, a veces en verdaderas obras de arte que ostentan dragones, extraterrestres, paisajes oníricos y variadísima fauna.

Basquetbolista profesional
Jugador profesional de basquetbol

Ya saben que solo expreso mi opinión, ¿a mí en qué me afecta lo que cada quien haga con sus partes?

Poco importa el color del que seamos, el hecho es que nos avientan limpiecitos a este “valle de lágrimas”, emprendemos el viaje iniciático con una piel suave, tersa, parejita, y de repente ¡zas!, a ponerse en manos de artistas del tattoo para quedar como Santo Cristo por decisión propia.

Salvo la fidedigna opinión de los tatuados, me imagino que duele y que por lo tanto es una práctica “mazorca”, es decir, masoquista.

—Yo quiero una mariposa monarca que se pare dulcemente en mi hombro.
—Ay, yo un gato de angora que pueda lucir en la espalda el próximo verano.
—A mí que me dibujen un alien como el de la película de Sigourney Weaver, babeante y dientón.

alien
—Nel, yo quiero un perro salchicha, algo más light.
—Pus yo como Angelina, know your rights, pero en la nalga.
—¿Alguno de ustedes sabe por qué se graba dibujos p’a darle en la torre a la epidermis?
—Nos da buen look, ¿no?
—¡Qué ganas de tener más agujeros! Un arete pasa, ¿pero un cráter en el lóbulo de la oreja? Disgusting.

ear stretching
—Se llama ear stretching, por si no sabes.
—Me da idéntico cómo se conozca y si nada más implica el regreso de ciertas prácticas tribales, ¡se ve horrendo!
—Que a ti no te guste no implica que a nosotros tampoco, somos personas aventureras y arriesgadas.
—Mira, supongo que lo más sano y respetuoso es terminar la conversación con una gran frase; solía decirla una mujer maravillosa que trabajó para mi familia durante más de veinte años: “cadi quen”.

El hecho es que no basta con lo que nos dio la naturaleza, ¡habemus hoyos para dar y repartir, gústeme o no!

Tchau.

La gula no es un pecado

En junio estuve en Amatlán de Quetzalcóatl, un lugar abrazado por todos los verdes. Quizá digo lo anterior porque no conozco Australia, Nueva Zelanda, Costa Rica ni África. Para mí son verdes sorprendentes, sobre todo porque descubrí que tienen más luz desde que llegó Juan.

Juan es la persona que se quedó a vivir en mi córnea y que morirá conmigo. Y sí, fue maravilloso ver más, así de simple, más y con un esplendor que mi cerebro no conocía.

Juan

Cuando ando por allá me gusta ir a Tepoztlán y desayunar en Los colorines. Mal harían en perderse las quesadillas y los frijoles con queso. ¡Una delicia!

Colorines
¡Prueben la de queso y la de cuitlacoche!

El Pan Nuestro solía gustarme más. Tal vez porque platicaba con Patricia en la tiendita gourmet que se ve desde la calle principal de Tepoz. Hace poco pregunté por ella y me dijeron que había muerto.

Tomamos un café. El lugar me pareció cargado y un tanto cursi. Bonitas plantas. Dense una vuelta, nunca he comido ahí y puede que valga la pena.

Ya me contarán…

Disfruten de la comida, ¡es un placer! José Fuentes Mares, escritor chihuahuense, decía que comer era el acto más solemne de la vida cotidiana.

Se divertirían como enanos si leyeran su Nueva guía de descarriados.

http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Fuentes_Mares

http://ellegadodedionisios-miguelguzmanpered.blogspot.mx/2011/01/el-libro-nueva-guia-de-descarriados.html

Estamos en el siglo XXI y La Rochefoucauld no pasa de moda: “El comer es una necesidad, pero el comer inteligentemente es un arte”.