Menudo brete

A Irene la distinguían sus pecas miniatura repartidas en toda la cara, una cabellera roja llena de rulos, y unos bellos ojos café oscuro, siempre fijos, rutilantes y ojerosos.

Si a sus 10 años hubiera sabido contestar a la pregunta “¿Para qué vives?”, habría respondido sin chistar que para dos momentos muy específicos, marcas en el calendario relacionadas con el cielo: su cumpleaños y la Navidad. Todos los 19 de marzo y los 23 de diciembre recibía un papalote. Sus padres, Aura y Fidel, se turnaban cada 365 días para regalarle las cometas más vistosas y coloridas que encontraban en el mercado del mundo.

Irene ya había volado con canguros, libélulas, galletas de jengibre, mantarrayas, alebrijes, pulpos, y hasta con su cíclope, Gaspar, criatura que gracias a la fantasía de la niña era capaz de ver desde la línea blanca pintada por un avión hasta la galaxia más solitaria del universo. Ahí estaba ella, corriendo tras un hilo, resistiendo los embates del viento casi sin parpadear.

Fuera de esos acontecimientos, Irene casi siempre habitaba un espacio donde su cerebro se sentía atrapado y enmarañado; en palabras de Aura y Fidel, un cerebro náufrago, carente de arraigo y alejado de un horizonte que señalara algún posible derrotero. ¿Qué había más allá de esos ojos, de unos párpados que se abrían y cerraban como en cámara lenta en un continuo ir y venir de pestañas?

Hasta que un día de primavera, ya con 12 años, Irene vio cómo su gigante, su único amigo, su compañero de sueños celestes, se quedaba ciego después de que una rama le perforara el gran ojo que tenía en el centro de la frente. Gaspar había muerto, y con él el pedazo de realidad que despertaba a la chica.

Irene se quedó fija en las nubes. No había cometa ni papalote que la atrajera al mundo que habitaban Fidel, Aura, y quienes se acercaban a preguntar por ella. Se acostaba, abría sus ojos grandes, y veía osos, peces, cabezas fundidas en un beso, el soplido de un ángel, cerebros sin recubrimiento de piel, trompas de elefante, unicornios y, eso sí, el ojo de Gaspar completamente blanco, tan blanco como el blanco de sus ojos cuando sus iris se escondían para que Irene, sin ojos, viviera en su fantasía de nubes convertidas en cometas.

Hasta la próxima.