Ya lo decía Heráclito

¿Imaginaban sus propios universos? ¿Creaban de la nada, valiéndose de palos de escoba, ramas, cuerdas, tierra, pasto, pétalos y piedras? ¿Conocían los mismos juegos que sus amigos —doña Blanca, listones, resorte, policías y ladrones— y podían entretenerse durante horas sin necesidad de un juguete? ¿Acaso una pelota o un bote para patear? ¿Experimentaron la adrenalina de las escondidillas y el placer de mojar a alguien cuando tronaban un globo de agua? ¿Siguieron el recorrido de las hormigas y se percataron de lo que son capaces?    

Lo anterior, si eres más nuevo —ya no se diga niño o recién salido del cascarón—, se quedó en el antaño. Basta escudriñar lo que hogaño sucede dentro de un avión. Unos pierden el sentido nada más sentarse y abrocharse el cinturón. De esos hay quienes roncan o bufan, otros que babean y unos cuantos con apnea del sueño. Eso sí, nomás huelen la comida y abren el ojo para acomodar la mesita plegable.

Aplastarse, dormir, hacer ruido y tragar es cosa de todos los tiempos; sin embargo, decantarse por la observación implica constatar que la comunicación se ha transformado en un “diálogo” humano-máquina; carne y hueso-pantalla. Una vez en el aire y después de repartir audífonos, se oye la voz de una sobrecargo —¡albricias!— que anuncia la buena nueva: los pasajeros ya pueden hacer uso de sus devices.

Acto seguido, como si se tratase de un ataque de minúsculos insectos, la gente se empieza a mover: manotea, sube y baja los brazos, se yergue para hurgar en mochilas y compartimentos. Lo hacen con dedos más o menos tecnológicos y también se contorsionan para no golpear al vecino. Total, que el de por sí reducido espacio se llena de caras iluminadas por una explosión de artefactos digitales que cierran ojos y oídos a las impertinentes distracciones humanas.

Los auriculares se apresuran a salir de sus bolsitas para conectarse a una pantalla individual que aísla al viajero del resto de sus congéneres. El señor de al lado, panza protuberante, resuella cual oso; luego, algo en su inconsciente hace que salive ante la expectativa de seguir echándole fruta a una piñata que, a decir verdad, no necesita ni tres nueces, y, por último, engulle todo lo apilado en la charolita plástica. Buche lleno, tápase las orejas con unos audífonos que, de menos, son Bose.

Dato curioso el de la incesante y contagiosa inoculación de marcas por todos los canales habidos y por haber —en este caso pasa chisme el virulento TikTok—: parece que los AirPods dejaron de estar in; han dado paso a la tendencia retro de los auriculares con cable. Con todo “peladito y en la boca”, nadie requiere de la capacidad de imaginar para enterarse de que entre los usuarios se cuentan Bella Hadid, Lily-Rose Depp y Zoe Kravitz (los apellidos me suenan, pero a estos acabo de “guglearlos”). 

Total, que los diálogos humano-humano han pasado de moda. Hacíamos amigos en los gimnasios; conectábamos en un medio de transporte; la señora hacía migas con la camarera del hotel; comensales que platicaban de mesa a mesa; encendida conversa entre marchanta y cliente; se conocía a los vecinos y se solía saludar en un elevador.

Sucede que además de la incomunicación que propinan los gadgets, hoy ignoramos si a nuestro lado tenemos a un ente de mecha corta: asesina, sicario, narco o sencillamente un naco o naca, que no es un indio, sino una persona carente de la más ínfima educación, asunto que de ninguna manera se relaciona con colores, razas, preferencias, tamaños, creencias ni continentes. (¡Aguas!, sensiblería a la orden del día.)

Sería estúpido oponerse a los avances tecnológicos, aunque, como en todas las épocas, «debería» hacerse buen uso de ellos, cosa que no va a suceder. En este instante, con más de medio siglo a cuestas —me lo recuerdan articulaciones, cambios hormonales, dolores que aparecen y se van sin dejar rastro, mareos esporádicos, osamenta con caja de música integrada—, no me imagino en la cama con una IA que masajee mis músculos con aceite de lavanda francesa, ni a un robot que se aproxime al orgasmo cuando paladea un queso cambozola acompañado con los mejores y más dulces higos y cerezas, y muchísimo menos a un ser de apariencia humana que pretenda conversar conmigo de alma a alma y hasta el fondo de las profundidades del complejo cerebro de los categorizados homo sapiens sapiens.     

Un pedacito de humanos

Publiqué mi último Retazo el 19 de abril. Me cae que no tengo progenitores…

Hace unos días, gracias a “Fuzzy”, escuché la palabra mush. Al tumbaburros: plasta, masa, papilla. A mi cabeza llegaron enjambre y amasijo, porque de ese bullicio y de tal mezcla heterogénea están henchidos estos ¡más de cinco meses! Hay, sin embargo, tres denominadores comunes —reencuentros, encuentros y desencuentros— y una constante: la vida…, que le pinta un violín a la constancia en un tris.   

Mayo

Mi reto, viajar a Canadá; mi propósito, respirar. No solo desde el punto de vista fisiológico, sino emocional y mental. Quería verme lejos, siquiera unas semanas, de este México convulso, multitudinario, sangrante, antagónico y esquizoide. Eso sí, nada de soltar cubrebocas, alcohol en gel —me cae mal el terminajo “sanitizante”, como si la palabra desinfectante hubiera sido expulsada del diccionario—, aerosol y toallitas Clorox.  

Un criadero de abejas sin mascarillas: así el Houston Hub. Me sentí tranquila caminando de un lado a otro de esa texana ciudad techada con mis dos pedazos de tela encimados para cubrir nariz, boca y barba.

¿Cómo rayos comer en ese extraño ambiente? ¡Ahí estaban y eran reales! Hubiera podido tocar a los cocineros, pero había que pedir a través de pantallas en un país donde las máquinas exigen dinero plástico. Logré establecer contacto humano, compré un sándwich y me fui en busca de la sala con menos portadores potenciales del bicho.

Primero darme valor para quitar los elásticos de mi oreja izquierda; segundo, morder algo entre dos panes que se deshacían en mi mano; tercero, montar los cubrebocas al unísono, cosa que nunca sucedió. Y cuarto, evaluar con cuál de los dos me quedaba. Seguir con ambos hubiera puesto en jaque mis tímidos sorbitos de agua en un avión donde, gracias al Altísimo, mandatory masking.    

El reencuentro con Alberta me dio esa sensación, hoy desconocida, de que un lugar puede insuflar seguridad. La naturaleza, imponente y copiosa, me abarcó por completo. Aire limpio —virgen para mí—, verdor, rocío, troncos, ríos, montañas, lagos, formaciones rocosas (hoodoos), cielos azules, caminos quietos, molinos de viento y algodones blancos suspendidos.

Todo digno del mejor espectáculo de Broadway, hasta las gordas vacas lecheras cuyos ojos fijos me confundieron con alguna deidad india. Pueblo, villa o ciudad, cada lugar donde paramos me permitió tomar fotos en calidad amateur. Una tarde, al regresar de Edmonton, con una provincia en el occidente debatiéndose entre amenazas de nubarrones y luz escurridiza, me regaló el semicírculo de colores mejor trazado y más nítido que he visto.  

Junio

Regresé a mi país, donde un aeropuerto maloliente y descuidado me hizo pensar en abandonar la tierra que pisa arriba de la mitad de mi existencia. El desánimo en las caras de los maleteros que esperan el recorrido lento de una banda añosa; el semblante cansado de los pasajeros que intuimos que no hay lugar para aparcar la nave; el valemadrismo de las “autoridades” que saben que nada en sus manos puede cambiar la inoperancia. ¡Bienvenidos a la #CDMX de la #4T!  

Julio

Otro reencuentro acabó en desencuentro. Un batiburrillo bruto, necio, torpe. El tiempo corre y con él la sinrazón, el rencor, la incapacidad para conciliar dos vidas que eligieron caminos opuestos. Sigo pensando que no tiene nada de malo; que la riqueza, si se quiere y se acepta, está en la diferencia. Suelo equivocarme: a montarse en su macho y romper; a cortar el flaco hilo de comunicación que a duras penas se arrastra por nuestra sangre. Soy como Ben Lovatt, guiado por la pluma de Doris Lessing para darse de topes en la cabeza por no entender.

Agosto

Bálsamo el encuentro que ligó chiles en nogada con libros. No pensé que viniera él. Me asomé por la ventana y escuché mi nombre. Quienes me conocen saben que mis ojos desnudos no vieron al hacedor del manjar. Lo medio reconocí cuando topé con la reja azul, y eso gracias a que distingo lo concreto de lo abstracto: anteojos y afabilidad. Frente a mí el Japón de Porfirio —fruto de la confianza— y Nakachi, un hombre con brazos reconfortantes en esta era pandémica. Escasos 20 minutos de plática en la que lo que uno sabe del otro es que la decencia es un valor sin fecha de caducidad.  

Septiembre

Flaquearon y tronaron en amatleco domingo 5 de 2021. Pulmones y corazón de hombre recio, terco como mula. Cabra de monte, sobreviviente de disparo a quemarropa, compositor de “Mi pueblito”, chiflido distintivo y penetrante. Fiel cuidador, también víctima del SARS-CoV-2. Bella, bellísima casa, pletórica de recuerdos, amores, agasajos y aventuras —maltrecha en 2017—, que pierde su encanto al compás del tiempo al ritmo de la muerte.    

Atemporal, pero en este pasaje hay reencuentro, uno que otro encuentro y quizá algún desencuentro, provocado por la pésima costumbre de pensar por el otro. Salvador Elizondo relaciona amor con antojo: intempestivo, violento e instantáneo. Lo he sentido, y durante toda mi vida, aunque hubo un plan detrás del sushi, de la mejor fondue que he paladeado y del sensacional ribeye, corte que no suelo incluir en mi dieta cotidiana.

Las improvisaciones, excelentes.

En cuanto a las constantes de un encuentro: sin piedad el tiempo de los buenos ratos que se acorta y la cuerda floja de un inquietante corazón de león.    

¡A volar!

Después de más de diez años de vivir en “Sasso”, llegó la hora de empacar. Confieso que me da tristeza dejar este espacio; supongo que es un sentimiento natural y humano. Aquí se queda la historia de una década: apacible, sin sobresaltos, caracterizada por la buena vibra entre mis vecinos y yo.

Aquí dejo las últimas dos visitas de mi madre a mi casa. En ambas ocasiones subió cuatro pisos, sobrepeso a cuestas, y llegó echando el bofe, dejando el alma por estar conmigo.

Aquí organicé un par de comelitones para entrarle a la barbacoa y a las carnitas de Los Tres Reyes; por supuesto, no faltaron los mojitos preparados con la pesada mano de R: «mientras más alcohol, mejor, así sabe menos a hierbabuena». Con dos era suficiente para ver la playa y el inmenso mar en lugar del segundo piso del periférico.

mojito

Aquí se quedan mis rehabilitaciones, hechas con absoluta disciplina: de hombro, codo y mano.

Aquí Juan y yo iniciamos una historia que vivirá hasta el final, aunque Juan haya tenido que morir para recorrer mi camino.

Aquí abandono 2009, uno de los peores años de mi vida.

En Sasso se queda el espacio de 75 metros cuadrados que decoré con tanto empeño, labor en la que sobre todo al principio —llegué casi con una mano adelante y otra atrás— participó mi padre.

Aquí permanecen mis secretos, algunos amores, mi “huevito” luminoso, la ilusión que me inoculaba cada visita (breve) de mi hermana, el silencio, el llanto, la música, mis lecturas, mis sueños (literal), el comienzo de un proceso terapéutico repleto de frutos (éste es uno de ellos), la primera semilla que planté, el nacimiento de este blog; en fin, la GRAN, con mayúsculas, complicidad de mi búnker.

búnker

Me llevo lo mejor de este departamento en un cuarto piso al que nunca llegaron peleas, chismes, agravios, ruido ni mala leche.

leche

Y mi casera (en Estados Unidos se le dice Landlady)… Se fortaleció un vínculo estrecho entre dos personas que sólo firmaron un contrato, se llamaron por teléfono entre 10 y 15 veces y se vieron en escasas tres ocasiones. La relación fluyó: una dueña respetuosa que rentó su propiedad a una inquilina obsesivamente cumplida.

Aquí abrazo mi nostalgia, aunque con la mirada puesta en el nuevo comienzo, lleno de retos y responsabilidades. Me voy a un lugar que me esperaba a gritos, a golpe de voces internas, de sorpresas, de sincronía salpicada con mi número favorito: el 3.

A darle, estimados lectores, es tiempo de despelucar mi fortín, es momento de cerrar otro círculo y emprender una nueva aventura. ¡A volar!

A quienes me ayudaron a enaltecer este espacio, a percibirlo como un hogar, ¡gracias!

*Bai de güei:

Cuando hablen eviten usar «lo que es». De repente proliferó, sobre todo en los medios de comunicación (radio), y no tiene sentido: «Se reporta un accidente en lo que es la calle de Patricio Sanz», «el Chapo Guzmán se escapó de lo que es un túnel de 1.5 kilómetros de largo»…

Imagínense que yo dijera: me fui de vacaciones a  lo que es Cancún y visité lo que es Chichén Itzá…

LO QUE ES, ES, EXISTE, PUNTO.

Hasta la próxima.