Asfixia interna

No es novedad que escriba sobre el Trastorno Disfórico Premenstrual (TDPM). Y es que, a quienes lo padecemos, nos toca darle visibilidad, empujarlo a la superficie. Debe dejar de ser tabú. En pleno 2025, sigue siendo un estigma, motivo de desdoro y oprobio para las mujeres.

Hace un instante intenté entrar en esta página: International Association for Premenstrual Disorders (IAPMD). Marcó error, y pasa lo mismo cuando intento acceder vía Instagram.

Sin embargo, me tropiezo con dramas como estos: “Daily experiences, interactions and memories, all have a dark, negative, razor sharp edge […]”; “For two weeks of the month (six months out of a year?), I’m not myself, and feel like I lose control over 90% of what I do or say”; “It’s like I’m not allowed to be myself. I often wonder what I would have achieved or experienced without it”.

Así se vive, con una intensidad desnuda que corta, quema, exaspera, confunde y abruma. Más de 12 años atrás, 10 días antes del periodo, me atrapaban miedo, soledad, carencia absoluta de motivación y cambios bruscos en el estado de ánimo. De nuevo, sería engullida por la negrura de la depresión, regresaría al hueco donde nadie pudiera verme, oírme, compadecerse, asustarse, ni fingir comprensión.

Confirmar lo que tenía fue un bálsamo, pero un bálsamo-terremoto, fragoso y limitante. ¡Hoy pueden aparecer síntomas 14 días antes de mi menstruación! Me dura de siete a nueve… Como he aprendido a conocerme y a lidiar con tamaños monstruos, hago la broma de que cuento con cinco días alentadores al mes. Algo es algo.   

El TDPM pega emocional y físicamente. “The prevalence of premenstrual dysphoric disorder: Systematic review and meta-analysis”. Es un artículo publicado por el doctor Thomas Reilly —departamento de psiquiatría de la Universidad de Oxford— en el Journal of Affective Disorders. Señala lo siguiente: “Symptoms of PMDD include mood changes (such as depression and anxiety), physical symptoms (such as breast tenderness, and joint pain), and cognitive problems (difficulty concentrating or memory complaints)”.

Como ven, es un batiburrillo del que debería saberse e investigarse con seriedad. Cada testimonio me confirma que todas las mujeres que padecemos TDPM hemos querido desaparecer de la faz de la tierra más de una vez. ¿Y lo peor?: “There is little training around PMDD for psychiatrists or indeed medical students. Patients often find themselves falling through gaps in clinical services, such as between gynaecology and mental health services”.

Con un buen trecho recorrido, estoy cierta de que en la vida se necesita levantar la voz y hacer aspavientos para que algo “jale”. También atestiguo que, por angas o mangas, no siempre se logra. Soy una mujer que ha aprendido a capotear el síndrome, y se puede, siempre y cuando nos atrevamos a cuidar nuestra salud mental.

Tomen nota de Clare Knox, otra mujer con TDPM, quien comparte un dato aturdidor: “In a world where the health and wellbeing of every individual matters, the revelation that approximately 31 million females worldwide may be silently grappling with Premenstrual Dysphoric Disorder, a condition that deeply impacts their daily lives, cannot be overlooked”.     

Fíjense, hay médicos que sé competentes —neuropsiquiatra, ginecóloga, internista, oncólogo—. Salvo al primero, el TDPM los deja entre azul y buenas noches. Es inaudito que la salud mental no se priorice y que tampoco se cree una red de ayuda, aunque sea para referir pacientes. Ahora, también es inconcebible que sigamos ocultando, por miedo, vergüenza, u lo que sea, lo que nos cimbra toditas por dentro.

Ojo, al Dr. Reilly (que responde “sí” a la pregunta de si la psiquiatría pasa por alto el ciclo menstrual) lo siguen 1,126 personas en Twitter (no trago a Musk); Clare-Louise Knox (PMDD & Women’s Health Advocate) tiene 3,766 seguidores en Instagram; el doctor Peña de León —mi psiquiatra, y todo un rock star— suma más de 20,000 entre CISNE México y su cuenta personal, ambas en “insta”.    

Comparen: Beyoncé, 312 millones; Taylor Swift, 281; Billie Eilish, 123; Shakira, 91.6; Dua Lipa, 87.3. Sumemos: cerca de ¡895 millones de personas! En esa cifra caben varios países.

Chido el universo del entretenimiento, la vorágine de fans, la sensación extática de salir de nosotros mismos; pero. ¿y a la vuelta? A la vuelta estamos nosotras, solas, más o menos conscientes, lidiando con telarañas en las que no nos gustaría quedar atrapadas.  

¿O sí?    

Uno

Es muy simple (me acordé de El Principito): una mesa en medio de dos sillones y una lámpara (dada al traste) para distinguir mejor los colores. Ahí estamos, papá e hija, picadazos con el UNO. Claro que la suerte hace de las suyas, pero el cacumen también juega.

El perdedor del «campeonato» es quien suma primero 200 puntos malos. Creo que nos divertimos como enanos, sobre todo cuando se tira un «ramalazo» para que el atacado robe cuatro cartas. El tufo a triunfo cuando vemos que el contrincante está encartado es delicioso, y en una sola partida nos podemos llenar de cartas varias veces y barajar otras tantas para no cejar en nuestro ímpetu por fastidiar al prójimo.

Disfruto reírme con él (y por qué no, también de él) cada vez que nos sentamos a maquinar nuestras jugadas con verdes, amarillos, rojos y azules. Me encantan su concentración, sus ojillos sagaces, sus dedos pegajosos, su mala leche, sus poquísimos errores al calor de la pulsión de ganar, su relatoría durante el juego y sus interjecciones cuando la hija le acomoda un ramalazo al final de una mano.