¿Y el solecito?

Ya no me gustan los días nublados y lluviosos, mucho menos cuando amanecen así.

Una estampa: la ventana como que tiene viruela de agua y la cúpula de San Vicente Ferrer rebasa la altura de la copa del árbol más alto. Como sea, está nuboso, tristón, melancólico. El cielo gris, si la mirada se nos pierde, es un mar de nostalgia.

Ahora prefiero el sol, la luz, los colores, las puertas abiertas, el sudor, el agua fría, el aire caliente de la tarde y el viento fresco de la noche. Cuando estoy en el balcón o en la terraza y sopla ese viento y si respiro hondo y me lo trago, diríase que hallé un paraíso pequeño.