―Oiga, Doc., ¿hay algún chocho que sirva pa’ que me sienta más estable? Es que yo oscilo como badajo de campana o como columpio de niño hiperactivo. Y no me late, ¿sabe?, porque generalmente me da por el desasosiego. Ah, caray, ahora recuerdo que cuando era niña mi abuela me decía: “Estate sosiega”. ¿Será que desde entonces? Es como cuando llega una fámula y le dice a su patrona: “No me hallo”. O como cuando quiero tomar vacaciones, pero sin mí. En fin, sépase que me tomo, empino, mastico, embarro… lo que me dé. Así es esto, Doc. Y no es que quiera que en la calle me confundan con una junky, ¿eh? Ajá, eso, lograr un equilibrio que me dure un poco más que quitarle el sabor a un chicle.
desasosiego
Mal de olas
¿Cómo te explico? No hay una causa. Si me preguntas el porqué, no vas a oír: «mi mejor amigo tuvo un accidente», «descabezaron al primo Paco», «los narcos empezaron a rondar el negocio familiar», «no tengo dónde caerme muerto», «atropellaron a la tía Chucha.
Si no pasa nada, ¿por qué hacer olas? Chale, las olas no se hacen adrede, ¿las has visto? Obvio. Ni tan obvio, ¿eh? ¿Te has fijado en cómo suben y bajan? Sí. Pues así subo y bajo yo. No me digas, ¿me vas a venir con el cuento de que tienes mal de olas? Oye, qué buen nombre ese de «mal de olas», así no le ponemos palabras truculentas. Pérame tantito, ¿entonces sí le puedes poner palabras? Algunas. ¿Como cuáles? A ver, me sigo con las olas y con el ambiente marino: estoy en la playa, siento la arena fría bajo mis pies, está nublado y se espera tormentón. ¿Y pretendes que entienda con tu escena playera? Pues sí, ¿que pasaría si sintieras frío y estuvieras seguro de que el viento va a soplar fuerte y de que la lluvia te va a agujerar el coco? Ay, ¡bájale! ¡Nada de bájale, güey! ¿Quieres palabritas? ¿Qué te parecen el desasosiego de Pessoa y la zozobra de William James? Ya empezaste… Bueno, la próxima vez no te enzarces conmigo en vericuetos que vas a reducir a un «mal de olas». Mmm, ¿y qué hay de la tía Chucha? ¡Me da igual si la hacen crepa en avenida Revolución!
¿Hay alguien ahí?
Poncho y Maru no sabían qué hacer con Adela. Le costaba mucho trabajo levantarse, era un triunfo que desayunara, se iba a la escuela como autómata y no había poder humano que la hiciera concentrarse en las clases, sobre todo en Matemáticas II. La directora de la secundaria ya había hablado con sus papás y coincidían en que Adela estaba callada, dispersa, triste y desganada.
Fue idea de la abuela Natalia que su niña cambiara de aires y se fuera a Mérida a pasar una temporada con ella. Cuando Poncho y Maru hablaron con su hija la vieron esbozar una leve sonrisa, así que decidieron que era lo mejor.
A sus 71 años, doña Natalia era una viuda entrona, independiente, lúcida y con personalidad, que sabía disfrutar de sus tardes en compañía de un buen libro, un habano y una copita de Campari con cuatro hielos. Se sentaba en su silla de palma, ponía una mesita de apoyo y a volar entre humo con Chesterton, Woolf, Camus, Yourcenar, Azorín, Paz…
Estaba decidido, la abuela iba a sacar a su nieta de ese ensimismamiento a través de la lectura.
―Mijita, tu primer reto es El cuento de la isla desconocida, de José Saramago.
Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo. Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones.
Adela releyó la frase tres veces e incluso posó su mirada en otras páginas, pero en su cabeza, en vez de rey y barco, había confusión y desasosiego. Natalia se dio cuenta y resolvió que “mañana sería otro día”.
―Hoy vamos a probar con la poesía de Borges. Abre el libro donde quieras y escoge pensamientos que te gusten.
Adela abrió el libro al azar y leyó: “Creo profundamente que eso es todo y que ni veré ni ejecutaré cosas nuevas”. Esa frase, en la cual pudo concentrarse, aceleró su corazón y la metió en el humo del habano de su abuela, quien pensó, para sus adentros, que la tercera era la vencida.
―A ver, mija, hojea este libro. Está plagado de fotos hermosas del mar.
Adela, sentada junto a su abuela, pasaba las hojas con los ojos fijos en el infinito. A doña Natalia la asaltaron pensamientos remotos, como los cuatro humores, la bilis negra, la predisposición melancólica, Hipócrates… Situándose en el hoy, diagnosticó a su nieta con depresión.
―Adela, mi amor, ¿estás triste?, ¿tienes ganas de llorar?, ¿te da miedo?, ¿vas mal en la escuela porque no te puedes concentrar?
―Abuela, estoy más que triste, y no me interesan los reyes, ni el mar, ni el señor argentino, ni tus libros, ni nada.
Como Natalia sabía qué hacer al día siguiente, dejó su habano en el cenicero, estrechó a Adela entre sus brazos y, toda atención, la oyó sollozar.