Corte de caja

Hablar sobre la fugacidad del tiempo acabará siendo un lugar común. Así mi 2023.

Jekemir, en la primera cuadra de Prado Norte, se volvió un lugar irreemplazable. El café también, gracias a Vladimir. Hoy, esa zona es un hervidero de gente al que se suma un ejército de guardaespaldas que conducen autos que simulan tanquetas. 

Yo la recorría en bicicleta cuando los establecimientos todavía se podían contar con los dedos de las manos: el restaurante China Girl —de verdaderos chinos llegados de Asia—, la dulcería, los helados —La Michoacana, claro está—, flautas, tortas y aguas frescas La Delicia, y una farmacia, de esas donde había una máquina esquinada que por un peso revelaba el ídem.   

Encuentros y reencuentros, ninguno casual. Personas que nos alegran y que empiezan a echar raíces en el trompo chillador que es la vida.   

También hubo bajas, unas porque la muerte cercena el instante; otras, porque entendemos que el deseo de compartir no se fuerza.

La salud mental sigue hablándose en silencio. Yo la grito, lo cual no significa que sus redes me liberen.

Así las cosas, asado la casa —cada vez más pelona— y un nuevo ciclo —creo yo— para seguir creciendo.

Mis mejores deseos para quienes dejaron una pasada de ojos en las entretelas de algún retazo.

¡Hasta 2024!

Es negra blandura

“[…] por ser una característica de la depresión el ir de amigo en amigo como un náufrago va de boya en boya, aunque sin dejarlo saber jamás, sin agradecerlo siquiera, sólo náufragamente, que es así como vive y va por el mundo quien sufre una buena depresión”. Alfredo Bryce Echenique, cuya pluma peruana, en ese entonces, asía con desesperación —¿y esperanza?— un frasco de Tranquilizante-1000.  

El tipo de fuente llama la atención. Se trata de un comunicado de prensa de la Organización Mundial de la Salud, publicado el 17 de junio de 2021: “Una de cada 100 muertes es por suicidio”.

La depresión, que no debe confundirse con la tristeza, se empeña en rondar a los suicidas. Quienes la hemos padecido sabemos que las palabras de William Styron dieron en el clavo: visible oscuridad. La forma de expresarlo es perfecta. Estemos donde estemos, pensemos lo que pensemos, intentemos lo que intentemos, esperemos cuanto esperemos —si acaso esperamos—, el negro es letal.

Negro que envuelve, aprisiona, muerde y mata. Nada interesa. Todo es irrelevante. Se difumina lo que gustaba. Despertares angustiosos apenas abrir los ojos. Miedo a cada segundo de la otrora llevadera cotidianidad. Horizonte sinrazón. Cualquier motivo muere a quemarropa. Barrotes helados circundan a una mente en agonía. El desánimo y la languidez devoran la posibilidad de luz y color.   

Visto el negro, pero no desde la negrura. Lo encaro a partir de los grises ya muy matizados que mes a mes se defienden de la locura. Sirve como llamada de atención para los muchos que callan y sotierran. También hay la certeza de que en más de medio siglo de esgrima mental se agazapa el deseo de vida.

Hasta pronto.

https://www.vanityfair.com/magazine/1989/12/styron198912

Hablemos de salud… mental

No sólo un mes. Mayo, octubre, febrero, diciembre —o sea, el año entero—, debería dedicarse a la concienciación sobre la salud mental. En la página del Hospital McLean, el mayor centro psiquiátrico de la Facultad de Medicina de Harvard, leo: “Lets Face It, No One Wants To Talk About Mental Health”.

Mil veces, ¿¡por qué!? ¿Los trastornos mentales siguen siendo tabú? ¿Aún embetunamos el dolor frío y profundo? ¡Sí! En la tercera década del siglo XXI los seguimos tratando en voz baja, subrepticiamente y con cuchicheos. Se hace todo lo posible por ocultarlos, por ponerles un velo y abandonarlos en un cuarto oscuro.

Si, por casualidad, al no hallar salida, se cuelan hacia la luz, el psiquiatra y los chochos se refunden en un cajón, son un secreto que vocifera, se tapan con una sábana suave y límpida. La depresión cava en las tinieblas; tapa el aliento de cualquier resquicio; abre los ojos de un amenazante amanecer; hace añicos el deseo, destroza la potencia y ahoga la capacidad pulmonar del mejor nadador.     

Siendo adolescente expresaba, con desparpajo, que iba a terapia. Acto seguido, la pregunta-afirmación-pseudoamuleto: “¡¿pero si no estás loca?!”. ¿Vale la pena torturarnos y penetrar en una montaña rusa por el miedo y la vergüenza? Terror a ser “diferentes”, a no habitar el mundo de los “normales” —¿existe tal cosa?—, a ser juzgados, rechazados, discriminados, estigmatizados.

La mente tiene y ha tenido altibajos desde siempre, en todos los continentes, en los pueblos más remotos, en los países más prósperos y en los parajes más recónditos. Nadie se escapa, como con la muerte. Yo no he tenido que ir muy lejos: ha tiempo que nos codeamos con el suicidio, el trastorno bipolar, la ansiedad, la esquizofrenia, el trastorno obsesivo compulsivo, paranoia, depresión mayor…  

Me cuesta entender que las fallas del cuerpo sean vistas de manera natural. Así pase en escasos segundos o se vaya incubando, las personas no esconden su derrame cerebral, diabetes, infarto, cáncer, covid 19, intestino irritable ni artritis reumatoide. Constituye un hecho innegable al que se le planta cara.

Al cerebro, que controla todo, no le damos permiso de enfermarse, poncharse ni debilitarse: salvo, claro, cuando es tan patente como el Alzheimer o la demencia senil. ¡Sorpresa!, una mente no negocia ni llega a acuerdos que aligeren la carga. Estamos expuestos a desequilibrios químicos, al asedio hormonal, a nuestros genes, historia familiar y experiencias de vida.

Es sintomático que, en el ámbito laboral, cuando nos reportamos enfermos, nunca se esgriman argumentos como: “hoy desperté con ansiedad y no soy capaz de manejar”; “nos vemos mañana, siento tristeza y quiero llorar”; «ayer me dio un ataque de pánico y quedé fuera de combate»; “tuve pensamientos obsesivos y no dormí en toda la noche”. 

Ay, pobrecitos, ¡qué tristeza! ¡Qué terrible para la familia! ¡Nada! Abrirse y enfrentarlo: el miedo a los ojos, sin que reviente como cohete de Noche Mexicana. Es verdad que la conciencia duele, pero no duele más que pender de un hilo que nos ahorca ante la incertidumbre de si seguiremos conectados a lo que conocemos (etapa más crítica y dolorosa) o, sin atestiguarlo siquiera, habitaremos la nebulosa de una mente abandonada a dios sabe qué suerte: nos habremos ido o pellizcaremos los caireles de un espacio cerrado a cualquier incursión humana.     

Así suena

Viajo a través de la música. Hay canciones y piezas que, sin escalas, me llevan al momento, lugar, persona, vivencia o recuerdo. Mireille Mathieu pasa por las Lomas de Chapultepec y atraviesa mi adolescencia. Cuando pienso en ella de inmediato se asoma “C’est si bon”. En 4 Non Blondes («What’s up?») hay nostalgia y deseo en extinción; en «Es por amor» (GIT), «Lucha de gigantes» (Nacha Pop) y «Who can it be now?» (Men at Work) se funden la diversión, el anhelo y la amistad; si tarareo «Mentira», de La Ley, caigo en el engaño y la falsedad de la superficie; si por alguna razón aterrizo en Mónica Naranjo ―me gusta su voz potente―, luego luego aparecen el diablo y el ángel, este último prendiéndome un foco rojo que indicaba que ¡por ahí no! Con Alejandro Fernández perdí una estrella hace más de 20 años. Maris es  bachata, Olga Tañón y Marc Anthony; Céline Dion fue mucho tiempo mi receptáculo de saudade; la escuché hasta cansarme, aunque, eso sí, no pierdo la esperanza de verla en concierto, sobre todo si canta en francés. «She», de Elvis Costello, es un recuerdo solo mío. Saint-Saëns, interpretado por Kyung Wha Chung, se transforma en Román Revueltas, quien un día, sin más, me llamó para decirme que tuviéramos un hijo. Elis Regina, con “Alô, Alô, Marciano” y “Águas de Março”, es la alegría de trayectos en coche y cafés furtivos. Cristina Branco y el fado me regresan dos momentos, ambos atesorados: un concierto inesperado en la Universidad de Rhode Island y a la persona que me regaló mi primer disco, Sensus, de la cantante portuguesa. Como Piaf, el gorrión de París, quisiera poder expresar: “Non, je ne regrette rien”.

Las personas significativas de mi vida son mi pentagrama; todas, sin excepción, activan la chispa musical en mi cerebro. Si se me permite mencionar a grandes compañeros de historias, que han solido estar presentes, me quedo con Elton John, George Michael, Madonna, Édith Piaf, Césaria Évora, Lila Downs, Céline Dion… La voz y el sufrimiento de Amy Winehouse, perteneciente al Club de los 27, tienen un vínculo conmigo.

¿Y la música clásica?, ¿la ópera? Los conozco menos. Quizá se debe al rechazo tajante de mi padre a “nuestra” música: basura malinchista.