Susurro inteligible

No es que prefiera otear la vida desde una calesa, esperar a que una carta urgente tarde dos meses en llegar a su destino ni pasar temporadas de recreo en el pueblo de San Jacinto Tenanitla. Tampoco estaría muy puesta para ordeñar dos vacas ni corretear pollos.

Avances de todo tipo y a gran velocidad, con el pie obsesionado por pegarse al acelerador. En la era de la instantaneidad nos asolan clics, wassaps, corazoncitos, tuits y retuits, palomitas azules, «última vez hoy a las…», videos, audífonos; paradójicamente, la desconexión.

Con todo y a pesar de tamaña marejada, aún existe la simplicidad, donde lo simple es lo importante: mirar amaneceres y beber atardeceres; calentarse con fuego y limpiarse con agua fresca; comer y beber lo que procuran tierra, árboles, plantas y animales; caminar a cielo abierto y dormir con los huesos; amar con sencillez y desdentar sonrisas.

Y es que la vida tiene candor. Nada hay más sincero y gustoso que rescatarlos, cuidarlos y crecerlos. Y ellos corresponden con la trompa, los ojos, las orejas, la cercanía, el juego, los baños con papás y niños. Porque se vuelven sus hijos, su razón de ser, su motivo para despertar y aliciente para sosegar el futuro.

Es sólo un momento que en compañía se torna arte. Aprendizaje que llena la felicidad tribal. Ya recobró algo de fuerza. Ahora bebe leche. Corre y se entretiene con una pelota. Come bien con su trompa prensil. Abraza y se deja caer suavecito junto a su amá. La mirada expresa dulzura que podría ser lágrimas.

La foto de unos recién casados con dos orgullosos proboscidios como prole.   

Ups, ¡una notificación de wassap! Hasta la próxima.   

Nieve en sueños

¿Los sueños ―conscientes o inconscientes― se hacen realidad, o la realidad persigue un sueño? Sueño y realidad se confunden, se alimentan, se toman de la mano, se ven de frente, se interpelan, se arropan, intercambian el color y los claroscuros.

Hay sueños de los que queremos salir corriendo; sueños que, aunque sueños son, nos permiten decidir si abrimos los ojos o si seguimos soñando lo que no nos gusta soñar; sueños de los que nunca quisiéramos despertar; sueños que nos recuerdan a seres idos; sueños que se lloran en la realidad; sueños que nos muestran matices del pasado; sueños que permanecen en nuestra memoria; sueños, en fin, susceptibles de derrumbar la estorbosa puerta.

¿Por qué no zambullirse en lo mágico, incierto, nebuloso, colorido, intangible, vívido, sorprendente, audaz, revelador, insondable y meticuloso?

A fluir, que del sueño a la realidad, el paisaje se torna blanco como la nieve.

Cool

Jorge, ya empiyamado, intentaba leer Soulmates, pero Maru era una tarabilla.

―Ya te habías ido, amor, pero mi despertar fue sensacional. Es más, si me apuras te diría que me sentía flotar. ¡Mi ánimo era inmejorable! ¡Gracias a Dios!

Fui a despertar a los niños; como siempre, frescos y hermosos. Adelina les dio de desayunar y yo me arreglé para ir al tenis. Me tocó hacer pareja con Silvia, pero ay, pobrecita, me dijo que a Pancho no le está yendo bien en el trabajo, que Daniel anda muy rebelde, Adriana muy como… urgidita, y que ella va a tener que ir al médico porque sospecha que tiene quistes en los ovarios. Y yo callada, intentando enganchar mis mejores golpes a pesar de la negatividad de mi compañera. ¿Por qué pensar precisamente en eso cuando el día estaba tan lucidor? Lindo, mi amor, los árboles frondosos, las plantas bien regaditas, las flores resplandecientes, el recogebolas una ternurita…

―Ajá…

―Después del ejercicio comí rico en casa de mi mami. ¡Imagínate, me hizo las albóndigas con frijoles que me encantaban cuando era chiquita! Y de postre, ¡adivina! ¡Ta – pio – ca!

―¿Y tus hijos?

―Ay, Jorge, se quedaron a entrenar en la escuela. Pero deja te cuento que fui al baby shower de Cuca. Padre, ¿eh?, todas nos queremos tanto… Ay, y qué te digo del bebé de Lourdes, me tenía con la baba caída. ¡Divino, una mo – na – da! Mira, es rechonchito ―con decirte que se le hacen rayitas en los brazos y en las piernas―, más bien apiñonado, cuando se ríe se le hacen hoyitos en los cachetes… ¡un encanto! Me enamoré del rulo que le cae en la frente. Dice Lourdes que no le gusta, pero que no quiere decírselo a Panchita para que no se sienta. A mí me chifló, es el toque de distinción del chiquillo.

―Maru, estoy intentando leer.

―Eres un aguafiestas, Jorge.

―Oye, ¿y no te faltó el aire en el juego? Estaba muy contaminado.

―¿Contaminado? Esplendoroso, Jorge, así lo vi yo. Y no sé tú, pero yo, a todo dar.

Mi compromiso

Cuando empecé a escribir este blog, mi idea era hacerlo con frecuencia. Le he bajado a las colaboraciones, quizá por los compromisos diarios, pero las más de las veces se debe a la falta de compromiso conmigo misma y con mis retazos.

He de ordenarme, de encontrar la forma de sentirme más libre para decir, para plasmar, cualquier cosa, a la hora que sea, aquí o allá, de día o de noche. Se llama disciplina con el proyecto que decidí iniciar con la embestida del 2015.

Si abro el ojo cerca de las seis de la mañana, ¡a darle!, a sacarle jugo a las primeras horas, al despertar de la luz y de los eternos ruidos citadinos entre los que se cuelan los cantos de algunos pájaros.

Total, no necesito más que mi computadora, mi sillón de piel color mostaza con negro, mi café, que gracias a R aprendí a tomar sin leche ni azúcar, y algo de cacumen.

Quizá una música de fondo, nada estridente, como el otro día la de Philip Glass. En este instante suena Nada particular, de Miguel Bosé: “Dame una isla, en el fondo de mar, llámala libertad”…

Lo más chocante es que soy paradójica.

—¿Por qué?

—Porque después de escribir me siento bien, desahogada, ligera, satisfecha.

Ojalá lo logre.

Antes de un “hasta pronto”, quiero compartirles palabras de García Márquez, las leí de segunda mano: «[…] el mismo Gabo nos dijo una vez que la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».

Buen y fructífero domingo.