Mama sin acento

Fraternal sincronía: las hermanas, una en Estados Unidos y otra en México, se practican su mastografía anual.

Se llaman vía WhatsApp —aunque no lo crean, hay quienes todavía le dicen What’s up (¿?)— y platican sobre el cruel azote del Síndrome Premenstrual. A días de que la gringa aterrice en el D.F., tratan un par de temas: el franco vapuleo en campo de gules y la zozobra ante la aplanadora de senos.

Me tocó pasar por esa carnicería el lunes 9 de noviembre. Cuando inició el estudio, trago amargo —adiós a la pudorosa batita azul—, la amable técnica me indicó que no respirara.

¿Y cómo rayos voy a jalar aire si quedo paralizada por el dolor y la estupefacción?: observo una masa informe a la que manipulan cual  pedazo de carne de animal muerto.

La derecha es más brava y aguanta, pero la izquierda llora cuando queda hecha crepa entre las amenazantes planchas del mastógrafo.

—¿Y cómo le hacen con las mujeres que son más bien planas?

—Uy, es difícil para ellas y para nosotras. Tenemos que pescar el pezoncito y aplastar.

¡Madre de Dios, qué bueno que estoy bien dotada!

—¿Y las de los implantes?

—Nos piden diez tomas en vez de seis.

Para que sepan, a mí me hicieron ocho. Después me dirigí a la sala de espera: faltaba el ultrasonido.

En el ínter platiqué con una señora amable y alegrosa, sobreviviente de cáncer. Cuando la llamaron quedé frente a una oaxaqueña divorciada, simpática y elocuente. Me confiesó que ese mismo día tenía cita para que le pusieran botox, aunque canceló su sesión de toxina botulínica por considerar más importante el aplanamiento de chichis. La observo con sigilo, todavía sonríe y gesticula sin que la boca le llegue a las orejas y los ojos se le rasguen a pesar de no ser oriental.

Me reí mucho cuando me dijo que le daba pavor que sus implantes se desintegraran durante la mastografía: “Imagínate si se me ponchan”. Pues sí, gacho que quedara desinflada y se la llevaran directito a la plancha, sin su toxina.

Llegó la hora «ultra», que me practicaría la doctora Barois. Durante la prueba hice dos preguntas recurrentes:

—¿Todo bien?

—¿Es normal?

El lunes 16, una semana después de mi masto, recibí un mensaje de mi hermana en estos términos: “Me acaban de aplastar las chichis, pero estoy bien”. Me va a regañar por ventilar sus asuntos, pero ni que fuéramos las únicas mujeres cuya carne delantera se convierte en Tortilla Flat —clara referencia al título del libro de John Steinbeck— una vez al año.

Dadas las estadísticas del cáncer de mama, más vale que las jalen y estrujen mientras uno mira al techo, se medio tapa cuando solicitan un acomodo distinto y hasta se avienta a hacerle plática a la técnica, quien también considera que el procedimiento carece de lustre.

Abur.

Magnolia Bakery

La ciudad bulle: está viva —gran descubrimiento. La gente se solaza en los múltiples y diversos restaurantes de la zona; mis ojos ven mascotas —estoy cada día más convencida de que no tendría una—, deportistas (¿de a deveras?), escuincles, barcos de control remoto, teatro, aviarios y hasta perros “llavero” ataviados con horripilantes falditas.

Antes de lanzarme a recorrer algunas calles harto nice de Polanco leí el artículo “Vívelo sin gastar una fortuna”, de Julio Patán, en la revista Chilango.

Se volaron la barda con la portada, ¡me encantó! Trazos precisos donde se adivinan la Parroquia de San Agustín —ahí “descansa” mi cenicienta madre—, los museos Soumaya y Jumex, el Palacio de Hierro (ooooooh), uno de los lagos artificiales del Parque Lincoln (guuauu, que donde se «juntan» los amantes del modelismo náutico), alguna vieja y hermosa mansión del rumbo, y creo que hasta las «torres gemelas» de la colonia, edificadas en la calle más cara del D.F.: Rubén Darío.

Por cierto, cuando los automovilistas conducimos por ahí dudo que recordemos al poeta nicaragüense que inspirara a González Martínez a deshacerse del cisne de engañoso plumaje.

https://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Gonz%C3%A1lez_Mart%C3%ADnez

Al grano, madame, que hay quien dice que soy la reina de la digresión. Puéh nada (a la cubana), que la lectura del artículo de Patán despertó mi curiosidad por conocer dos lugares: el Café Budapest —en esta visita no lo hallé — y el Magnolia Bakery.

Entre paréntesis: (¿cómo hacen los visionarios hombres y mujeres de negocios para traerse la mismísima panadería neoyorquina a México?). Me quito el sombrero.

sombrero

http://diegofournier.blogspot.mx/2010/10/me-quito-el-sombrero.html

El Magnolia (ja, espero que nadie haya bautizado así a su vástaga), como tantos otros «changarros» cercanos a la ostentosa avenida Masaryk, está de moda, no démodé. En 2016 cumple 20 años de acariciar paladares con “productos Americanos horneados”, como galletas, cupcakes, brownies y pasteles.

http://www.magnoliabakery.com/about-us/

De churro (por suerte) encontramos lugar. Ahí, inmersas en el hervidero dominical de Virgilio (la calle), estábamos la Rata, Kalash (Cuca) y su servilleta (eu, que en portugués significa yo; nada que ver con otra manera de responder a un interlocutor sumada al “mande”, «dime» o qué).

Kalash. Pañal impecable
Kalash. Pañal impecable.

Pedimos un pudín de plátano, descrito como “verdaderamente celestial” (muy rico, aunque podríamos bajarle dos rayitas) y un brownie de doble fudge (no enloquecí de placer: es bueno y punto), que “hornean temprano cada mañana” (¿traducción?).

Magnolia Bakery me parece caro, pero sí regreso; algo especial debe tener, además de ser un sitió «trendy», cuando hay franquicias en esta «Ciudad en Movimiento» (como cuando fluye el tránsito con los encuerados de los cuatrocientos pueblos), en Chicago, Los Ángeles, Tokio, Moscú, Dubái, Beirut, Kuwait y Doha.

¡Cómo hay varo en este país!

Hasta mañana.

Gourmet Awards

Ayer le empecé a echar ojo a la revista Chilango. Me enteré de que entre el barullo —informe presidencial, asesinatos de la Narvarte, #ElChaposcandal, lluvias torrenciales, pobreza, #CasaBlancaMexicanaShit— se tejen los Gourmet Awards.

¿Por qué será que me vino a la mente madame Deby Beard, santa patrona de la gente bonita, del lujo y confort a los que pocos mexicanos podemos aspirar en nuestro día a día?

Caray, no conozco el nombre de ninguno de los restaurantes que abrieron en el DF entre julio de 2014 y julio de 2015. Fíjense que van a premiar «La Mejor Apertura» (¿o sea que más que los platillos se festeja el acto de abrir?) Pos qué bien.

En ese «abre y cierra puertas», sobre todo se me antojaron los lechones que sirven en Candela Romero, en el hotel St. Regis, en Chapulín, sito en el Presidente Intercontinental, y en Carbón, que encuentran en el segundo piso del Mercado Roma, espacio culinario de lo más in en los tiempos que corren sin que los podamos alcanzar.

También me conquistó la imagen de una pizza de trufa negra con queso fontina (DO de Italia desde 1955, hecho con leche de mamífero rumiante blanquinegro), menjurje que sirven en Market Kitchen; dice Martha Brockmann que el mercadín de a $550 pesos promedio “Aporta frescura y novedad a la zona de Santa Fe”. Qué buena noticia, porque un rumbo frío, colosal e inhóspito requiere de un toque de calidez.

https://es.wikipedia.org/wiki/Fontina

Según relatan, los precios de los 11 restaurantes seleccionados van de $350 en el Lalo! —el signo de admiración sólo cierra— y el Páprika, a $1,200 del águila en el Cipriani, donde hay “meseros trajeados de apariencia grave” —¿están enfermos?, ¿son venerables?, ¿o muy mamilas?—, un lugar “arrogante” (¡qué monserga!) y “replicable” (imagínense, con esta palabrita quieren decir que tienen sucursales).

Ambiente grave, he aquí la prueba
Ambiente de verdad grave, no antoja

Qué distinta suena parte de la historia que inició Giuseppe Cipriani cuando en 1931 abrió el Harry’s Bar en Venecia: “Four generations […] have grown a single restaurant into a world renowned hospitality brand still recognized for its distinguished venues and service all over the world”.

http://www.cipriani.com/en/

No cabe duda, estoy fuera de onda en lo que toca a novedades gourmet, así que para abrir boca podría iniciarme con los que más me latieron: Páprika, donde Josefina Santacruz ofrece, además de curry, arroz iraní con frutos secos (empiezo a salivar) y Mutabal (crema de berenjenas), un ambiente relajado y sin pretensiones, y Chapulín, donde puedo probar un buen mezcal (ahumadito), comer tacos de lechón y degustar la comida de otra Josefina, esta vez López, a quien asesora su mentor, José Manuel Baños, chef mexicano cuya cocina de autor dio luz al restaurante oaxaqueño Pitiona.

Opinión bloguera de doña Deby Beard:

http://debybeard.com/2014/08/18/chapulin-un-salto-en-la-comida-mexicana/

Hasta la próxima.