Ensueño

En las tardes, mientras miraba por la ventana, su exhalación se dispersaba haciendo cabriolas en el aire. La niña las seguía, embelesada, y las correteaba con ojos grandes y boquita en forma de «O». Quería tocarlas, enredarlas en sus dedos, atesorarlas en la caja de habanos Te-Amo, encerrarlas en su pequeño puño, atraparlas como mariposas, contarlas cual cuentas de pulseras.

Y pedía más: «¡Más!»… Hasta que el ambiente se llenara de ellas y el tabaco impregnara su estudio. La niña intentaba, pero se le iban al techo, o se pegaban a la lámpara de hojas verdes y amarillas; o se escondían, juguetonas, detrás del sillón, o, si estaba muy atenta, veía cómo se sumergían en la taza llena de plumas.

Lo que sí podía hacer era soplar y manotear; soplar para encaminarlas a su antojo ―prefería que cada una encontrara su camino, absorbida por las nubes o capturada por el follaje―, y manotear para hacerse la ilusión de que todas esas donas de humo las hacía para ella.

Al final, como todos los días, quedaban un estudio vacío, el sabor del juego, el olor, las imágenes que imprimía en su cerebro, una colilla, y cenizas, solo cenizas.

Gracias, papá

¿Quién va a comentar mis Retazos?, ¿quién me pedirá que me deje llevar por la pluma antes de su muerte? ¿Con quién lloraré después de leer un poema de Blas de Otero o escuchar voces como las de Lila Downs, Maria Callas, Luciano Pavarotti y Lucha Reyes? ¿Cuándo me dirás «nos vemos el viernes» para echarnos un caldo de camarón en el mercado de San Pedro? ¿Quién seguirá mis pasos en el paraíso amatleco? ¿Y la voz fuerte y recia que llama todas las noches? ¿Y nuestros torneos de UNO? ¿Qué hay de nuestras charlas? ¿A quién le preguntaré mis dudas e inquietudes? ¿Qué ser humano escuchará mis opiniones con apertura y atención? ¿Ahora quién me pedirá que «presida» una bacanal dominguera, aunque siempre haya pensado que ese lugar le correspondía a mi madre? ¿De quién me haré cargo (¡ni en sueños te dejabas!) cuando viaje a California? ¿A quién regañaré por mezclar los alipuses? ¿Alguien será más puntual que yo? ¿Debo esperar que entres en mi casa para dejarme cosas ricas de comer? ¿Con quién voy a bregar con tamañas cercanía y libertad? ¿Quién sabrá que mi tono pronostica un día negro? ¿Quién se dejará sorprender como un niño con todo lo que ve a su alrededor? ¿Y nuestras cómplices miradas para transmitirnos cualquier cosa? ¿Nuestro delirio por el queso? ¿Acaso conoceré a alguien que coma más chile que tú y se quede impertérrito?¿Tus sabiduría, humor negro, carcajadas (en particular a costa de Peter Sellers, Monsieur Hulot y Les Luthiers) optimismo, amor a la vida y miedo a estar solo? ¿Las flaquezas donde solo yo me internaba? ¿Y el puro (cigar) diario con el que saboreabas el mundo entre humo blanco?

Te quedé a deber una comida, la de tu cumpleaños 85, y tendré que prescindir de tu mirada azul cuando me alcance el medio siglo.

Gracias por compartir conmigo tu pasión por la vida. Ojalá que, como te lo pedí en varias ocasiones, te hubieras quejado un poquito.

Aunque intuyo, percibo, vibro, sé… que tenías pensado irte.

Até não sei quando nem onde.

Libro mundo

Mi «taller» de lectura está hecho de retazos de letras, de fragmentos cuyos mensajes se parecen a nuestra vida: a lo que nos sucede un día, a lo que sentimos otro, a lo que lloramos de vez en vez, a lo que callamos con frecuencia, a lo que tememos por costumbre.

En ese pequeño círculo, donde solo somos personas, se puede hablar ―si se quiere― del miedo, la angustia, la inseguridad, la añoranza, la ilusión, los deseos, el fingimiento (máscaras protectoras), la frescura, el amor, el dolor…

Nada más hay que exprimir el texto; hay que sacarle jugo a cada idea concatenada con palabras; hay que sentir e interpretar desde nuestros pozos, que siendo distantes y disímiles, se tocan en el vértice donde concurre nuestra humanidad.

Gracias a Juventud, Luz y Esperanza, gracias a Ellos, he releído algunos de mis libros más entrañables, llenos de historia, de momentos, de lugares, de recuerdos y de tiempo ido, que recuperamos en hojas con marcas, subrayados, comentarios al margen y restos de memoria.

De expectativas y cosas peores

Tener expectativas es parte de vivir; como querer ser la líder encestadora cuando se juega baloncesto, o como dar una clase y conseguir que los alumnos presten atención, aunque los tiente el poderío de las pantallas, es decir, del mundo virtual, donde «soy mejor» mientras más «amigos», likes y seguidores tenga.

La cosa se pone ruda cuando la expectativa, si sucede que uno va a psicoterapia, consiste en abrir la puerta un día cualquiera y descubrir que todo es como no era, que dejaste de ser tú, que te sacudiste la pesada carga genética, que tus neuronas y neurotransmisores se confabularon para dotarte de dopamina original (adiós a la pirata), que dejaste atrás miedos, inseguridades, tristezas, decepciones y complejos. O sea que, de acuerdo con esa ilusión, al accionar la manija para pasar del otro lado estaríamos borrando nuestra historia con un punto final inexistente.

Sentí angustia cuando entendí que por ahí no iba la cosa; lloré, pero hubiera querido hacer un berrinchazo. Cuando llegó la realidad, lista para acribillar la expectativa, constaté que nada sería distinto, aunque también reparé en que de lo que se trataba era de que yo me fuera haciendo de herramientas para lidiar con una puerta que, independientemente de estar abierta o cerrada, me permitiera moverme en un espacio edificado y matizado por mí, sin necesidad de patear mi recorrido.

Y llegó la pregunta: ¿si una lagartija se somete a tratamiento psicoterapéutico, qué sale del consultorio cuando toma la decisión de irse?

Ojo, estimados lectores, veremos salir a la misma lagartiga, nomás que «terapeada». Se va cargando su morral, quizá menos pesado que cuando llegó, en la negación más absoluta, con su sombrerito, lentes Ray-Ban espejados, gabardina negra y cigarro apagado entre los dientes.

Monja, ¡no!

Dice la RAE que la vocación es la «Inclinación a un estado, una profesión o una carrera». Digo yo que mi vida no se parece a lo que soñé hacer ni a lo que tal vez algún día imaginé. He hecho lo que he podido, sobre todo enfrentarme a un cerebro inquieto, obstinado y proclive al desequilibrio.

Con todo y el vaivén químico, mi corteza prefrontal le ha puesto freno a los caprichos del sistema límbico. En gran medida me ayudó el deporte, la única actividad que lograba sacarme de un marasmo de pensamientos negativos que hacían una fila interminable para clavar su aguijón.

En este instante se me ocurrió que mi vocación ha sido salvarme, para lo cual he tenido que hablar, intercambiar ideas y comunicarme de la manera más honesta y precisa. Hablar ha hecho que vea de cerca a mis demonios, que me ataquen, que me amenacen, que me congelen, pero también que los mire de igual a igual, con la fuerza que hoy reconozco que tengo.

Hace un par de días mi papá me dijo, serio y enfático, que mi vocación es escribir.

¿Será?…

Imagen: https://www.google.com.mx/search?q=nun+funny&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwjLqY_hjardAhVMzIMKHeRHBi8Q_AUICigB&biw=994&bih=420#imgrc=udnnjwvDVAkAnM

 

Soulmates

―¡Está haciendo un calor infernal, Maru! Para mí, arriba de 25, resulta insoportable.

―Ay, Cuca, ha de ser que estás en tu octavo mes de embarazo, porque para mí es delicioso. En el tenis sudo rico; cuando me subo a la camioneta, que está como para pelar pollos, apago el aire acondicionado y hago un bañito de vapor; me pongo mis vestidos italianos, sueltos y vaporosos; uso todas mis alpargatas españolas; a veces aprovecho para chacotear y echarme un martini en la alberca del club; como ensaladas y mariscos y también tomo mucha agua. Total, que disfruto el calorcito. Y en la noche ni cuenta, ¿eh? Después de que Adelina nos da de cenar y de que Daniel y Adriana se encierran en sus cuartos, yo prendo el aire acondicionado. Es la gloria… Y, mira, para cerrar con broche de oro, aunque Jorge se hace el gran lector, le cuento mi día de pe a pa. Me emociona ver que me escucha y saca las antenas mientras lee un libro que se llama Soulmates. Porque has de saber, Cuquita, que somos almas gemelas; desde que nos encontramos, hace 18 años, en el «crucero del amor», supe que era mi media naranja. En fin, querida, te dejo porque tengo que hacer el súper. ¡Uy!, a todo esto, ¿cómo vas con los preparativos para la llegada de Julita?

Cuca había enrojecido, de calor y de rabia. Sudaba la gota gorda, y cada gota iba a dar en el reservorio de Julita.

Cool

Jorge, ya empiyamado, intentaba leer Soulmates, pero Maru era una tarabilla.

―Ya te habías ido, amor, pero mi despertar fue sensacional. Es más, si me apuras te diría que me sentía flotar. ¡Mi ánimo era inmejorable! ¡Gracias a Dios!

Fui a despertar a los niños; como siempre, frescos y hermosos. Adelina les dio de desayunar y yo me arreglé para ir al tenis. Me tocó hacer pareja con Silvia, pero ay, pobrecita, me dijo que a Pancho no le está yendo bien en el trabajo, que Daniel anda muy rebelde, Adriana muy como… urgidita, y que ella va a tener que ir al médico porque sospecha que tiene quistes en los ovarios. Y yo callada, intentando enganchar mis mejores golpes a pesar de la negatividad de mi compañera. ¿Por qué pensar precisamente en eso cuando el día estaba tan lucidor? Lindo, mi amor, los árboles frondosos, las plantas bien regaditas, las flores resplandecientes, el recogebolas una ternurita…

―Ajá…

―Después del ejercicio comí rico en casa de mi mami. ¡Imagínate, me hizo las albóndigas con frijoles que me encantaban cuando era chiquita! Y de postre, ¡adivina! ¡Ta – pio – ca!

―¿Y tus hijos?

―Ay, Jorge, se quedaron a entrenar en la escuela. Pero deja te cuento que fui al baby shower de Cuca. Padre, ¿eh?, todas nos queremos tanto… Ay, y qué te digo del bebé de Lourdes, me tenía con la baba caída. ¡Divino, una mo – na – da! Mira, es rechonchito ―con decirte que se le hacen rayitas en los brazos y en las piernas―, más bien apiñonado, cuando se ríe se le hacen hoyitos en los cachetes… ¡un encanto! Me enamoré del rulo que le cae en la frente. Dice Lourdes que no le gusta, pero que no quiere decírselo a Panchita para que no se sienta. A mí me chifló, es el toque de distinción del chiquillo.

―Maru, estoy intentando leer.

―Eres un aguafiestas, Jorge.

―Oye, ¿y no te faltó el aire en el juego? Estaba muy contaminado.

―¿Contaminado? Esplendoroso, Jorge, así lo vi yo. Y no sé tú, pero yo, a todo dar.

Por eso

Por más que uno le insinuara que no tenían nada de bello ―igual sí de bueno y útil―, seguía estrenando camisones «sexis». Telas súper delgadas, con algún estampado, que le llegaban arriba de las rodillas. Lo peor es que combinaba esas abominables telitas con unos calcetines como de peluche que se ponía para que no se le vieran sus patas de chichicuilote. Era inútil decirle: «Tápate tantito, ¿no ves que va a subir el señor del gas?». Ella pelaba sus ojos de capulín, se acomodaba en su sillón, cruzaba sus patitas y se alistaba para recibir a su proveedor de gas para su tanque de oxígeno. Ah, fumar al lado del cilindro también le venía guango. Quizá porque tenía la certeza de que la muerte la rondaba en todo momento. Y  créanme, estaba preparada. Empezó a morirse un viernes, precisamente el día en que me anunciaron que se había vestido y que se veía muy guapa. Subí a verla. Bastó con mirarla a los ojos para saber que se me iba. Respeté su decisión de querer morir en su casa: nada de tubos, jeringas, sueros, oxígeno, mangueras ni terapias intensivas. Lo más impresionante fue que nunca tuvo miedo. ¿Quién era?, ¿por qué sonrió justo cuando sabía que el futuro se esfumaba? Creo que por eso.

Frío

Ya no me gustan los días brumosos y oscuros. Ya no soy afecta a que el sol se me esconda durante un laaargo día.

Empiezo:

Ni siquiera cuando viví en Rhode Island sentí tanto frío; bueno, allá había calefacción.

Mi teoría es que desde mi operación de ojo me volví friolenta. Y ojo, no pienso explicar la relación intrínseca entre temperatura-ojo-intervención quirúrgica.

En el noreste de Estados Unidos, precisamente donde Jonas ha dejado muertos, a los incautos nos recomendaban el layering, que consistía —consiste— en encimar dos o tres capas de ropa —camiseta térmica, suéter de cuello de tortuga, chamarra de plumas o forrada con lana de borrego, sin mencionar bufanda, guantes ni gorro— para despojarse de algunas prendas conforme los huesos agarraban calor.

Abrir la puerta del edificio principal de la universidad modificaba la sensación térmica, y a mi salón, después de pasar por el departamento de lenguas, entraba ya más ligera. Incluso llegaba un punto en el que me arrepentía de haber adoptado el sistema de “capas”.

Era cercana a mis alumnos, así que entre mi socrático deambular y mi acostumbrado aspaviento llegaba a acalorarme. Gotas de sudor deslizándose por mi espalda cuando escribía en el pizarrón; sentía la sutil cosquilla de agua mientras enseñaba el tema más difícil de trasmitir para una hablante nativa del castellano que pagaba parte de sus estudios dando clases de español: preterit versus imperfect.

Recuerdo esa clase —aula + alumnos— con mucho cariño; además, tenía dos admiradores, uno blanco y otro negro. Me hacían sentir halagada, porque la professor —así me decían— tenía más de diez años que ellos. Ésta fue la advertencia de mi roommate:

—Hey, you are a warm person and you tend to touch a lot. Be careful, don’t be so close.

—Shit! Can they sue me?

—I’m just tellin’ ya’, you don’t want to be arrested for sexual harrassment.

—Oh, gimme a break, you people are nuts! Being nice does not equal being a pervert…

—Whatever, just remember that I warned you.

Aunque no lo tuviera presente, hubo un par de estudiantes que se encargaron de hacérmelo sentir. En otro grupo, cuando terminaba la clase, «X», quien tiraba a matemático, se acercaba a platicar conmigo. Danza curiosa, hasta que me di cuenta de que no debía moverme: el chavo necesitaba más de un metro de distancia para poder hablar con su maestra. Ok.

Independientemente de la estación, hubo personas que me hicieron sentir cálida, aunque oscureciera a las cuatro de la tarde y el frío arreciara y las capas de ropa me cubrieran.

El chiste es que con todo y nieve y hielo y viento helado no sentía que me congelaba. Aquí, en mi casa, todos los días me atrapa el ártico: me mantengo forrada y voy de un lado a otro cargando un calentador.

nieve

Adoro caminar descalza y no lo hago desde el 31 de octubre de 2015.

Tengo frío.

Hasta la próxima.