Uuuuuuuuu, hace años me hubiera arengado, forzado y, por qué no, lastimado.
Mi diagnóstico: carente de fuerza, voluntad, ánimo, juventud, vigor; en pocas palabras: not even a shitty egg!
Pero miren, después de la arrastrada que me pusieron el lunes pasado en el gimnasio —recordé viejos tiempos y disfruté el dolor del trabajo muscular—, ya soy capaz de conocer y aceptar mis limitaciones. En mi caso, «Di no a las drogas» (@jezucrihto) se traduce en: no más vuelos por los aires para rescatar pelotas (¡me encantaba!), no más patinaje bajo la lluvia (una delicia), no más levantamiento de pesas con Blancanieves y los siete enanos (libre interpretación).

Hoy mi cuerpo me manda señales de alerta y las acato, las acepto sin dramas ni recriminaciones. Hace tiempo habría sido lo más parecido a que se rompiera el hilo de Ariadna: “Dios, ¿por qué me abandona mi cuerpo?”; como si el Minotauro me resoplara en el cuello, como si Little Boy o Fat Man dejaran caer su inimaginable poderío atómico en el centro de mi vientre.

Ese mismo lunes, me dije:
—Mira, hija (o güey, como quieran), ya no estás para estos trotes. ¿Otro quirofanazo? Nel, reinita: sé clemente con tu cuerpo.
Hoy me siento orgullosa de poder tomar esas decisiones sin ponerme los zapatos de la mujer víctima, de la mujer que ha ido quedándose atrás. Con esa misma madurez emocional (uuuuuóraleeee), y dado que mi genética me negó el 20/20, decidí no manejar de noche por parajes desconocidos.
Espero sortear mis encontronazos «limítrofes» de manera similar. En el ínter, después de casi tres años de vivir con una nueva córnea, he vuelto a sentir el abrazo del agua y el placer de jalar aire.