¿En boca cerrada no entran moscas?

Shhhhhh… Laargo, osado. Silencio que, tarde o temprano, me llevaría a cargar con la culpa. Pero, ¿acaso me importa? He vivido aquí casi 20 años, y solo lo convertí en «todos los hombres de mi vida». Mi protector, mi modelo, mi guía, mi tutor, mi títere, mi cómplice. Puede ser que hasta mi amante, pero eso nadie, nunca (o eso creo), podrá probarlo.

Me envalentonaron mis celos, envidia y rencor de tanto tiempo, así que no nada más decidí jugármela, sino ocultárselo y tirarle mierda, toda la que pudiera y con quien se dejara. Y sí, hubo quien me la compró. Me sentí poderosa y muy astuta cuando desafié el amor fraterno. Mi objetivo era embarrarla, calumniarla, hacerle daño.

Me salió el tiro por la culata. La Muerte me quitó a la persona más querida y manipulada por mí (¿eso, se llamará amor?). ¿Por qué, si yo misma dije que lo veía diferente, decidí cerrar la boca? Porque pensé que me vengaría; porque se lo arrancaría a Ella; porque creí que podía controlar las cosas; porque me sentí lo que jamás pude ser para mí misma: una diosa, pero una diosa rota y maltrecha, llena de gatos en la panza, de inseguridades, de odio, de cizaña, de complejos.

Cuánto mal hace cargar con todito lo que nos arrastra del pescuezo; cuánto dolor enquistado; cuánto muñeco de trapo mutilado por una supuesta huella de abandono. Hipócrita, manipuladora, engreída, egoísta, ingrata, grosera… Tengo el futuro que inventé ―fresca, dulce, coqueta, tierna, cariñosa, pura: una hoja en blanco… ¿me quedará tan grande como esas dos décadas?

Madre

Qué bello fue ese último acercamiento, ¿te acuerdas? Primero yo me recosté en tu pecho, el lado derecho de mi cara, casi sobre tu corazón. Después me levanté y tú pusiste tus manos en mis hombros, todavía con fuerza. Entonces nos embebimos en una mirada; solo eran tus ojos y los míos. Estoy segura de que sabíamos que era nuestra despedida. ¿Te digo algo? Tus ojos ya se veían cansados y un tanto opacos. Los míos hacían un esfuerzo por no derramar lágrimas. Sonreímos, madre; nos reconciliamos, mamá… Y, con una diferencia del cielo a la tierra entre lo que ambas sentíamos, le abrimos la puerta a un dulce y contundente adiós.

Vaivén

el otro

No se necesita hablar: sobran palabras.

Basta con que otros den alas a su imaginación para decodificar historias ajenas, sobre todo si nos hemos percatado de que verse a uno mismo resulta más incómodo y doloroso que sembrar y cosechar ideas, juicios, deseos, sentimientos, traumas, sueños inconfesados que solemos proyectar sin decir “agua va”, como si nos envolviera un manto de verdad, uno repleto de estrellas soplonas de lo que ignoran.

¿Cuántas personas habré sido sin ser yo? ¿Cuántos disfraces he usado que jamás ceñirían mi cuerpo? ¿Cuántas mentes que en realidad se contraponen a la mía? ¿Cuántas aventuras que yo misma desearía vivir? ¿Cuántas máscaras que mi intimidad no reconoce?

¿Quiénes somos?

Acaso lo que callamos y que la osadía de otros pone en nuestro ser; acaso lo que no somos pero somos porque nos han manoseado; acaso lo que nunca seremos pero que todos pretenden que seamos.

Yo soy el mar: oscura y luminosa, cálida y fría, cercana y distante, peligrosa y mansa, dulce y rabiosa, agitada y pocas veces serena, profunda más que superficial: insondable, polar, en constante vaivén.

Vaivén —ir y venir, ir y venir— que es mío, que comparto con pocos y —¡oh, paradoja!— que muchos creen conocer.

Hasta la próxima.

Breaking Bad due to paella, wine and nutella

No es que lo sepa, la química y yo nunca hemos cohabitado, pero cuando pienso en partículas subatómicas me imagino fregaderitas para las que nunca hay descanso. Pues mi hermana es, tal cual, una partícula subatómica: un bosón, no el bolsón (por mi cabeza se desliza algo semejante a un gigantesco costal de papas) que cree ser.

—Fíjate que el fin de semana hice paella.
—Mmmmmmmm…
—No mmmm, me quedó muy salada, así que qué bueno que papá y tú no la probaron.
—Estoy segura de que me hubiera gustado; cocinas bien, Perrita, disfruto mucho de tu sazón. Es más, qué lástima que ahora que estuvimos allá hayas tenido la pésima idea de racionar la carne de hamburguesas: una por piocha, ¡no se vale! Y yo rogando que alguien no quisiera…
—Bueno, el asunto es que con esto de la paella me porté mal. Rompí mi dieta. No sé qué me pasa, llega un momento en que me dejo ir como hilo de media.
—Ay, bájale, desde que te vi en julio has cerrado el pico, no pasa nada si de repente fallas. Sería irreal que nos perdiéramos de ese mega placer.

Ojo: además de mi hermana y yo, sé que cuatro personas cercanas se esfuerzan por no formar parte de los “Siete de cada diez mexicanos que padecen de sobrepeso u obesidad”.

http://www.forbes.com.mx/obesidad-un-problema-de-5500-mdd-para-mexico/

—Pero es que me pasa algo, hija, sigo y sigo empacando, como barril sin fondo.
—¿¿¿Y??? A ver, qué te comiste.
—La paella lleva vino blanco; me serví una copita y otra y otra, reeeeelax, y total que acabé con él.
—Uy, ¡qué terrible! Debes haber subido como tres libras (1.3 kilos).
—La neta es que estaba muy a gusto viendo Breaking Bad y echándome mi alcoholín.
—Por eso, ¿qué más da?, ¿de qué te arrepientes (arrepiéntete y cree en el Evangelio)? ¡Te portaste bien toda la semana y no es que estés hecha un tonel!
—Pues tú ya pesas menos que yo.
Sooooooooo? El asunto tiene que ver con mi desoladora realidad: el paso del tiempo. Hoy, si como cosas cremosas y condimentadas me inflo como globo hasta sentir que malrespiro. Los años arrasan, güey, es de la tostada darte cuenta de que ya no puedes comer como antes, pero prefiero llevármela tranqui a necesitar desabrocharme lo que traiga para caer panza arriba sobre mi cama. Hasta te enseñé, ¡fácil cuatro meses de embarazo!
—Sí, caray. Pues ya te digo (frase que me remite al hermano mayor de mi padre y a mi abuela Pepa), estaba tan rico en mi casa, viendo mi serie con las perras, que hasta saqué el bote de nutella que acababa de comprar en el súper: a cucharadas, hija, en éxtasis.
—Hijo, a mí la nutella no me gusta, prefiero una latita de leche condensada.
—¿¿¿No???, ¡qué suerte!
—Bueno, le voy más a las frituras (Doros Nachos, Cheetos, Ruffles, Taquis…), cacahuates y todas esas porquerías que honran el mejor eslogan con el que me he topado: A que no puedes comer solo una. Si empiezo vale queso; tú prefieres lo dulce.
—La neta sí. Cómo habrá estado la cosa que llegó Pablo, yo con cara de #déjameenpazestoyviendomiserie, y me lanzó ésta:

—Is that the Nutella jar that you just bought?
—Oooooh noooo, I found one in the cupboard, it was almost empty.

—Ja ja ja, ¡mustia!
—Ja ja ja, qué descaro, ¿verdad?

Seguimos riéndonos como las hermanas de siempre, dándonos cuerda para disfrutar de la espontaneidad de una risa fresca y genuina.

—No manches, vas a tener que ir al súper para que tus hijos encuentren su nutella enterita.
—El gusto nadie me lo quita: botellita de vino blanco, picadaza con Breaking Bad y una cucharada tras otra de crema de avellana.
—¿Sabías que fue la sucesora de la Supercrema y ésta la versión moderna de la Pasta Gianduja de Pietro Ferrero?

https://en.wikipedia.org/wiki/Nutella

—No sé ni me importa, yo saboreo.
—Por cierto, ahora que las cosas están tan rudas, el peso arriba de la barrera de los 17 y la lana comprimiéndose, ¿qué tal si contratamos a un químico genio que quiera dejar de ser un muerto de hambre…?

Bai de güei:

Tengo una amiga china, no china de China sino de pelo chino, rizado. Dice que hay ciertas frases que provocan que se le alacie su abundante cabellera. Me sucede lo mismo con ciertas expresiones, nada más que a la inversa.

Por favor, olvídense de «me anda de la pipí» o «quiero hacer de la popó». Ya no se diga el nefasto «orinita vengo». ¡Madre santa!: basta con decir «voy a hacer pipí o popó».

Ah, el artículo que corresponde a la orina y al excremento en sus versiones pipí y popó es masculino: EL.

Hasta aquí mi escatológica conclusión.