Uno

Es muy simple (me acordé de El Principito): una mesa en medio de dos sillones y una lámpara (dada al traste) para distinguir mejor los colores. Ahí estamos, papá e hija, picadazos con el UNO. Claro que la suerte hace de las suyas, pero el cacumen también juega.

El perdedor del «campeonato» es quien suma primero 200 puntos malos. Creo que nos divertimos como enanos, sobre todo cuando se tira un «ramalazo» para que el atacado robe cuatro cartas. El tufo a triunfo cuando vemos que el contrincante está encartado es delicioso, y en una sola partida nos podemos llenar de cartas varias veces y barajar otras tantas para no cejar en nuestro ímpetu por fastidiar al prójimo.

Disfruto reírme con él (y por qué no, también de él) cada vez que nos sentamos a maquinar nuestras jugadas con verdes, amarillos, rojos y azules. Me encantan su concentración, sus ojillos sagaces, sus dedos pegajosos, su mala leche, sus poquísimos errores al calor de la pulsión de ganar, su relatoría durante el juego y sus interjecciones cuando la hija le acomoda un ramalazo al final de una mano.

Ciego… y Borges

Tigres, espejos, laberintos, rosas, ajedrez, jardines, tiempo: todo cupo en los eternos ojos de Jorge Luis Borges.

laberinto

¿De dónde la fuerza creadora del escritor ciego? ¿Quién ese dios humano que entregó al mundo más de siete días de luz, oscuridad, tierra, agua, fuego y aire?

Lo veía y lo imaginaba todo; quiero pensar que lo asía y le soplaba existencia.

Si de tigres, me anonada la mirada transparente de uno blanco;

si de espejos, recuerdo a la mujer que los horadaba a su paso;

si de laberintos, mi cabeza;

si de rosas, la de El Principito más que ninguna;

si de ajedrez, Bobby Fischer;

si de jardines, una alfombra verde para caminar descalza;

si de tiempo, ¡ése!, el que tenemos para erigir lo propio.

Pero aquí no traigo al Borges de «El golem», ni al de «El Aleph», ni al de «El espejo de los enigmas», ni al de «La biblioteca de Babel». Traigo, tan sólo, al que me acompaña este atardecer de abril:

«What can I hold you with? […]

I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my heart;

I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat».

De gustos y juicios

—Disculpe, disculpe… perdone…

Una monada que los mexicanos sintamos la necesidad de pedir perdón antes de hacer una pregunta. Sucede en restaurantes, tiendas, mercados, ferias. Así llamamos la atención de alguien.

—¡Oiga, disculpe!

—A sus órdenes.

Mentira.

—¿Me puede decir cuáles son los libros que la han marcado?

Una vez más, se inquiere con recelo, ¿p’a qué sirve el me puede decir? No me viene a la mente la sagrada Biblia y serían patrañas si dijera que ese texto es el número uno en mi existencia. Contesto a bote pronto —por alguna razón recuerdo al señor Peña Nieto— y me concentro en el verbo “marcar”, no “gustar”.

Mi planta de naranja lima (O Meu Pé de Laranja Lima), de José Mauro de Vasconcelos; El Principito (Le Petit Prince), de Saint-Exupéry; El mismo mar de todos los veranos, de Esther Tusquets; El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite, y El mundo, de Juan José Millás.

¡Uf!, queda por leer el universo entero, pero contesté a la pregunta.

—¡Gracias!

Salvé mi pellejo, por ahora no me harán trizas en las redes sociales. Hoy todos podemos opinar, pero esta libertad se presta para denostar y arrasar con lo que nos dé la gana, incluso injustamente. Le acaba de suceder a Idina Menzel. ¡Pobre mujer!, gran voz, profesional, sin playback y con un frío de la retristeza. ¡A darle en las benditas redes, cual punching bag! Pago por ver a cualquier pelado que se pare en Times Square a cantar como Menzel. Se quedaría FROZEN.

Siempre será más difícil vernos a nosotros mismos que señalar al otro, juzgarlo.

En fin, les propongo hacer a un lado el error humano con un extracto de El Principito.

Ça c’est, pour moi, le plus beau et le plus triste paysage du monde. C’est le même paysage que celui de la page précedénte, mais je l’ai dessiné une fois encore pour bien vous le montrer. C’est ici que le petit prince a apparu sur terre, puis disparu. Regardez attentivement ce paysage afin d’être sûrs de le reconnaître, si vous voyagez un jour en Afrique, dans le désert. Et, s’il vous arrive de passer par là, je vous en supplie, ne vous pressez pas, attendez un peu juste sus l’etoile! Si alors un enfant vient à vous, s’il rit, s’il a des cheveux d’or, s’il ne répond pas quand on l’interroge, vous devinerez bien qui il est. Alors soyez gentils! Ne me laissez pas tellement triste: écrivez-moi vite qu’il est revenu…

Le_Petit_Princehttp://www.agirregabiria.net/g/sylvainaitor/principito.pdf

Hasta la próxima.