Septiembre

Minutero y segundero a contrapelo; arena que apenas percibe su paso por el cuello de cristal. A trompicones el día: del amanecer a la puesta de sol en un pestañeo, o tal vez otro suspiro. Trago de agua que pierde el rumbo a la menor distracción. Campanadas que penetran los oídos y se meten el pie a plena luz, con el atardecer, entre nubarrones, chorreando lluvia… y también cuando la oscuridad deglute las formas. 

Como sea, pero atestiguamos con los cinco sentidos, y las emociones y pensamientos y actos de ocho meses completos.

Pablo y Amy en México, bello país que se me desmorona y desdibuja. Un cumpleaños más. Aniversarios 11 y cuatro de madre y padre idos.

Fatídico 18 de abril, cosido a un personaje de mensajes y acciones ambiguos.

Paula y su par de cirugías de rodilla —reviví las dos mías, casi tres décadas atrás—.

Salidas con riesgo medido y plena aceptación de la realidad y sus consecuencias.

Adiós a la negra santidad, al Buick ’46 y a la maravillosa colección de libros mirados, con amor y admiración, uno por uno.

El paso del “Suso”, un tornado herido que tatúa cicatrices en su abrumadora y veloz trayectoria.

Bienvenida la calidez familiar e individual de quienes habitan o habitaron la casona de Nayarit 13, en la Roma.

Cada una de las reuniones en un patio que por ventura dejó de ser mi único refugio.        

Ha bastado con aceptar, desear, asimilar y habitar un espacio, el de mi infancia, en el que privarán los vacíos.

La que escribe, al parecer (con todo y sus luchas internas), entera.

Feliz cumpleaños

Día de emociones: 19 de diciembre, aniversario de la muerte de mi madre; 20 de diciembre, su cumpleaños 79.

Hace unos días le platiqué a mi hermana algo que no sabía (ella, por supuesto). Nos reímos mucho, con dejos de nostalgia y buen humor.

Recuerdo el número de teléfono de mis abuelos desde que era niña. El mismo que tuvo mi madre hasta la tarde en que no regresó de ese último jalón de aire. Como no quise que se evaporara, lo conservé. Si hoy marco de ese número a mi celular, la persona que me llama es, simplemente, «Bola».

Mi mamá, créanme que muy a su pesar, se defendió de los golpes de la vida con un cuerpo extra, con kilos y kilos que exacerbaron su pesadez existencial. Como sea, se acostumbró a que la apodara «Bola».

Subí las escaleras para saludarla:

―¿Qué onda, «Bola», cómo estás?

―Ay, no me digas «Bola», dime «Dolo».

Prefería ser La Dolorosa, otro de sus muchos sobrenombres. Fue una mujer a quien yo vi reír, jugar, bailar, recitar, contar chistes, hacer gestos, tocar las castañuelas… Pero ahí mismo, con ese extra machacándola, cargaba con una capa negra de dolor que solía pegársele a la piel.

El pasado en la tele

Ayer, gracias a que mi papá grabó rollos de película y los convirtió a CD, viajé en el tiempo 47 años y meses, 46, 43 y 42 vueltas al sol…

La mayoría de las personas que desfilaron frente a mí están muertas. Mi baúl se llenó de emociones: nostalgia, asombro, alegría, tristeza, coraje. Aunque prevaleció la saudade: familia que sonreía, madre contenta y juguetona, tíos paternos cercanos, sobre todo Teresa; Pancho y Pepa, férreo vínculo entre mi hermana y yo, viajes, casa de la infancia, Acapulco de los tíos Rafael y Lupe.

Mi papá y yo disfrutamos cada peli con los ojos encharcados. Dos escenas que se prendaron de mí: la boda religiosa de mis progenitores, que de no haber sido por ellos, más parecía un velorio. Mis piernas que colgaban, frágiles y sin forma, en un momento en el que mi padre me tenía cargada. A los dos años me operaron de luxación congénita de cadera.

¡Gracias, a quien corresponde, por recuperar esos momentos de vida y retrotraer piezas del rompecabezas que he armado con sangre, fluido que desde pequeña me advirtió que el trayecto sería sinuoso!

Emociones

Descubrir que siguen ahí: atiborradas en mi cerebro, pegadas a mi piel, amarradas a mi intestino, atoradas en mi corazón, apelmazadas en mi espalda, enmarañadas en mi cuello, nubladas en mis ojos y atontadas en mi cuerpo.

Ennegrecidas con los años.

Y eso… eso… Duele.

emociones

#TecnoAdictos

Tiiin, prrr, bip, diing

Da igual cómo se oiga, el hecho es que suelo vivir al tanto de los sonidos de mi celular; cuando mis tímpanos vibran sé distinguir entre el de un correo, un SMS, un tuit o un mensaje de Whatsapp.

Ridículo, nunca imaginé estar tan pendiente de una cajita —perdón, teléfono inteligente— que además de hacer y recibir llamadas me permite leer, navegar por Internet, adquirir y desaparecer aplicaciones, enterarme de lo que sucede en cualquier parte del mundo, jugar y un largo e inexplorado etcétera.

El meollo es que quiero “bajarle una rayita”, no es natural que dé una respuesta casi inmediata cuando alguien me interpela, como si en el ínter mi actividad principal se redujera a rascarme el ombligo con una pluma de cisne.

pluma

Es patético, porque ¡sí hay adictos a la tecnología! Acabo de ser testigo de una reunión —por lo visto amainan las charlas de café— en la que los cuatro participantes, de distintas edades, “convivían” con sus semejantes mientras usaban su teléfono celular. Entonces, ¿para qué sentarse en la misma mesa?, ¿por qué tomar en cuenta al otro si una fría pantalla les puede ofrecer una experiencia completa?

Yo prefiero mirar y que me miren, intercambiar, crear y rememorar emociones, pasar de las palabras al silencio e incluso tocar: palmeo, sobo, golpeo, acaricio y, en casos de extrema confianza, nalgueo.

Me han dicho que invado el espacio ajeno y he comprobado que es cierto, aunque no resulta incómodo para todos. Me acerco, se alejan, me aproximo, reculan, ataco, se protegen; ¿de qué?, ni idea, pero hoy procuro evitar que un encuentro con «cualquiera» se convierta en una frenética danza circular que enerva a los bailarines.

Cuando viví en el Este de Estados Unidos mi compañera de cuarto me lo advirtió:

Be careful, you are sweet and people might not like it.
—Pero ¿por qué?
Things are different here.
—¿Me estás diciendo que se puede malinterpretar como acoso de una maestra a un alumno? ¿Me van a demandar?
Might be, you never know.
—Ay, Dios. Shit happens.

Tuve cuidado, sólo fui nice & sweet con los chavos que propiciaron el acercamiento. Quizá sintieron que podían acortar la distancia y hasta abrazar a su maestra, una mexicana amigable que con toda intención se atrevió a pedirles que conjugaran el verbo chingar.

—¿Cómo?
—Es regular terminado en ar, chicos, ¡aviéntenselo!

A coro:

Yo chingo, tú chingas, él chinga, nosotros chingamos, ellos chingan.

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Nos reímos con frescura, menos mal que nadie nos oyó porque me hubieran puesto de patitas en la calle.

Mi aventura en Rhode Island habría sido diametralmente opuesta si la fiebre de los celulares y las pantallas se hubiera colado entre ellos y yo, entre el cariño que nace del intercambio de una mirada concienzuda a los ojos de otra persona de carne y hueso, sin sentar a la mesa a intermediarios tecnológicos como Facebook, Skype o FaceTime.

Hasta la próxima.