La foto de la portada del libro Las penas con pan… y gel es harto colorida. Piezas rosa encendido en forma de telera o pambazo captaron su mirada. Azúcar rosada que hacía brillar la charola, y aún más porque sabía que cada pan estaba relleno de queso, el único lácteo imperdible, así de cabra, burra, vaca, oveja, búfala, yak o camella.
Dan ganas de meter la mano en el couché mate para pescar las migajas que quedaron solitarias a un lado, como cuando nos negamos a abandonar un pedacito de alma de cualquier manjar. Grandes espejos de luz para iluminar cada rincón de una de las tantas panaderías de Zacatlán de las Manzanas.
Boquiabiertos, atestiguamos la muelle presencia de almohadas, gusanos, picadas y conchas, pero ninguna forma ni presentación es tan atractiva como los caparazones de las tortugas rosas, quelonios que patearon, manotearon y blindaron sus cabezas dentro de su coraza, con el único propósito de permanecer añejas, separadas del mundo tech, del barullo digital y del frío, aunque cómodo y flexible Kindle, el lector de libros electrónicos de #yasabenquién.
Tigres, espejos, laberintos, rosas, ajedrez, jardines, tiempo: todo cupo en los eternos ojos de Jorge Luis Borges.
¿De dónde la fuerza creadora del escritor ciego? ¿Quién ese dios humano que entregó al mundo más de siete días de luz, oscuridad, tierra, agua, fuego y aire?
Lo veía y lo imaginaba todo; quiero pensar que lo asía y le soplaba existencia.
Si de tigres, me anonada la mirada transparente de uno blanco;
si de espejos, recuerdo a la mujer que los horadaba a su paso;
si de laberintos, mi cabeza;
si de rosas, la de El Principito más que ninguna;
si de ajedrez, Bobby Fischer;
si de jardines, una alfombra verde para caminar descalza;
si de tiempo, ¡ése!, el que tenemos para erigir lo propio.
Pero aquí no traigo al Borges de «El golem», ni al de «El Aleph», ni al de «El espejo de los enigmas», ni al de «La biblioteca de Babel». Traigo, tan sólo, al que me acompaña este atardecer de abril:
«What can I hold you with? […]
I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my heart;
I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat».
Su súper poder desfallecía, como el de Popeye sin espinacas.
Lo probé una y otra vez: en un cubierto, en el teclado de la computadora, en una servilleta: nada. Tenía que reemplazar mi pequeña fuente de diversión: una cajita redonda cuyo contenido espolvoreaba con unas pinzas, de las que se usan para sacar cejas.
Había que hacer el último intento, comprobar científicamente que ya no surtía efecto y que necesitaba una nueva arma secreta. Preparé el terreno —cuarto de baño: escusado—, imaginé a mi víctima —sólo una posibilidad— y luego desaparecí como si nada hubiera sucedido, lingui lilingui.
Como de costumbre, bajé a pelotear —hoy dizque se «pelotean» las ideas— en mi menos de media cancha de básquet donde todas las tardes me entretenía mientras practicaba diversos tiros e ideaba un encontronazo deportivo entre mis jugadores favoritos y los de menor querencia, todos representados por mí.
¿Tarea?, ¡cuál! Primero estaba mi fuga, mi juego, mi competencia interna; la única posibilidad que tenía para escapar del torbellino que desparramaba sillas, burós, espejos, camas, mesas y cuanto objeto transitaba por mi cabeza.
Un grito desesperado. Es el título de un libro, ¿no? Pues algo así me sacó de los tiros de tres puntos, los ganchos, las entradas (dos pasos y arriba porque si no es violación) y autopases de fantasía muy Magic Johnson.
—¡¡¡¡¡F…A!!!!!
Ups. Entré por la cocina, abrí la puerta, acechada por un mal presagio, y antes de empezar a subir las escaleras para postrarme ante el gran Cristo que atormentaba mi niñez:
—¿¿¿¿Qué me echaste????
—¿Por qué?
—¡¡No te hagas!!
—¿Qué te pasa?
—¡¡Me pican horrible las nalgas!!, ¡¡ya hasta me metí a bañar y nada que se me quita!!
Ah, caray. Tuve la ocurrencia de poner el pica pica mortecino, «que no daría ni cosquillas», en la taza del escusado. ¿Había recuperado su potencia al entrar en contacto con la suavísima piel fraternal?
¿Una pera?
—¿¿¿¿¿Qué me echaste????? ¡Qué poca! ¡Mis nalgas, güey!
—Híjole, perdón, quise probar mi pica pica, pero no creí que sirviera.
—¿¿¿Qué??? ¿Cómo se te ocurre ponerlo en el escusado?
—Tienes razón, lo siento. No lo hice a propósito.
—¿¡No!? ¿Entonces para qué lo pones?
—Oye: no te rasques, sólo así se te va a quitar la comezón.
—¡¡Otra más, F…A, ya me tienes harta!!
Padeció y aguantó vara con muchas de mis maldades. Si hubieran visto su cara, percibido su desesperación… La Perrita era un bulto chapeado que iba y venía, mentándomela de ida y vuelta (lo justo), sin saber si acataba mi recomendación de —nou rasquing— o si hundía sus cuidadas uñas en un par de redondeces ultrajadas por pedacitos “inservibles” de fibra de vidrio.