¡A volar!

Después de más de diez años de vivir en “Sasso”, llegó la hora de empacar. Confieso que me da tristeza dejar este espacio; supongo que es un sentimiento natural y humano. Aquí se queda la historia de una década: apacible, sin sobresaltos, caracterizada por la buena vibra entre mis vecinos y yo.

Aquí dejo las últimas dos visitas de mi madre a mi casa. En ambas ocasiones subió cuatro pisos, sobrepeso a cuestas, y llegó echando el bofe, dejando el alma por estar conmigo.

Aquí organicé un par de comelitones para entrarle a la barbacoa y a las carnitas de Los Tres Reyes; por supuesto, no faltaron los mojitos preparados con la pesada mano de R: «mientras más alcohol, mejor, así sabe menos a hierbabuena». Con dos era suficiente para ver la playa y el inmenso mar en lugar del segundo piso del periférico.

mojito

Aquí se quedan mis rehabilitaciones, hechas con absoluta disciplina: de hombro, codo y mano.

Aquí Juan y yo iniciamos una historia que vivirá hasta el final, aunque Juan haya tenido que morir para recorrer mi camino.

Aquí abandono 2009, uno de los peores años de mi vida.

En Sasso se queda el espacio de 75 metros cuadrados que decoré con tanto empeño, labor en la que sobre todo al principio —llegué casi con una mano adelante y otra atrás— participó mi padre.

Aquí permanecen mis secretos, algunos amores, mi “huevito” luminoso, la ilusión que me inoculaba cada visita (breve) de mi hermana, el silencio, el llanto, la música, mis lecturas, mis sueños (literal), el comienzo de un proceso terapéutico repleto de frutos (éste es uno de ellos), la primera semilla que planté, el nacimiento de este blog; en fin, la GRAN, con mayúsculas, complicidad de mi búnker.

búnker

Me llevo lo mejor de este departamento en un cuarto piso al que nunca llegaron peleas, chismes, agravios, ruido ni mala leche.

leche

Y mi casera (en Estados Unidos se le dice Landlady)… Se fortaleció un vínculo estrecho entre dos personas que sólo firmaron un contrato, se llamaron por teléfono entre 10 y 15 veces y se vieron en escasas tres ocasiones. La relación fluyó: una dueña respetuosa que rentó su propiedad a una inquilina obsesivamente cumplida.

Aquí abrazo mi nostalgia, aunque con la mirada puesta en el nuevo comienzo, lleno de retos y responsabilidades. Me voy a un lugar que me esperaba a gritos, a golpe de voces internas, de sorpresas, de sincronía salpicada con mi número favorito: el 3.

A darle, estimados lectores, es tiempo de despelucar mi fortín, es momento de cerrar otro círculo y emprender una nueva aventura. ¡A volar!

A quienes me ayudaron a enaltecer este espacio, a percibirlo como un hogar, ¡gracias!

*Bai de güei:

Cuando hablen eviten usar «lo que es». De repente proliferó, sobre todo en los medios de comunicación (radio), y no tiene sentido: «Se reporta un accidente en lo que es la calle de Patricio Sanz», «el Chapo Guzmán se escapó de lo que es un túnel de 1.5 kilómetros de largo»…

Imagínense que yo dijera: me fui de vacaciones a  lo que es Cancún y visité lo que es Chichén Itzá…

LO QUE ES, ES, EXISTE, PUNTO.

Hasta la próxima.

De perros y Super Bowl

Preludio

Mi madre iba todos los días a su café, un Emir que estaba en la calle de Euler, muy cerca de “El Puerto”, como le decía mi abuela a Liverpool aunque no hubiera una sola embarcación, ni cargas, ni agua.

Liverpool

Su Emir era “de a peso”, sobre todo si lo comparamos con los estarbuk, cielitos y puntas celestes donde hincan el diente so pretexto de la atmósfera, la permanencia voluntaria y los #lechesjarabesyshots que encarecen el producto a cambio de una ficción de caché y estatus.
—¿Me recuerdas tu nombre?
—Mejor te lo digo, porque es la primera vez que me paro aquí y no creo que lo recuerdes.

Microescenas

Vuelta al pasado, con mi progenitora, en un estarbuk:
—¿Ya viste, mi amor?, ¡un Cocker spaniel gigante!
Solté la carcajada.
—Madre, no es un Cocker spaniel gigante, es un Golden retriever.
Me burlé de lo lindo y hoy descubrí que las dos razas son spaniel, es decir, de caza.

Back to the Future, diálogo imaginario y factible, siempre y cuando el personaje hubiera sido mi mamá:
—Má, hoy es el Super Tazón.
—¿El súper qué?, ¿qué tazón?, ¿de café?

Pasado y presente

Me gustaba hacer deporte, en ese entonces era lo único que me permitía escapar de una niebla pertinaz que se había convertido en mi sombra: natación, basquetbol, voleibol, frontenis, squash, patinaje. Mi hermana se inclinaba hacia la vida apacible, bucólica y sedentaria. En la casa se daban diálogos como éste:
—Oye, ¿juegas basket conmigo?
—Ay, no.
—Porfa.
—No quiero, a mí no me gusta.
—Ándale, y te invito un sushi…
—Mmh, ta bien, pero un ratito, ¿eh?
Nótese, Perrita sobornable e interesada.

Yo no hacía tareas, llegaba de la escuela y de inmediato salía a mi tabla de salvación, una cancha de baloncesto de buen tamaño que mi padre me mandó hacer.

Ahora intento penetrar en esa cabeza paterna que logró ponerse en mis tenis: si a esta niña lo único que la saca de la obsesión es moverse, correr y brincar, quiero que algo le dé un poco de paz. Gracias a eso me pasaron de largo las drogas y el alcohol, sólo de vez en cuando maquinaba el suicidio.

tenis

Tiraba a la canasta incansablemente y desde todas las distancias. Estoy segura de que por eso llegué a destacar como jugadora, a competir en el equipo de la prepa y después en el de la universidad. Lo hice hasta que nos enfrentaron con los monstruitos de la Escuela Superior de Educación Física, mujeres rudas que se desempeñaban infinitamente mejor y que infundían pavor con la mirada. Ciao ciao, a otra cosa mariposa.

Fíjense que el deporte llegó a ser el tema ideal para tratar con el esposo de mi hermana, hablábamos de futbol americano, de basquetbol y un poco menos de béisbol. Confieso que llegué a ver el Monday Night Football y que rara vez me perdía los partidos de los Celtics y los Lakers.

Seguía a jugadores brillantes a quienes menciono según mis recuerdos y en absoluto desorden: Larry Bird, el rey de los tiros de tres puntos, Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar, Marcus Allen, Dan Marino, Scottie Pippen, Kevin McHale, John Riggins, Julius Erving, Clyde Drexler y por supuesto al gran Michael Jordan.

El primero que tuve era de los Lakers, morado y amarillo
El primero que tuve era de los Lakers, morado y amarillo

Hoy nada más veo el tenis, sobre todo si juegan Federer, Sharapova, Djokovic y Williams, estos últimos campeones del Abierto de Australia. ¡Les cayó una lana, señores y señoras!

En fin, cuéntoles que la Perri casóse, volvióse ciudadana estadunidense y enfundóse el atuendo completo de los Broncos de Denver, ¡lo que nunca! Incluye chamarra, cachucha, playera e ignoro si también ropa interior.
—Ja ja ja, ¿qué te pasa, güey, desde cuando te gusta el Americano?
Obviamente lo hace por mi cuñado, acérrimo fan, y por mi sobrino.
—Ay, hija, a mí me da igual, pero qué quieres, aquí es parte de la “cultura”.
—¿Cultura? ¡Quién iba a decirlo, tú viendo el futbol americano y soplándote los partidos del Día de Acción de Gracias!

Creo que no incluye las variantes
Creo que no incluye las variantes

Canecilla inteligente, ahora aprovecha el fanatismo de sus allegados para organizar comidas, echar chorcha, beberse algunas copas de vino y darle la vuelta al Super Bowl, que según dicen es el “evento” más visto del año, no sólo por el abanico estratégico del juego sino por el espectáculo del medio tiempo, en el que robarán cámara doña Katy Perry y Mr. Lenny Kravitz.

Cuentan que en 2014 el Tazón superó los 112.2 millones de espectadores en Estados Unidos. Ay, güey, ¿en dónde más se paralizarán las actividades por «la gran fiesta del deporte norteamericano»? Este año un anuncio de 30 segundos cuesta 4.5 millones de dólares (repito, ¡ay, güey!)

http://www.latercera.com/noticia/deportes/2015/01/656-614826-9-el-lado-comercial-del-evento-mas-visto-del-ano-en-norteamerica.shtml

Yo digo que me da igual, pero miento. Quiero que ganen los Patriotas, por la simple y sencilla razón de que viví un año y medio en Rhode Island.

Bai de güey, el sedentarismo de la Perrita menor pasó al pretérito. He aquí el diálogo de moda, que excluye su arcaica bicicleta  estacionaria:

—¿Así que ahora le pegas al yoga caliente?

—Ay, sí, ¡me encanta!

—¿Por caliente?

—No, teta, porque hago una hora y media de ejercicio y sudo un chorro.

—¿Y hueles a chivo, como en nuestro viaje a Turquía?

—Ay qué poca, deberías probarlo.

And Doggy became a Sporty

¡A pegarle a los Halcones!
¡A pegarle a los Halcones!

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Una buena bailada

Teníamos que cruzar la calle para llegar al Restaurante Hamdi. El señor Arpacı llegó a Estambul en los años sesenta y vendía kebaps en un puesto callejero cercano al Bazar de las Especias.

Bazar_especias

Tuvo tanto éxito que se hizo de un edificio con vista a la Ciudad Vieja, al Puente Gálata y al Cuerno de Oro, un estuario a la entrada del estrecho del Bósforo.

¡Imperdible!
¡Imperdible!

http://hamdi.com.tr/

—Ahí vamos a comer, es el lugar que nos recomendó Hatice.

Después constaté que ya lo había señalado en mi guía.

—Órale, hace hambre.

La ciudad bullía.

—Vente por acá, hay que seguir a la gente.

Ahí estábamos, un par de turistas operadas de los ojos, haciendo su mayor esfuerzo por compartir mañas para ver un poco mejor. Una, moradora de Estados Unidos, acostumbrada a la civilidad y al primerísimo lugar que se les concede a los peatones, incluso cuando chanclean con sus flip flops. La otra, mexican curious, poco caminadora del Defe, pero hecha al gran desmadre, a la falta de respeto, a la abominable carencia de comedimiento y buen modo, con sus loables excepciones.

Se los confieso, es probable que la hermana gringa, después de vivir cerca de 18 años en el país de las barras y las estrellas, pensara que los automovilistas harían lo mismo en Estambul que en California.

—Vamos a buscar un semáforo, hija, esto es una locura.

—Ay, sí.

Nos camuflamos entre el gentío —hombres guapos, mujeres con velo, cargadores, comerciantes— y miramos fijamente al semáforo. Esperábamos a que se pusiera el muñequito verde para bajar de la banqueta. Imagino que la ciudadana estadunidense estaba nerviosa, con un lente intraocular al gato y un ojo al garabato.

De repente…

—¿¿¡¡Adónde vas, güey!!?

La vi bailar a media calle y girar aterrorizada sobre su propio eje. En el ínter, cuestión de segundos, la coleta le daba tumbos y sus botas cafés pulían el asfalto turco.

—¡Me destanteaste, hija!

—A mí no me eches la culpa, güey, ¡yo ni me moví! ¿Por qué fregados te lanzas atrás de ese cuate? ¡Seguía puesto el monito rojo!

Del otro lado, pasados susto y enojo, procedí a imitarla.

—Ja ja ja, ¿neta? Qué oso.

— Ja ja ja…

—No te burles.

—Ja ja ja…

—Ya, ¿no?

—¡Pues ríete, estuvo de lujo!

Las Perritas se carcajeaban en la acera de enfrente. Imitación, risa, escarnio, risa, burla, más risa.

De premio de consolación un paisaje sublime (mi foto es mala), mezes para picar, köfte (albóndigas), kebap, lahmacun (pizza estilo árabe), vino tinto y baklava.

Desde el restaurante Hamdi y hacia el Bósforo
Desde el restaurante Hamdi, ferry-boats listos para navegar el Bósforo
Lahmacun
Lahmacun

Más tarde la burra al trigo… Después de caminar por el Puente Gálata y de gozar de un atardecer enmarcado por Mezquitas, mi hermana fue a estamparse, a pesar de mi advertencia, con un uniformado de muy buen ver.

—Estoy segura, hija, nunca entenderá por qué una mujer lo arrolló con tal vehemencia si el mono no parpadeaba, la calle estaba tranquila y los coches inmóviles.

—Ay, ya ni me digas, ¡otro oso!

—¡Osazo!

Carcajadas.

T i l l        n e x t.