Una tarde cualquiera

Miranda estaba en su depa. Sentía frío. Iban a dar las seis de la tarde y se cansó de estar encerrada. Había recorrido paredes y espacios para hacerse una idea de qué lugar ocuparían los soldaditos de plomo, los coches y motos de la colección —ingleses (Corgi), italianos (RIO), españoles (Pilen) —, los ratones ojirrojos gris y blanco, las tankas tibetanas y el gallo de Chucho Reyes, entre otros objetos.

Pensó en salir a caminar. Ahí cerquita, al parque Pombo, para dar un rol y mirar el mercado de San Pedro de los Pinos, ahora remozado: aspecto uniforme, mejores pisos e iluminación, locatarios con idénticos letreros estilo “plata” y letras mayúsculas; en fin, predominio de rombos y cuadros azules y blancos. Adiós a la pintura que pegaba directo en el estómago con ese azul donde nadaban pulpos, peces, plantas acuáticas (¿será?)… Servía como pa’ apapachar la tripa con unos mariscos de La fuente de la juventud.     

Cierto que se ve más mono y arregladito, pero para su gusto le quitaron el aire de barrio y harto de colorido, porque cada puestero se daba a conocer como le venía en gana; las cartulinas de distintos tamaños y colores, la letra manuscrita de los marchantes y la imagen fresca —aún no sobada por las marcas publicitarias—, le daban un sabor original, diverso y atractivo.   

Miranda esperó unos minutos para salir a caminar, acompañada. Cuando la gente no es puntual —hay niveles, claro— y fluye con el tiempo como si no existiera, se arrecha, aunque por fortuna no fue el caso.

Iniciaron la marcha del lado de la acera izquierda, así que pasaron por la carnicería, la pollería, la peluquería, la hamburguesería, la tortillería y la birriería. La tintorería de Edgar desapareció en algún punto de la crisis covid.  

Solemos dar varias vueltas al parque. Por lo general encontramos niños y perros. Miranda carga con su fuero interno y evita ser tocada, rozada u olisqueada. En caso de no haber manera de quitarse, nomás saca su gel.

Con todo y que empezó a sonochar, se percató, con las antenas de toda una vida, de que el suelo, además de algunas porquerías cotidianas, albergaba un cubrebocas negro usado y, dos pasos más adelante, un pedazo de excremento bien embarrado en el piso. Detectados estaban, así que, simple y llanamente, dijo:

—Cuidado con la caca.

Trini asintió.

A partir de ese descubrimiento, Miranda caminaba tranquila por tres lados del cuadrado Pombo. Cuando llegaban al cuarto, el que está frente a la panadería, no podía evitar mirar de reojo —llevaba sus lentes de contacto— con el fin de “cachar” a Trini o a Karen con las patas en la mierda.

Fuera de eso, saldo blanco.  

Una delicia

Voy a equis restaurante cuando sé que vale la pena. La experiencia tiene que envolver mis sentidos. Si el servicio es aceptable —ni muy muy ni tan tan—, si los sabores cortejan mis papilas gustativas, si un platillo vale lo que pago, ¡adelante con los faroles! Eso sí, nada de minucias ni probaditas al estilo nouvelle cuisine, aunque la presentación sea de otro mundo.

nouvelle cuisine
Minucia

No tengo las tablas de Marco Beteta, quien lleva años y feliz estómago cocinando este negocio, ni pretendo dármelas de foodie —leo que el término, hoy de moda, fue acuñado en 1984 por Paul Levy, Ann Barr y Mat Sloan para referirse a “una clase particular de aficionados a la comida y a la bebida”. Lo dieron a conocer en su libro The Official Foodie Handbook. (Eso de «particular» me suena a clasificación botánica o animal, ¿no?)

Simplemente opino con conocimiento de tragona y con la sabiduría de un ser mortal que ama comer. Además, no me guío por modas, más bien por antojos, recomendaciones de boca en boca, encuentros fortuitos, invitaciones, y a veces por opiniones gastronómicas que me encuentro en revistas como Chilango o Dónde ir, y en periódicos como Reforma, sección Buena mesa, vía la escurridiza Cony Delantal.

Los lugares más nice no son para mí, basta con que mi paladar y mi olfato sabuesero en busca de un buen plato se den por bien servidos. Pongo como ejemplo El Cardenal, restaurante que fundaron Oliva Garizurieta y Jesús Briz en 1969. Ahí festejamos el cumpleaños de mi papá el 31 de mayo pasado.

universidad
El primer Cardenal se alojó en el edificio de la Real y Pontificia Universidad de México 

Fuimos al de Avenida de la Paz, hasta ahora la sucursal más nueva. Confíen en que lo que pidan está rico. El festejado le entró a una sopa de fideos con frijol y al cerdo con verdolagas; los disfrutó, pero estoy segura de que en lo más profundo de su corazón envidió mis carnitas al estilo Jalisco, platillo que pedí con escasos tres pedazos de maciza y el resto de puros cueritos. ¡Qué delicia! No se imaginan cuánto ni cómo los saboreé: tengo la consigna de volver pronto para zamparme otros.

Llegado el postre, mi progenitor le hincó el diente a unos plátanos con helado de vainilla, y yo a un panqué de elote calentito, acompañado de un plato de nata para chuparse los dedos.

El Cardenal es uno de esos restaurantes garantía. Me encanta comer en lugares en los que sé que no hay dos o tres especialidades, sino una carta repleta de sabores que invitan a regresar.

A ver qué ceno…

 

Oinc oinc

En estricto sentido, éste podría ser el retrato de quien escribe este blog:

smart_pig

Razones estéticas y de salud promueven que no me abandone al placer de la gula, además juega a mi favor el hecho de que me gusta hacer ejercicio. Por cierto, coincido con José Fuentes Mares en que la gula no es un pecado, así que permanezcamos en santa paz.

Lo que les voy a confesar lo asocio más con mi época de preparatoriana, en buena medida porque SANA MENTE decidí que el mecanismo de defensa para evitar el contacto con el dolor sería enloquecer entre pelotas de basquetbol, ruedas de patines, llantas de bicicleta, raquetas, brazadas…

Las raquetas fueron utilísimas para golpear una pelota con todas mis fuerzas y liberar algo del coraje y la angustia que llevaba cosidos a mi piel. En fin, lo dicho lleva cuerda para otro retazo.

He aquí la confesión: me acuesto pensando en lo que voy a desayunar, durante la mañana alimento expectativas respecto a lo que voy a comer y conforme cae la noche pienso en lo que más se me antoja para cenar.

La comida nocturna es la que más disfruto, la que prende la chispa de una pasarela cerebral por la que desfilan quesadillas, tacos, carne de cerdo como la que guisa doña P (¡cueritos!), sobras benditas que a fuerza de tiempo agarran sabor… Aunque mi debilidad se dice queso, queso y muuchoooo queso.

Cheese

¡Díganme que no se les antoja! Conozco a una persona que sí peca, peca porque odia el queso en todas sus presentaciones. ¡Necia de mí, sigo ofreciéndole el manjar sabiendo que la única respuesta posible es un rotundo NO! ¿Por qué me niego a aceptar la idea de que exista un ente sobre esta Tierra que deteste el queso? Porque eso sí es un crimen.

El hecho es que amo comer, adoro conocer nuevos restaurantes y platillos, me encandila el nimio esfuerzo mental con el que perfilo molito, frijol con puerco, pollo Kung Pao, filete a la pimienta negra, fideo seco al chipotle, fetuccini Alfredo, guacamole, chiles en nogada, crema de tomate, pan recién horneado, chilaquiles o pizza 25 quesos…

La lista es interminable, pero el estómago y la piel humanos se expanden en proporción directa a la cantidad de fruta que le echemos a la piñata, ¡qué desilusión!

pinata

Estoy cierta de que si me encontrara al genio de la lámpara maravillosa y me concediera un deseo le pediría, sin titubear, satisfacer todos mis antojos gastronómicos y verme siempre como sílfide, es decir, tragar como cerdo y conservar la forma de espíritu aéreo.

Nanai, esa gente es poquísima y seguramente la escogieron a puro «dedazo» en el Paraíso terrenal. Ante tan infausto comportamiento solo me queda infundirles la certeza (me conviene) de que comer no es asunto de confesionario.

Ya lo decía Fuentes Mares:

“Las exigencias del nuevo paladar, acicateado por la gula, hinchó velas y templó voluntades, gobernó timones y enfiló proas hacia tierras exóticas de cortezas perfumadas, de minúsculas semillas que consumaban el milagro de que la mesa de un burgués pudiera ser tan suculenta como la de un rey”.

Así las cosas.