Críptico y de la nada

Es que era un géminis ―lo dijo tantas veces. En lo blanco había ternura, amor, comprensión, apapachos, cercanía. Cuando daba un paso hacia el abismo se ponía negro. En términos hipocráticos, se veía atenazado por la bilis amarilla. De ese lado era arisco, duro, sarcástico, violento, cruel, sádico. Y lastimaba, roía la carne, rascaba la herida, salaba los lagrimales y podía imprimir cardenales. Después, ¡pobre!, se había equivocado. Era capaz de hincarse y de llorar desde el fondo de su mar. Un día negué el perdón. Proa y popa, norte y sur, frío y caliente, humilde y soberbio, luz y sombra. Y sin embargo, eterno: el del camellón, el de los tres manazos, el de las rosas robadas, el de los juegos prohibidos, el hombre generoso y honesto; el compañero: mi compañero. Presencia perenne. Niño curioso. Viejo juguetón e incólume. Testarudo. Gigante posible, el único sapiens sapiens del género masculino. Fiel amigo. Mi termómetro. La niña de sus ojos: Voz, voz, voz, voz… hasta el fin. 

Cambio

En segundos, en minutos, hora tras hora, sin pedir permiso ni dar explicaciones; porque se le da la gana, porque exuda poderío, porque brama, crece, moja, alumbra, se cuela por rincones insospechados, bufa, seca, esconde, adormece, tiembla, enfría, roe.

De ramas ralas a exuberante verdor; de hojas cítricas a naranjas a punto de dar a luz; del sol quemante a la lluvia fresca que rebota en la piel; de un paisaje definido y límpido a una nube chocarrera que desaparece la imponente Ventana; del terregal amarillento a la multiplicidad de entrometidos verdes; de las líneas eléctricas irregulares que prenden el cielo al rugido potente del suspiro de Aquel.

Ahí la grandeza, la majestuosidad, el eterno juego que nos prueba que somos piezas ―alfiles, peones, torres, caballos, e incluso reyes y reinas―… liliputienses.