Hablemos de salud… mental

No sólo un mes. Mayo, octubre, febrero, diciembre —o sea, el año entero—, debería dedicarse a la concienciación sobre la salud mental. En la página del Hospital McLean, el mayor centro psiquiátrico de la Facultad de Medicina de Harvard, leo: “Lets Face It, No One Wants To Talk About Mental Health”.

Mil veces, ¿¡por qué!? ¿Los trastornos mentales siguen siendo tabú? ¿Aún embetunamos el dolor frío y profundo? ¡Sí! En la tercera década del siglo XXI los seguimos tratando en voz baja, subrepticiamente y con cuchicheos. Se hace todo lo posible por ocultarlos, por ponerles un velo y abandonarlos en un cuarto oscuro.

Si, por casualidad, al no hallar salida, se cuelan hacia la luz, el psiquiatra y los chochos se refunden en un cajón, son un secreto que vocifera, se tapan con una sábana suave y límpida. La depresión cava en las tinieblas; tapa el aliento de cualquier resquicio; abre los ojos de un amenazante amanecer; hace añicos el deseo, destroza la potencia y ahoga la capacidad pulmonar del mejor nadador.     

Siendo adolescente expresaba, con desparpajo, que iba a terapia. Acto seguido, la pregunta-afirmación-pseudoamuleto: “¡¿pero si no estás loca?!”. ¿Vale la pena torturarnos y penetrar en una montaña rusa por el miedo y la vergüenza? Terror a ser “diferentes”, a no habitar el mundo de los “normales” —¿existe tal cosa?—, a ser juzgados, rechazados, discriminados, estigmatizados.

La mente tiene y ha tenido altibajos desde siempre, en todos los continentes, en los pueblos más remotos, en los países más prósperos y en los parajes más recónditos. Nadie se escapa, como con la muerte. Yo no he tenido que ir muy lejos: ha tiempo que nos codeamos con el suicidio, el trastorno bipolar, la ansiedad, la esquizofrenia, el trastorno obsesivo compulsivo, paranoia, depresión mayor…  

Me cuesta entender que las fallas del cuerpo sean vistas de manera natural. Así pase en escasos segundos o se vaya incubando, las personas no esconden su derrame cerebral, diabetes, infarto, cáncer, covid 19, intestino irritable ni artritis reumatoide. Constituye un hecho innegable al que se le planta cara.

Al cerebro, que controla todo, no le damos permiso de enfermarse, poncharse ni debilitarse: salvo, claro, cuando es tan patente como el Alzheimer o la demencia senil. ¡Sorpresa!, una mente no negocia ni llega a acuerdos que aligeren la carga. Estamos expuestos a desequilibrios químicos, al asedio hormonal, a nuestros genes, historia familiar y experiencias de vida.

Es sintomático que, en el ámbito laboral, cuando nos reportamos enfermos, nunca se esgriman argumentos como: “hoy desperté con ansiedad y no soy capaz de manejar”; “nos vemos mañana, siento tristeza y quiero llorar”; «ayer me dio un ataque de pánico y quedé fuera de combate»; “tuve pensamientos obsesivos y no dormí en toda la noche”. 

Ay, pobrecitos, ¡qué tristeza! ¡Qué terrible para la familia! ¡Nada! Abrirse y enfrentarlo: el miedo a los ojos, sin que reviente como cohete de Noche Mexicana. Es verdad que la conciencia duele, pero no duele más que pender de un hilo que nos ahorca ante la incertidumbre de si seguiremos conectados a lo que conocemos (etapa más crítica y dolorosa) o, sin atestiguarlo siquiera, habitaremos la nebulosa de una mente abandonada a dios sabe qué suerte: nos habremos ido o pellizcaremos los caireles de un espacio cerrado a cualquier incursión humana.     

Día de sentimientos encontrados, de mezcolanza emocional, de llanto, alivio, y sólo una ida con el cargamento religioso en F38, antes Nefanda (NFD).

Salen por la puerta principal el Cristo de gran formato —cuando niña subía las escaleras a toda velocidad para escabullírmele—, pintado con maestría por Juan de Miranda, a quien se atribuye el primer retrato conocido de Sor Juana Inés de la Cruz. Con él se retiran, y hasta cierto punto se jubilan, la presentadora de Jesús en el templo —o sea, la mismísima Virgen—; San Pablo, el tocayo que durante años atestiguó ires y venires de arriba abajo, además de atisbar, calladito, las efigies de los integrantes de la familia: Toto, Muc, Vicky, Morsa y la Pulga; Santo Tomás de Aquino y San Ignacio de Loyola, cuates de pared, a tono con la vorágine de la virtualidad; otras dos vírgenes, una al pie de la cruz y Nuestra Señora del Refugio —leo que fue abogada, auxiliadora y mediadora ante Jesucristo—: túnica rosa, manto azul, el Niño sobre su regazo, ambos con graciosa corona    

A nueva morada llegarán, esperanzados por ocupar un hueco, la Sagrada Familia; joven dama pintada por un tal Fortino Morales; un baúl ataviado con rojo cuero, y otro cristo, éste fragmentado (suerte que no le tocó alentar en estos tiempos, pues sus partes hubieran sido halladas en una bolsa mediana de basura), talla directa en marfil, sangrante, negros barba y pelo. San Espiridión también queda en libertad, atrinchilado por Kostas Petrarkis en tamañito 15.8 x 11.8 centímetros.

Adiós al arte sacro y a parte de la «tenebrosa» historia de esta casa de mi infancia. Amigas hubo dispuestas a ponerse de hinojos con tal de no recorrer la oscuridad de la sala, pletórica de santas miradas. El 25 de mayo me acerca al vacío más duro; el muy aparatoso es el del cristo crucificado que cerró nuestro círculo con un rayo de luz en el centro de un apacible semblante coronado de espinas.

Antes, lo vi. Mirar, lo que se dice observar, apenas ayer y hoy: frente a frente, sin prisa, con nostalgia, agradecimiento y veneración.      

¿Y si hablaran?

Se fue, redonda y garigoleada. Raro hueco el que dejaron sus pesadas patas en el centro. ¿Qué vio durante más de medio siglo? Si no hubiera estado condenada al silencio, ¿qué secretos y no tan secretos habría revelado? De entrada, su entrada: ¿cuándo llegó?, ¿de dónde vino?, ¿comprada, donada, heredada?

Si golosa, se le deben haber antojado los variopintos aperitivos que alojó; aunque, por lo general, los últimos años se redujeron a “bolitas con hueso” —aceitunas— y palmitos. En otras épocas desfilaron viandas con caché, como quesos, mousses, patés y carnes frías.     

También hizo las veces de banquillo de bebidas, espirituosas y no tanto, servidas con mano de hierro —“más mea un gato”, decía—, léanse whisky, vodka, ron, cognac y vino. Pasaron lista los París de noche, Chartreuse verte, Campari, jerez y oporto. El pulque llegó a sentarse en su redondez, igual que contadas copas de Vega Sicilia: «magnánimo» ex gobernador del Banxico…

Mullida y con las palmas de las manos abiertas abrazó al Niño Jesús, entre dos velas rojas, para celebrar la Navidad. Fue mientras duró la familia, que rezaba al pie de la mesa pasada la media noche. 

En asuntos menos píos, la madera se hizo cómplice del cosquilleo de adolescencias y primeras juventudes: flirteos, manitas sudadas, abrazos, apapachos, masajes (muy socorridos) y besos, desde sutiles “picoretes” —pasando por largos, cortos, desganados, de reconciliación, amables, robados— hasta el candente french, rayano en el otrora “faje”.

Testigo fue de las frecuentes modificaciones espaciales que sufrieron o gozaron, de acuerdo con el lugar asignado, cuadros —bodegones, arte sacro, autorretratos, cristos, vírgenes (dolorosas y con semblante menos apesadumbrado)— platones y platos, botellas y vajillas, jarrones, lámparas, plata y harta chingaderita.      

¿Qué nos dirían los objetos si pudieran hablar? ¿Qué, si se manifestaran con pancartas? Hay varios que a lo largo del tiempo comunican más que algunos terrícolas que ahogan voces internas, íntimas, solitarias, suyas.

Quede tal hábito pa’ la siguiente vuelta…

Peripecia irapuatense

Mi papá y yo la emprendimos a Irapuato para visitar a unos parientes: don Pepe y doña Sofía, 94 y 88 años, respectivamente. La ciudad, horrenda ―no se salva ni el Centro, con su «plaza» desangelada, cero mesitas para disfrutar de un café y rostros malencarados; el hotel, raro. De la cadena Best Western International, encuentro en Wikipedia que fue fundado en 1946 por un tal M. K. Guertin, entrada que me lleva a un anuncio: «Esta página no se ha creado aún» (por si les interesa).

Cuando por fin dimos con el estacionamiento y subimos las escaleras, nos topamos con un espacio desierto, de cariz fantasmal. Ambos volteamos a un lado y a otro con cierta inquietud: ¿y la recepción?, ¿y la gente? Caminamos por el larguísimo pasillo-patio con la esperanza de encontrar vida. La hallamos. Ojos con caras que nos veían como si fuéramos dos personajes de Alicia en el país de las maravillas desterrados por Lewis Carroll. Ella pelaba los ojos: «Lázaro, ¿eres tú?». Él, Jesús ―mi papá comentó, como si yo no me hubiera percatado, que «era gay»―, hacía su mejor esfuerzo por conseguir una habitación poco ruidosa, y otro Él nos anunciaba, en tono jocosón, que el desayuno estaba incluido: era buffet.

Como esa tarde los tíos no nos fumaron ―pasaron algunas cosas que nos hicieron temer que estaban al borde del pulvis es et in pulverum reverteris―, decidimos comer en el restaurante Jardín. Igual que el cuarto, estaba como boca de lobo, aunque no tanto como la tienda de souvenirs, cerrada a piedra y lodo porque la dueña «andaba de viaje».

―¿Y ‘ora qué?

Como perros sin dueño ―pensamos que la familia nos movería el rabito desde el primer día―, bajamos a las catacumbas y nos encaminamos a La casa de las fresas. De regreso ya no había lugar en los subterráneos, por lo que dejamos el coche en un estacionamiento «al aire libre». Vimos un alma lectora y subimos la compra a la habitación.

Nada de quedarnos encerrados en una pieza ―así decían las abuelas― vieja, descuidada y en tinieblas. De regreso al patio, y mi papá saboreándose su puro. Nos comunicamos con mi hermana. Él le contó que estábamos en la morgue: las pocas almas que había aparecían y desaparecían sin decir agua va.

¿En qué consistía el «Plus» que calificaba a las palabras Best Western? ¿A los cables con foquitos que colgaban encima del patio? ¿A Alejandro, una especie de aparición que desde una esquina remota tocaba el órgano para las poquísimas ánimas que nos congregábamos? ¿A la alberca, el elevador, el aire acondicionado y la caja fuerte? ¿Al poco potente Wi-Fi? ¿A don Juan, quien nos atendió, solícito y cariñoso, durante las tardes muertas de Irapuato? ¿A las macetas con plantas que le daban un toque verde al inhóspito pasillo?

Mi papá comentaba:

―En su tiempo, este ha de haber sido un buen hotel.

Yo pensaba: «¡En su tiempo…!». Y miraba la alfombra ―nunca puse mis patitas encueradas sobre tan añejo tejido―, que tenía un pedazo recortado y superpuesto que me ponía los pelos de punta, igual que las sillas de tela llenas de manchas. Menos mal que las sábanas de las camas olían a limpio…

A nuestro regreso a la CDMX ―prepárense, porque este extraño número romano cien quinientos mil diez va a desaparecer― vimos varias veces un letrero que decía: «Maneje con precaución, su familia lo espera». Mi padre, con el humor que lo caracteriza, lanzó la sentencia: «La familia viene aquí». Carcajadas…

El pasado en la tele

Ayer, gracias a que mi papá grabó rollos de película y los convirtió a CD, viajé en el tiempo 47 años y meses, 46, 43 y 42 vueltas al sol…

La mayoría de las personas que desfilaron frente a mí están muertas. Mi baúl se llenó de emociones: nostalgia, asombro, alegría, tristeza, coraje. Aunque prevaleció la saudade: familia que sonreía, madre contenta y juguetona, tíos paternos cercanos, sobre todo Teresa; Pancho y Pepa, férreo vínculo entre mi hermana y yo, viajes, casa de la infancia, Acapulco de los tíos Rafael y Lupe.

Mi papá y yo disfrutamos cada peli con los ojos encharcados. Dos escenas que se prendaron de mí: la boda religiosa de mis progenitores, que de no haber sido por ellos, más parecía un velorio. Mis piernas que colgaban, frágiles y sin forma, en un momento en el que mi padre me tenía cargada. A los dos años me operaron de luxación congénita de cadera.

¡Gracias, a quien corresponde, por recuperar esos momentos de vida y retrotraer piezas del rompecabezas que he armado con sangre, fluido que desde pequeña me advirtió que el trayecto sería sinuoso!

Twinkle, Twinkle, Little Star

—Ay, porfa, ha de ser otra súper jalada como el secreto, tú puedes sanar tu vida, la ley de la atracción, vive el hoy… como si fuera tan fácil. Me cae que si hubiera descubierto la cura mágica ya no estaría en la divina terapia.

Secreto

Bert Hellinger y sus Familienaufstellung; cada vez era más frecuente toparme con personas que me hablaban de las constelaciones familiares.

—What the f? ¿Qué es eso?

Las historias que me han narrado son impresionantes, vívidas, reales. Es un hecho que en ese espacio sucede algo y que ese algo mueve; es inesperado, no sigue un plan maestro: brota como un géiser que salpica y se expande por dentro.

 “No quería llorar, pero no hubo forma de evitarlo”, “me dieron náuseas”, “me dominó el impulso de salirme, de huir”; “ese desconocido hizo exactamente lo que hace mi papá”, “sólo sentí angustia”…

—Ah, caray, ¿neta?

¿Y si me lanzo? ¿Funcionará como complemento de mi proceso terapéutico?¿Saldrá a la luz, de manera más explícita, lo que está soterrado en mi pantano?¿Descubriré algo más sobre mi familia?, ¿mi dolor, se clavará con el mismo aguijón?

“Chidas las constelaciones”.

constelaciones

http://wiravaslp.blogspot.com

Me hago pato porque no quiero que el firmamento se me caiga encima; además, como cualquier método terapéutico en el que uno decida embarrarse, habría que evitar a los consteladores charlatanes.

Mejor me hago güey. Aunque sí quiero. Puede servir. No pierdo nada. La vida sólo se vive una vez. Tengo miedo. ¿Qué me tocará hacer? ¿Qué tal si soy la mamá y me da un ataque? ¿Será actuación? ¿Quiénes saben lo que va a pasar?

—Ten por seguro que si vas es porque te toca, porque hay algo que trabajar.

Me atreví, pronto voy a constelar. Sería fenomenal que un bonche de estrellas escupieran su luz en cada recoveco de mi piel. Prefiero eso que pararme en no sé qué esquina y valerme de luz artificial —la del celular o una linterna— para “iluminar” vallahumanescamente el camino de Francisco, quien no hará más que “envallar” la realidad violenta, sucia y caótica de la Ciudad de México y su Cartita Magna.

estrellas

Hasta pronto.

Llantas de ayer y hoy

¿Recuerdan las cámaras de llanta que algunas personas usaban para flotar cuando chacualeaban en el mar?

"Es lo que hay"
«Es lo que hay»

Nada parecido a las donas decoradas, a las camas flotantes y a la bola de cosas que se han inventado para el entretenimiento acuático.

A gusto...
A gusto…

Sobre todo conservo esos recuerdos de las veces en que nos zambullimos en aguas decididas a no transparentar sus secretos, como las de Veracruz o Acapulco, donde lo velado se descubría con los pies y las manos, en el mágico instante en que uno decidía sumergirse y tocar el fondo.

Ahí estaban, integrantes de una familia feliz y numerosa, fascinados con un pedazo de caucho al que podía sentírsele el pivote, agarrados hasta con los dientes para evitar hundirse y tragar más de medio litro de agua salada.

drowning

De manera coloquial, sobre todo en América, una llanta es un pliegue de gordura que se forma en alguna parte del cuerpo. Y no crean, ¡en inglés tienen su equivalente, son las llamadas love holders, que en español vendrían a ser “agarraderas del amor” (¿o quizá de la lujuria?). Dioses, imagino la escena y me parece un tanto draconiana, ¿no?

El chiste es que los redondeles de caucho vienen a cuento por vil asimilación; conforme van pasando los años se afloja la piel y se adhiere como parásito a la barriga de los terrícolas.

Hace unos días fue cumpleaños de una amiga que ya rebasa el “tostonazo”. He aquí nuestro diálogo:

—Ya no tengo panza.

—Ay, güey, claro que tienes, bajar de peso no hace que la llanta desaparezca.

—¿Entonces me dirán “la niña de la panza”?

Yo discreta y sin revirar…

—No, más bien “la ruca de la llanta”.

—Ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja…

—¡Sabía que lo estabas pensando, por eso me doblegué!

—Los eufemismos y suavizantes del lenguaje, querida, no es lo mismo “la niña de la panza” (una escuincla lombricienta) que “la ruca de la llanta” (una gorda entrada en años… y en carnes).

Sin palabras
Sin palabras

Soy horrible.

Hasta la próxima.

Un timbrazo a medianoche

Mañana no escucharé su voz si acaso asoma las narices el día 25. Se jactaba de ser la primera en teclear ocho números para entonar mis Mañanitas. Después de nueve meses encerrada dentro de su panza, sin un rayito de luz, un buen queso manchego ni un mendrugo de pan, ¡era lo menos que podía hacer!

El teléfono sonaba durante los últimos segundos de la jornada anterior para que cuando la hija contestara fueran las 00:00 horas del mero mero cumplemés, una palabra que usamos en familia.

—…estas son […] que cantaba […] a las muuchachaas…
—¡Bonitas! ¡Gracias, Bola! (Ella, más que mi «Bola», quería ser mi «Dolo». Sí, créanlo o no, prefería ser mi Dolorosa)
—Es tu día, mi amor, que seas muy feliz. Les gané a todos, ¿verdad?
—Como siempre, desde que pujaste para regalarme mi primera bocanada de aire.

Si por alguna extraña razón alguien osaba (de osar, no de oso) felicitarme antes, me veía obligada a mentirle, de otra manera se ponía triste y hacía drama, pero la mayoría de las veces fue la prima donna.

Menuda responsabilidad. ¿Ser feliz?, ¿se mastica, se sorbe, se traga? ¿Es voluntad, inclinación, trabajo, vocación? Son cachitos, retazos, fragmentos, como los que se ven cuando uno asoma la cabeza por la ventana de un avión y se miran distintas telas de un edredón gigantesco.

El 19 de marzo de 2012 la señora que me dio la vida iba a decir “con permiso”, y 21 días antes cumplió puntualmente con la llamada. Extraño esa voz de medianoche, animosa y un tanto ronca. Nunca le pregunté si su reloj de madre le hacía despertar minutos antes de mi nacimiento o si se esforzaba para no clavar el pico.

Sospecho que abriré los ojos cuando se acerque el último minuto del 24 de febrero de 2015, segundos antes de que den las 00:00 horas del 25.

Espero un timbrazo sutil y certero, como el del zorro que despierta a su pequeño Príncipe.

—Voici mon secret. Il est très simple: on ne voit bien qu’avec le coeur. L’essentiel est invisible pour les yeux.

le-renard-et-le-petit-prince

Hasta el 26.