Corridos tumbados, en el campo

El año empezó brioso, a buen trote, digamos. Así y todo, más de dos semanas sin teclear. Nada de pretextos, pero el esqueleto ha bailado tango, danzón, rocanrol, ballet e incluso corridos tumbados —infernal ruido de moda, y miren que lo intenté con Peso Pluma y Ella baila sola—. Resultó suficiente para darles con la puerta en las narices a Natanael Cano, a Junior H. y a un tal Chalino Sánchez.

También me tiene sin cuidado que “Nico” Alvarado, genexer que “no necesita que la gente sea condescendiente con él” y quien se define como gordo, feo y viejo ¡a los 48 años! (La pinche complejidad), y Gabriela Warkentin hayan hablado sobre este género cool y harto tiktokero.

La energía revolotea meneada por aires frescos y polvorientos y agitados y sutiles y estimulantes, y en su mayoría con buen aliento. El encuentro en una de las casas más lindas y planeadas de Amatlán de Quetzalcóatl. Él, tejedor de experiencias, ávido siempre de procurar contento con la máxima creatividad, cargó hasta con estufa eléctrica de dos quemadores. Ellos conectaron de inmediato con la fluidez de su glándula, una paratiroides sensual, adaptable y pachorruda.

Moi, como en últimos tiempos, al son que quiero (y puedo) tocar, que, como decía Teresa, es tristealegre. Afortunada, caravaneo con corazón y mente llenos de remembranzas, de agradecimiento y un dejo de nostalgia. Busco algo que sólo se consigue mientras la vida dure, ese camino sazonado con metidas de pata, observación, descubrimientos, aprendizajes y muchos, pero muchos giros de 180 grados: pizcas de libertad.

Historias que se quedan otras que se van pero que permanecen inmiscuidas en cada poro de la piel y en las neuronas que despiertan

Allá, atrás, como parte de mi sombra, van el Buick 1946, las antigüedades, la casa de campo, rifles y revólveres; libros, libros, papel, olores, polvo, tinta, letras, conocimiento, libreros, más libros… ¡eternos y jugosos libros!             

Firulín firulete

Mi abuelo dice que los demonios desaparecen durante el día y salen en la noche, sobre todo cuando no se ven bien las estrellas, pero yo no le creo, porque los míos andan rondando todo el tiempo. Cuando camino a la escuela se me aparecen monjas con cuernos, cuando mi mamá está en la cocina, aunque las ollas no la desnuquen, veo cómo se balancean sobre su cabeza, y, por si fuera poco, en la milpa me persiguen millones de muciélagos. Ah, también al toro lo veo sin rabo y a las gallinas pastando.

Mi abuelo es mentiroso. Cuando era niño me contaba que había ido a la luna y se había columpiado en una nube acolchonada. También me decía que la primera vez que fue al mar había mordido a un tiburón, y que una noche en la cantina había desafiado al matón de matones del pueblo.

Mi hermana lo adoraba, para ella el abuelo era un pequeño dios, un tipo que la dejaba jalarle la barba, un loco que bebía aguardiente y aullaba igualito que los perros de por ahí, un hombre que le hacía broches de libélulas, que le ponía cascabeles en los calcetines y que le tejía bufandas con chaquiras brillantes.

Eso la había hecho la niña más feliz, la más vista, la más sonriente, la más coqueta y la más dulce. Pasó el tiempo y el abuelo se fue apagando; conforme perdía su brillo, ella se hacía más consciente de las burlas de sus compañeros de clase: ¡lo que usaba mi hermana era tan feo y de mal gusto!

El abuelo murió. Lo enterramos en el panteoncito junto a mi abuela. Sentimos tristeza, sí, pero vimos a mi hermana tan orgullosa de sus calcetines con cascabeles que ese día supimos que la magia del abuelo la había hecho inmune a las envidias de la vida.