¿Y si hablaran?

Se fue, redonda y garigoleada. Raro hueco el que dejaron sus pesadas patas en el centro. ¿Qué vio durante más de medio siglo? Si no hubiera estado condenada al silencio, ¿qué secretos y no tan secretos habría revelado? De entrada, su entrada: ¿cuándo llegó?, ¿de dónde vino?, ¿comprada, donada, heredada?

Si golosa, se le deben haber antojado los variopintos aperitivos que alojó; aunque, por lo general, los últimos años se redujeron a “bolitas con hueso” —aceitunas— y palmitos. En otras épocas desfilaron viandas con caché, como quesos, mousses, patés y carnes frías.     

También hizo las veces de banquillo de bebidas, espirituosas y no tanto, servidas con mano de hierro —“más mea un gato”, decía—, léanse whisky, vodka, ron, cognac y vino. Pasaron lista los París de noche, Chartreuse verte, Campari, jerez y oporto. El pulque llegó a sentarse en su redondez, igual que contadas copas de Vega Sicilia: «magnánimo» ex gobernador del Banxico…

Mullida y con las palmas de las manos abiertas abrazó al Niño Jesús, entre dos velas rojas, para celebrar la Navidad. Fue mientras duró la familia, que rezaba al pie de la mesa pasada la media noche. 

En asuntos menos píos, la madera se hizo cómplice del cosquilleo de adolescencias y primeras juventudes: flirteos, manitas sudadas, abrazos, apapachos, masajes (muy socorridos) y besos, desde sutiles “picoretes” —pasando por largos, cortos, desganados, de reconciliación, amables, robados— hasta el candente french, rayano en el otrora “faje”.

Testigo fue de las frecuentes modificaciones espaciales que sufrieron o gozaron, de acuerdo con el lugar asignado, cuadros —bodegones, arte sacro, autorretratos, cristos, vírgenes (dolorosas y con semblante menos apesadumbrado)— platones y platos, botellas y vajillas, jarrones, lámparas, plata y harta chingaderita.      

¿Qué nos dirían los objetos si pudieran hablar? ¿Qué, si se manifestaran con pancartas? Hay varios que a lo largo del tiempo comunican más que algunos terrícolas que ahogan voces internas, íntimas, solitarias, suyas.

Quede tal hábito pa’ la siguiente vuelta…

Mejor con música

Poco importa que ya no estén en mi vida; el hecho es que a algunas personas las asocio con música o canciones muy específicas. Y si las recuerdo es porque en su momento fueron (son) significativas, porque hay una rola o un cantante que me las trae de regreso, que me imprime su huella. La música es y ha sido compañera esencial en mi crecimiento, en las distintas etapas de mi transcurrir.

Cuando mi hermana y yo éramos niñas, mi papá nos pegaba un alarido para que bajáramos a escuchar música; no faltaron los tríos yucatecos, la clásica —la de sus hijas le chocaba, éramos unas niñas malinchistas adoradoras del «ruido»— , Pablo Abraira —¿de dónde habría sacado el disco?—, Simon & Garfunkel, e incluso Tommy, la ópera rock que me dejaba pensando por qué sí Captain Walker y no Supertramp, Air Supply ni Asia.

Ayer, por ejemplo, me acordé de alguien de la escuela cuando mi iPod reprodujo «Es por amor», de Git; gracias a esa persona conocí a Rosana e incluso a la Banda El Recodo, con la que de plano no pude.

el recodo

El «C’est ci bon» paladeado con Mireille Mathieu es el econtronazo con un amor efímero y engañoso; «What’s up», interpretada por 4 Non Blondes, es el chavo más querido de mi juventud, el cuate que me podía robar un «sí»; Marc Anthony, Olga Tañón, Nelly Furtado y la mismísima Celine Dion son mi estancia en Rhode Island, el recuerdo de mi roommate, una mujer neoyorquina de ascendencia dominicana y puertorriqueña —¿se imaginan el ritmazo?— a quien atesoro en mi memoria; Filippa Giordano, Miguel Bosé y «She», de Elvis Costello, trazas de algún cumpleaños y de un cariño lleno de altibajos; Mercedes Sosa es una buena ex amiga que viajó por Europa y le robó dátiles a las palmeras de un kibutz; «Sinsentido», de Bebe, se convirtió en mi madre: «Ay, cuerpo, cuerpecito mío, qué caña te he metío en estos años»… «Short Dick Man» es Acapulco y el medio «reven» de tres universitarias; Lila Downs y su prodigiosa voz es Cumbre Tajín, con todo y flirteo subrepticio.

Mi hermana es toda mi música, la otra protagonista de los bailecitos ridículos de cuando decidíamos ser ermitañas y deambular al ritmo de los ochenta con nuestros lentes de fondo de botella. Paula era orgullo e ilusión porque yo era su proveedora:

fondo de botella

—Oye, quiero que me grabes algo de Erasure, de Elton John, de Journey, de Heart, de Laura Branigan y de Men at Work.

—¿Cassette de 60, de 90 o de 120?

—No, hija, de 60, pa’ que me grabes más.

—Güey, pero checa, también tengo esto… ¿Te gusta?

¡Fantásticos recuerdos! Ahora… con mi Mejor música a otra parte.