En el camino

No pretendo hacer una radiografía de la Calle, como sí lo hace Juan José Millás, con maestría y harta víscera, en El mundo.

Cuando salgo del edificio, por lo general doy vuelta a la izquierda. Si mi destino es «Dulce tentación» ―suelo ir por un café o una gelatina―, paso por la carnicería y tocinería «La perla» (ojo, no me refiero a la plaza Garibaldi, que el narco ya bautizó con ese nombre), por San Huarache de Los Pinos, por la farmacia donde me surten mi droga «de salvamento», por la hamburguesería «el Grill Oh!», por una estancia para perros, por la tienda de doña Mercedes, la tortillería, la fonda de las cazuelas en las que la pancita se ahoga en un caldo hirviendo, la tintorería, el mercado, el parque Pombo…

El chiste es que me planteé un reto: ¿cuántos transeúntes me sonreirían si yo intentaba provocarlo? En mi recorrido, que fue breve, insistí en hacer contacto visual, evalué la probabilidad ―dependiendo del gesto del sujeto o la sujeta―, y el resultado fue de tres, dos mujeres y un hombre.

Agradezco que algunos se den permiso de hacer una mueca alentadora. Es reconfortante que en un escenario protagonizado por desmembrados, linchados, incendiados, embolsados, baleados, decapitados, torturados, pateados…, todavía haya un dejo de ternura y confianza entre un par de humanos cuyos labios coincidieron un día, a una hora y en un lugar del inmenso hormiguero que habitan los homo ¿sapiens?

Uber

El primero fue Luis, de 35 años. Un tipo que vivió más de una década en varios lugares de Estados Unidos. Me recomendó visitar Salmon, Idaho, para conocer sus hermosas praderas.

Estaba en Luisiana en el año 2005, cuando el poderoso y devastador huracán Katrina, que esparció el olor a muerte como lo hizo Little Boy, el arma nuclear que acabó con la ciudad de Hiroshima.

Además de manejar, vende ropa, lentes, teléfonos celulares, relojes. También estudia gastronomía, hace tacos de canasta para reuniones ―mínimo 100― y quiere montar una fonda «nice» para dar a conocer su sazón.

Muchos proyectos y energía para hacerlos realidad. Le pregunté que si regresaría al país vecino y, sin chistar, respondió que sí.

El segundo, Arturo, un hombre amable, respetuoso, cálido y empático. Seis años en Peñafiel, después su propio depósito ―excelente negocio―, y ahora conduce un Toyota que todos los días lo enfrenta al reto de convivir con personas distintas. Su fuerte, me lo dijo, es vender, así que desafiar el tránsito citadino será temporal.

Arturo me preguntó que si regresaba del trabajo. Le platiqué que soy voluntaria en una institución que vela, con excelencia, profesionalismo y calidez, por jóvenes que lidian con la farmacodependencia. Entonces abrió la cajuelita y me enseñó su libro, ya muy gastado, Doce pasos. Tuvo la confianza para decirme que había sido adicto y que llevaba 26 años sobrio. Además, comparte sus experiencias en las reuniones de AA. Conectamos bien; entendí el porqué: coincidimos desde el sufrimiento, el compromiso y la lucha humanos.