Juan Gabriel et al.

Me tomó por sorpresa en Frankfurt, pero no en la ciudad alemana de otro continente —¡bueno fuera!—, sino en la colonia Condesa, salchicha en vías de deglución. Recibí un par de mensajes que decían que Juan Gabriel había muerto. No me atraganté, pero estoy cierta de que puse cara de idiota, aunque nunca hubiera ido a uno de sus conciertos, ni comprado un disco suyo.

¡Sopas, me dije, esto sí va a causar revuelo! No me equivoqué: desde ese bocado, gran parte de lo que he oído y visto es sobre el «Divo de Juárez». Lo más cerca que estuve de echarle un ojo y de sentir su música fue hace aaaños, ¡más de 20!, una vez que mi hermana y yo nos trepamos a una barda para intentar verlo, aún en el Interlomas incipiente y pañalero. Además de vibrar el ambientazo, sólo vi a un tipo vestido de blanco que mantenía prendidísima a la gente.

También me acerqué un poquito a él cuando mi mamá me puso Amor eterno, una canción retroactiva, es decir, que actúa sobre el pasado y nos puede traer a la memoria a quienquiera que se haya ido, en ese caso a mi hermana Inés, y 27 años después, a mi madre. Así es esto: por un lado se va «Juanga», y por otro, un equipo de magos maniobra casi 10 horas para trasplantar dos pulmones con aire nuevo.

Suelo pensar que hasta cierto punto a los humanos se nos da la oportunidad de ganar tiempo, y que de alguna manera infinitesimal podemos «cuentear» al destino; sin embargo, ahí están las frasecitas: «Cuando te toca, aunque te quites, y cuando no te toca, aunque te pongas».

Total, ¿dónde se corta la raya de nuestra pequeña historia? Por un lado pienso en qué habría pasado si Juan Gabriel se hubiera cuidado más —peso, descanso, sal (¡a saber!)— y en cuál hubiera sido el derrotero de Pablo si la puerta de terapia intensiva le hubiera quedado lejos.

No sé. Lo que puedo hacer por los que sí están, por las personas a quienes he dado un cacheteo de mí, es rezar, hablar, pedir como sólo yo sé, como a mí me gusta, como nadie cree que hago, siempre con lágrimas que ruedan sinceras hasta llegar a donde nunca sé.

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Ni hasta pronto ni nada.

Las Perritas en Estambul

En materia de tránsito, Estambul se parece al Distrito Federal, el respeto al peatón es nulo. De algo nos percatamos la primera noche.
—¿Salimos, no?
—Es tarde, ¿no será muy peligroso?
—Ya preguntamos y nos dijeron que no pasa nada. ¡Además estamos en Turquía, hija! Uno no amanece aquí todos los días.
Hacía frio, así que me enfundé mis botas y una buena chamarra. Mi hermana, la Perrita, salió con flip flops. Ay, Dios, fea costumbre la de las pinchurrientas chanclitas. Son un horror, pero reconozco que dieron en el clavo con el nombre. En plena plaza Taksim me perseguía un sonidito: flip flop, flip flop, que traducido al castellano sería clac clac, clac clac.

A éstas les faltan las piedrecillas...
A éstas les faltan las piedrecillas…
Plaza Taksim
Plaza Taksim

Caminamos maravilladas, queriendo abarcarlo todo, incluidas las castañas asadas, los kebap, el pan relleno de nutella e incluso el profundo rojo del jugo de granada que desentonaba con el frío, igual que las chanclas.
—¿Neta no te estás helando?
—Ay qué oso, ¿verdad?, todos con abrigos y botas y yo con mis flip flops.
—¡Deja eso, hace mucho frío! ¿Quieres que caminemos al hotel para que te cambies?
—Mmm, este, mmh…
—¿Qué, sí o no?
—Ps yo creo que ya no, qué hueva regresar al cuarto.
—Bueno, como quieras. Eso sí, mamá hubiera dicho que te ves bien paya (no le causó la menor gracia)
Qué sorpresa encontrarnos con uno de los lugares seleccionados en mi guía. Llegamos como los murciélagos porque estaba considerablemente oscuro para dos turistas medio cegatas (no confundir con gatas).
—Ve qué lugar, ¡vamos por un té de manzana y algo de comer!
—¡Sale!
Yo tenía hambre, me perdí de las delicias que ofrecieron en el avión de Turkish Airlines porque logré dormir casi todo el trayecto, en el de San Francisco a Frankfurt nomás no pude.

Las actividades de mi hermana durante las más de 10 horas consistieron en llenar pancita, acomodarse los audífonos para ver películas o “echar flan”, es decir, cuajarse. En el ínter yo leía sobre Turquía y algunos excelentes artículos que publica la revista Hemispheres.

Basta de digresiones, frente a nosotras, muy orondo, Hafiz Mustafa, con 128 años de consentir paladares. El único obstáculo para penetrar en el universo del Baklava era la estrecha calle, de ida y vuelta, con automotores que rugían y dos Perritas afectadas por el relumbrón y la calidad de neófitas en una espectacular ciudad envuelta en aires asiáticos y europeos.

La calle, cuantiosos años atrás
La calle, cuantiosos años atrás

http://www.hafizmustafa.com/

Que sí que no, que sí que no… Las flip flops batallaban, bailaban, imagino que se esforzaban por mantenerse en el pie de su dueña. Sólo por si se lo preguntaban, otras personas ya habían cruzado. De repente un taxista se apiadó de nosotras y pasamos del otro lado. Nos internamos en el jardín de las delicias, en un añejo paraje que sería mejor descrito por la mismísima Scheherezade.

Lo último que diré es que cuando se trata de comer —gran placer que nos regala la vida— soy más salada que dulce. Si no viven la experiencia de saborear los baklava con pistache de Gaziantep —el mayor centro de cultivo en Turquía—, cada  bocado es indescriptible.

Los mejores de la noche, recomendados a señas por nuestra amable y joven mesera
Los mejores de la noche, recomendados a señas por nuestra amable y joven mesera

El señor taxista se irá al cielo… con todo y flip flops.

Continuará…