Cool

Jorge, ya empiyamado, intentaba leer Soulmates, pero Maru era una tarabilla.

―Ya te habías ido, amor, pero mi despertar fue sensacional. Es más, si me apuras te diría que me sentía flotar. ¡Mi ánimo era inmejorable! ¡Gracias a Dios!

Fui a despertar a los niños; como siempre, frescos y hermosos. Adelina les dio de desayunar y yo me arreglé para ir al tenis. Me tocó hacer pareja con Silvia, pero ay, pobrecita, me dijo que a Pancho no le está yendo bien en el trabajo, que Daniel anda muy rebelde, Adriana muy como… urgidita, y que ella va a tener que ir al médico porque sospecha que tiene quistes en los ovarios. Y yo callada, intentando enganchar mis mejores golpes a pesar de la negatividad de mi compañera. ¿Por qué pensar precisamente en eso cuando el día estaba tan lucidor? Lindo, mi amor, los árboles frondosos, las plantas bien regaditas, las flores resplandecientes, el recogebolas una ternurita…

―Ajá…

―Después del ejercicio comí rico en casa de mi mami. ¡Imagínate, me hizo las albóndigas con frijoles que me encantaban cuando era chiquita! Y de postre, ¡adivina! ¡Ta – pio – ca!

―¿Y tus hijos?

―Ay, Jorge, se quedaron a entrenar en la escuela. Pero deja te cuento que fui al baby shower de Cuca. Padre, ¿eh?, todas nos queremos tanto… Ay, y qué te digo del bebé de Lourdes, me tenía con la baba caída. ¡Divino, una mo – na – da! Mira, es rechonchito ―con decirte que se le hacen rayitas en los brazos y en las piernas―, más bien apiñonado, cuando se ríe se le hacen hoyitos en los cachetes… ¡un encanto! Me enamoré del rulo que le cae en la frente. Dice Lourdes que no le gusta, pero que no quiere decírselo a Panchita para que no se sienta. A mí me chifló, es el toque de distinción del chiquillo.

―Maru, estoy intentando leer.

―Eres un aguafiestas, Jorge.

―Oye, ¿y no te faltó el aire en el juego? Estaba muy contaminado.

―¿Contaminado? Esplendoroso, Jorge, así lo vi yo. Y no sé tú, pero yo, a todo dar.

Prima, modorra, modorrilla y alba

¡Fue la peor época de mi vida! Mi abuela tenía miedo de que le robaran dos vacas, un caballo y tres tristes cerdos, así que cuando mis papás nos mandaban a verla, mi hermano y yo padecíamos las de Caín.

En la ciudad les ayudábamos con el negocio de comida corrida, pero con ella, que no era nada tonta, la girábamos dizque de soldados. A lo mejor así nos decía para hacernos creer que cumplíamos con una misión importante. El caso es que Joaquín y yo nos turnábamos para cuidar a las bestias. Nos decía que “un día y un día”, pero era tan pesado que a veces hacíamos trampa: Joaco el primer y tercer cuartos y yo el segundo y el último.

Sí, la muy bruja nos había vendido la idea del gran trabajo que hacían los centinelas. ¡A nosotros qué los centinelas! Lo único que queríamos hacer cuando mis papás nos mandaban a Zinapécuaro era tirarnos a descansar bajo el naranjo y ver cómo el humo que salía de la boca del abuelo hacía piruetas en el aire. Ni siquiera nos preocupábamos por lo que íbamos a comer, estábamos acostumbrados a los frijoles, el arroz, el caldito de pollo, los chilaquiles y las gordas de chicharrón.

Cuando la abuela se dio cuenta de nuestro plan, a uno de nosotros lo inmovilizaba en su pieza. No sé qué era peor, porque roncaba tan fuerte que ninguno pegaba ojo. Pensándolo bien, era mejor jugar al soldado. Por lo menos nos podíamos echar una pestañita en alguno de los cuartos, sobre todo en el último, porque nos tranquilizaba sentir que pronto iba a amanecer.