Mi quid no está en el vestir

Viernes otra vez, en un abrir y cerrar de ojos. Me espera un nuevo episodio de #lapinchecomplejidad y su chef d’orchestre, @nicolasalvaradolector. De no ser por estos espacios, difícilmente escribiría sobre moda, códigos de vestimenta, la Gran Manzana y barrios que se consideran “[…] el ápex de lo trendy y lo fashion en México”; sí, Polanco, un “Punto en la esfera celeste […]” salido del tumbaburros.

Tengo criterio para vestir de acuerdo con el lugar, las circunstancias y la ocasión; sin embargo, el dress code dista de quitarme el sueño. Escuché un par de veces el podcast del 1 de diciembre —sigo a Nicolás desde que lo dio a luz— y, para mi sorpresa, aterricé donde nunca hubiera imaginado: en el Emily Post Institute. Se trata de un negocio familiar que desde 1922 brinda asesoría y recomendaciones sobre normas de etiqueta. Lejana a estos temas, me gusta aprender de lo que presenta Alvarado.

Empecemos con Zach Weiss, consultor de marca, editor, diseñador, colaborador de la revista Vogue. ¿Qué creen? (uy, me vibré como Pati Chapoy, la imprescindible [¿impresentable?] del chismorreo). Este 2023 lo invitaron al Festival de Cannes y llegó “maravillosamente bien vestido”, con todos los apéndices del código black tie, aunque con un saco floreado: VERBOTEN!

Aclara Nicolás que black tie es una expresión inglesa que hace referencia al esmoquin, prenda de etiqueta que debe ser negra o “casi negra”, color, me entero, que se conoce como midnight blue. Total, que dadas las conexiones top del señor Weiss, participó con tersura en la 76 edición de semejante aparador fílmico. Por cierto, este influencer también se jacta de haber sido la primera persona que nadó en el spa Asaya del ultra lujoso hotel Rosewood Hong Kong.

También supe de la existencia de Richard Thompson Ford, quien a ras de la segunda década del siglo XXI fue elegido por la revista Esquire —dirigida al público masculino desde 1933— como el “Best Dressed Real Man of 2009”. Hombre “de a pie” — abogado y profesor de la Facultad de Derecho de Stanford— que se distingue por vestir bien. Alvarado, sospecho que para los “fashionistas” (yo no lo soy), recomienda su libro Dress Codes: How the Laws of Fashion Made History.

La pinche complejidad, que sí puede ser bien pinche, complejizó algunas de mis ideas…  

¿En serio tres angloparlantes “con flip-flops comprados en drugstores” lograron distraer de “la” experiencia y el storytelling del restaurante Rosetta a Nicolás y a su prima non plus ultra? Quiero creer que los portadores de tan horrendas chanclas, como los nostálgicos de códigos vestimentarios, apetecían lo mismo: disfrutar de los excelsos guisos de Elena Reygadas, recién nombrada World’s Best Female Chef 2023.

Suele quedarme claro que somos imperfectos y que pulirnos constituye una responsabilidad personal consciente. Por eso abrí los ojos grandes cuando, en “Dress Codes”, Nicolás habló de su “básicamente perfecta” prima “neoyorquina”. ¿Bastan una carrera exitosa, trabajar y vivir en Nueva York —en el Upper West Side, un barrio de Manhattan entre Central Park y el río Hudson—, tener un marido financiero y dos hijas estudiantes de la Universidad de Cornell?     

Para hacerle justicia a #lapinchecomplejidad de inicios del duodécimo mes del año, también me eché la embarradita del pleito entre @virroylola, antes fuera de mi sistema, a pesar de ser influencers, productores, fotógrafos y más… Coincidí con la postura de ambos. Lola abogó por un justo e incluyente “o todos coludos o todos rabones», en tanto que Virro se inclinó por no “aguar la fiesta”, ser más light y evitar “hacerla de pedo”. Si escuchan ese podcast se van a enterar del porqué de la controversia.

Difiero de Alvarado en cuanto a que en el merequetengue subyace que “el hombre es un ente productivo y la mujer no”; lo secundo cuando enfatiza que se tiende a sexualizar a las mujeres. Si no, ¿por qué sigue siendo garbanzo de a libra que a un varón se le vea totalmente encueros en pantallas que no sólo exhiben pelis porno?

Nicolás compartió un planteamiento de Richard Thompson Ford y quiero señalar que yo también iría feliz a un lugar donde cada quien usara, indistintamente y sin restricciones de género, faldas, tacones, sacos y corbatas.   

En fin, voy pro Virro cuando dice que los códigos son interpretables; a favor de Lola en cuanto que deben ser precisos y específicos.

Cést tout, ¡pinche complejidad!

*Ojo, hay citas textuales, expresiones y términos usados por Nicolás Alvarado. Nada es fusil. Los dichos también van entrecomillados.

Corridos tumbados, en el campo

El año empezó brioso, a buen trote, digamos. Así y todo, más de dos semanas sin teclear. Nada de pretextos, pero el esqueleto ha bailado tango, danzón, rocanrol, ballet e incluso corridos tumbados —infernal ruido de moda, y miren que lo intenté con Peso Pluma y Ella baila sola—. Resultó suficiente para darles con la puerta en las narices a Natanael Cano, a Junior H. y a un tal Chalino Sánchez.

También me tiene sin cuidado que “Nico” Alvarado, genexer que “no necesita que la gente sea condescendiente con él” y quien se define como gordo, feo y viejo ¡a los 48 años! (La pinche complejidad), y Gabriela Warkentin hayan hablado sobre este género cool y harto tiktokero.

La energía revolotea meneada por aires frescos y polvorientos y agitados y sutiles y estimulantes, y en su mayoría con buen aliento. El encuentro en una de las casas más lindas y planeadas de Amatlán de Quetzalcóatl. Él, tejedor de experiencias, ávido siempre de procurar contento con la máxima creatividad, cargó hasta con estufa eléctrica de dos quemadores. Ellos conectaron de inmediato con la fluidez de su glándula, una paratiroides sensual, adaptable y pachorruda.

Moi, como en últimos tiempos, al son que quiero (y puedo) tocar, que, como decía Teresa, es tristealegre. Afortunada, caravaneo con corazón y mente llenos de remembranzas, de agradecimiento y un dejo de nostalgia. Busco algo que sólo se consigue mientras la vida dure, ese camino sazonado con metidas de pata, observación, descubrimientos, aprendizajes y muchos, pero muchos giros de 180 grados: pizcas de libertad.

Historias que se quedan otras que se van pero que permanecen inmiscuidas en cada poro de la piel y en las neuronas que despiertan

Allá, atrás, como parte de mi sombra, van el Buick 1946, las antigüedades, la casa de campo, rifles y revólveres; libros, libros, papel, olores, polvo, tinta, letras, conocimiento, libreros, más libros… ¡eternos y jugosos libros!             

¿Qué diantres nos pasa?

¡De este lado, “Pause Giant AI Experiments: An Open Letter”! Del otro, dos jovencitas de 14 años: una propina la golpiza y la segunda acaba muerta —pos como en la prehistoria (incluye aprendizaje y creencias), ¿no?: a mazazos, pedradas, jalones de pelos, rasguños y golpes bajos—; cerca de 40 migrantes se calcinan dentro de una jaula que nadie abre; Audrey Hale mata a seis en una escuela de Nashville, Tennessee; par de hermanas, hijas de alguien, sucumben en una coladera abierta… ¡chitón! Paliza bruta de dos policías a un indigente, nomás porque sí. Como si fuera poca cosa, leo: “Los criptoevangelistas —¿¡qué!?— entran en el Gobierno de Bukele”.              

¿Incineramos los valores y el civismo? ¿Triunfo de violencia, sinrazón y prepotencia? Pólvora a la más mínima provocación. Armas en bares, restaurantes, parques, escuelas, tiendas. ¿Qué rayos es la humanidad? ¿De qué o quiénes nos distingue?

Como “buleada” y “buleadora”, también tuve 14 años. Inventaba mis juegos en la calle, en la casa y con personas reales, sin robots ni cyborgs u organismos cibernéticos. Llegué a entretenerme con la videoconsola Atari, siempre con mi hermana a un lado, y aborrecí los primeros controles de televisión porque pensé en que la Tierra se llenaría de huevones. Además, seguía siendo perturbador llegar al puesto de periódicos y toparse con la nota (bermellón) de algún asesinato o disturbio subidito de tono. Hoy, el pan de cada día; aquí, allá, acullá, con sinnúmero de pormenores y matices.    

¿Qué viene ahora, rastreables en todo momento y con el mundo a punta de clic? Internet de las cosas; Bob y Alice, el caso de una dupla de robots que fueron desconectados por inventar un lenguaje ininteligible para los humanos; China y su “diosa” Jia Jia, un robot mujer interactivo y humanoide —¿cómo y por qué decidieron que su género sería binario— que se convierte en el súper empleado.

El quid es que nada —palabra que uso con plena conciencia— apunta a que nos hagamos mejores personas, lo cual depende cien por cien de pulirnos como individuos, como seres únicos inmersos en mares y abismos de controversias, sinsabores, egoísmos y desequilibrios, que bien podrían equilibrarse con empatía, compasión, conocimiento, voluntad y crecimiento personal.

Hasta la próxima.

Ya fue

Por lo general es instantáneo. Escuchar música, del género que sea, y relacionarla con alguien o con algo. No sé si sea en la mayoría de los casos (tendría que hacer el ejercicio), pero en buena medida el recuerdo es parte del pasado. Lo padre, lo significativo, es que revivimos ese momento; es como si el tiempo nos permitiera rebobinar un trocito de existencia. Entonces, como si interviniera la magia, llegamos a un beso adolescente, a un baile espontáneo en San José del Cabo, al encandilamiento de un noviazgo de juventud, a la partida de alguien que no queríamos que se fuera o al sillón donde te sentabas para oír al Charles Aznavour que te ponía tu papá cuando andaba melancólico.

Continuará…

Inconsútil

La había visto un par de veces en mi vida cuando tenía como siete años, pero de habladas todos coincidían en que la tía Lucha estaba zafada.

Vivía en Altar, Sonora, sola y su alma. Su única compañía era un perro chamagoso que se pasaba buena parte del día aullándole a Chacho, el perico tuerto del vecino, cuyo repertorio de palabras era más bien pobre: “loca”, “mijo” y “cochino”.

La gente de la villa tenía sus teorías: Lucha estaba chalada porque el tío Pelos, en una de sus múltiples borracheras, le había roto una botella de Bacardi blanco en la cabeza; otros decían que la tía había perdido el juicio debido a un golpe de calor: el maldito perro se había escapado, y ella había corrido desesperada por el Gran Desierto de Altar. Algunos más decían que la había abandonado un hombre blanco y esbelto, de ojo azul y pelo rojo, adicto a pronunciar un par de palabras que la metían en otro tipo de locura: Fuck you.

bacardi

La verdad es que esa pobre mujer no le hacía mal a nadie; los habitantes de Altar ya estaban acostumbrados a que Lucha se enfundara una sábana blanca descosida y caminara con las palmas de la mano hacia arriba diciendo que el mismísimo Jesucristo le había mandado su túnica para que les hiciera el favor a los hombres de buena voluntad.

Por supuesto, ellos aprovechaban el ofrecimiento de la lavada de pies, sobre todo después de arduas jornadas laborales; a ellas, en cambio, las ponía de pésimo humor que Lucha no fuera solidaria con su género.

Los que sufrían un poco eran los niños, ¡menudo susto el que se llevaban al ver a Jesucristo vestido y en movimiento, cuando estaban acostumbrados a verlo casi desnudo y clavado en una cruz!

Algunos chavales menos aprehensivos miraban con el rabillo del ojo y decían: “Es la loca de Lucha”, pero cuando la chiquilla de Antonino se topaba con ella empezaba a lloriquear y se jalaba las trenzas. Su madre, hecha un veneno, agarraba a la niña de la mano y la metía en la iglesia: “Mira, hija, mira, ¡éste es Jesucristo; así, sin túnica, sin cubeta ni jerga! Hazte a la idea de que el mundo está lleno de lunáticos”. “¿Lunáticos, mamá?”. “Sí, hombre, sí, ¡así se ponen cuando la luna brilla mucho y les lastima los ojos!”.

Pobre tía Lucha… Estábamos a punto de hacer el viaje para visitarla cuando nos dijeron que había muerto: ella y el Cristo sangrante de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe habían protagonizado un duelo a muerte.