Círculo sin fin

Parece un pestañeo, pero hace ya un año que Perri y yo estábamos planeando nuestro viaje en crucero a Turquía y Grecia.

En alguno de mis retazos escribí que antes de nuestro periplo me traía asoleada el Ébola; según yo, el grueso de los viajeros estaría acechándome para contagiarme el virus: por supuesto, sólo a mí: la elegida.

ébola_elegida

En los noticiarios cada vez se hacía más énfasis en la migración de sirios que huían de la guerra para refugiarse en territorio turco. A Perri le asustaban más los cocolazos fronterizos que la epidemia; sospecho que pensaba en que la tierra que conoceríamos era del tamaño de una nuez y en que serían suficientes unos binoculares para atestiguar el sufrimiento de miles de seres humanos que luchaban —luchan— por defender su vida.

binoculares

El chiste es que iniciábamos nuestra aventura con dos que tres preocupaciones a cuestas.

Perri —madre, esposa, cocinera, choferA, ejecutiva—, artrópodo incansable, debió haberse relajado como pocas veces, porque cada noche, después de una cena generosa en el restaurante principal, entraba a la suite e iniciaba el proceso: desmaquillarse, lavarse cara y dientes, enfundarse un camisón blanco tipo abuelita, acomodarse una guarda antimordiscos, hincarse e iniciar sus oraciones.

Después, más tardaba en meterse a la cama que en soltar el ronquido. La hermana mayor como ostra; algo muy malo tendría que haber hecho para que mi sister no me acompañara a cubierta, ni al bar —en una ocasión me tocó deleitarme con el baile de cachetito de una pareja añosa—, y que tampoco se sentara conmigo en el balcón para absorber la noche llena de estrellas, viento y agua.

Asunto chafa, aunque confieso que se me olvidaba cuando subía al último piso y me dejaba comer por mi soledad, cobijada por la inmensidad oscura del océano. Me colocaba en la punta del barco y cerraba los ojos: ¿era eso el infinito?, ¡qué vivencia para ese ser minúsculo que surcaba el Mediterráneo sin mojarse!

Además del ritual nocturno del camisón, el rezo y el ronquido, hubo otra constante en la travesía: el énfasis noticioso respecto a la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. El periódico llegaba todas las mañanas, en español, traducido para dos de los tres mexicanos del Silver Cloud: ahí estaba la nota, un verdadero escándalo mundial, entre muchos otros.

Silver Cloud

Sigue la mata dando… Investigaciones van y vienen, versiones que derrumban o complementan a otras, peritos, actos de vandalismo, policías heridos, Insbruck. El hecho es que sigo despertándome con Ayotzinapa.

Lo triste es mi caso: no creer en nada y tener la «certeza» de que nunca se sabrá lo que fue de esas 43 personas. La serpiente que se come su propia cola.

Bai de güei

Neta, que alguien me explique el porqué de construcciones como: hemos venido trabajando, se ha venido analizando, los diputados hemos venido ahorrando consistentemente (jajaja).

¡Dioses! Si de todas maneras se ha hecho, ¿por qué no simplificar? Mi oído, y quizá nuestro bellísimo español, lo agradecerían: hemos trabajado, se ha analizado y los diputados hemos ahorrado consistentemente (jajaja).

Ciao.

¡Gracias, Juanito!

—Ya fue mucha lana, ¿no?
—Ei.
—Mejor cancelamos ese tour, ¿estás de acuerdo?
—Yo no tengo bronca, el cuate de las conferencias dijo que Patmos es un lugar en el que fácilmente se puede caminar.
—Órale, entonces déjame llamar a Christine.
Así que decidimos lanzarnos solapas. Literal, a ver por dónde nos llevaba la isla, porque en cualquier lugar dio exactamente lo mismo que a mi hermana y a mí nos regalaran un mapa con puntos y rayitas para que no nos perdiéramos. Dábamos las gracias (en Turquía ya me aventaba mi Teşekkür ederim) con una inclinación de cabeza, salíamos —del hotel o del barco—, nos lanzábamos una mirada sospechosista y…
—¿Entendiste algo?
—Nada, ¿tú?
¡Dioses! ¿De quién heredamos el nulo sentido de la orientación? Ahí quedaba el mapa, tristeando, desperdiciado, deseoso de que lo vieran otros ojos, ávido de que alguien interpretara su geografía.
—No importa, hija, a ver quién nos dice cómo llegamos al monasterio de San Juan.
Caminando por la pequeña isla nos encontramos a nuestros amigos colombianos, habían alquilado una moto para subir hasta el punto más alto, más de 260 metros sobre el nivel del mar.
A nosotras nos vieron la cara, mi hermana dio su licencia para conducir y le dijeron que necesitaba una internacional. ¿Cuál es ésa?
—Oye, ¿y si rentamos unas bicis? —pensé que me iba a mandar por un tubo.
—¡Sale, qué buena idea! (cara de incredulidad y gozo interno)
Empezamos a pedalear, si habíamos llegado hasta Grecia mínimo teníamos que ver el monasterio. Carretera sinuosa y empinada, más fría conforme se nos achicaba —por más pequeño— y engrandecía —por más bello— el paisaje.
Íbamos a buen ritmo, solo en algunos tramos tuve que esperarla, cargaba un bolsón en el que además yo metía bloqueador, botella de agua, estuche de lentes de sol, todo lo que no me cabía en una micro carterita con dinero en efectivo y una tarjeta de crédito.
—¿Oye vas bien con esa bolsa?, ¡pesa horrores!
—Ay, sí, está fantástica, le cabe todo (mujer de bolso gigante, sin dolor de espalda ni articulaciones, que en algún momento cargó hijos)
Veíamos más cerca la cima, nos animábamos mutuamente:
—Órale, güey, ¡ya casi llegamos!
Sudábamos como orangutanes (¿sudan?), más ella que yo. En el viaje descubrí que hasta charquito deja, guácala. Y es que cada vez que dormía la mona salía disparada al gimnasio y le pegaba al ejercicio hasta sentir que había quemado todo residuo de vino tinto o de Baileys.
¡Sorpresa, llegamos hasta arriba! La hermana mexicana, yo, temía por la seguridad de las bicicletas, acostumbrada a la benignidad del Defe. Imagínense, robos en una isla remota del mar Egeo. Me tranquilizó un señor que nos dijo que no pasaba nada, que las dejáramos donde quisiéramos.
Los pasajeros que sí tomaron el tour nos entronizaron… Guau, las sisters del barco habían llegado en bicla, ¡hasta que nos mataron el gallo unas gringas zafadas que subieron caminando! Shit.
Y otra maravilla: los ortodoxos griegos estaban a punto de cerrar el monasterio y nos veían con cara de “píntense de colores, la hora de visita terminó”.
—Vas, hija, ¡toma las fotos que puedas, bastantes kilitos le echamos a la subida! Emprendamos el retache, ¿te late?
—Pérame, mira estas cositas, quiero comprarle algo a mi suegra (unas casitas lindas, lo demás pura chuchería. [¡Respeta a tu prójima!]) Llévale algo a “Rejas”, ella es más religiosa, ¿no?

El tendejón que le gustó a mi hermana, desolado...
El tendejón que le gustó a mi hermana, desolado…

—¿Eso qué tiene que ver? Aquí no voy a comprar nada.
—Ayyyy, ¿por qué?
—Porque no.
—Qué chafa.
Preparamos el regreso, aunque antes hicimos stop en una tienda muy padre, llena de objetos originales y trabajados con pasión.

A darle, qué lujo sentir la velocidad, el viento golpeando mi cara, frío, abajo el mar y el pequeño pueblo donde se dice que Juan de Patmos o el Apokaleta recibió la revelación de Jesucristo.
—¡Déjate ir, no frenes todo el tiempo!
Hoy le agradezco a don Juan que no me haya hecho caso, mujer prudente… De tanto en tanto me paraba para esperarla, tardaba entre cinco y 10 segundos. Esta vez no bajaba. Como los humanos tendemos a pensar de manera positiva (¿me estoy balconeando?) la imaginé embarrada, atropellada, desmembrada, aplastada. Ay, Dios, ¡qué angustia!
Grité. Nada. No bajaba. Voy de vuelta, con recelo y miedo. La encontré parada, con bicicleta erguida.
—¿¡Qué pasó!?
—Me caí. Auch.
—¿Qué te duele, güey?
Me señaló rodillas, muslos, hombro… Mi experiencia en cirugías ortopédicas es cuantiosa, así que le di indicaciones: dobla y estira, gira, sube y baja. ¡Lo podía hacer!
—No maches, hija, ¡qué guayabazo! Si esto me hubiera pasado a mí… Eres fuerte y aguantadora. Debe dolerte un friego, y espérate a que se enfríe el golpe. ¿Puedes bajar?
—Sí, mi virgencita me cuidó (p’a su mecha, ¡vaya que le había echado un ojo!)
—Bueno, vete despacito, solo con el vuelo y frenando todo el tiempo (ahora sí recomendé prudencia. Niño ahogado…)
Entregamos las bicicletas.

La plaza principal de Patmos, isla en la que pululan las motos.
La plaza principal de Patmos, isla en la que pululan las motos.

Después del susto decidí beberme una Mythos…

¡Me supo a gloria!
¡Me supo a gloria!

Esa noche me dejó sobarla, después de explicarle que en esos golpes se queda harta sangre acumulada. Al poco rato sus muslos y rodillas se pusieron negruzcos.
Bendita virgen y bienaventurados juanes, el de Patmos, el Evangelista, el Presbítero y el Apóstol.
Toca a ustedes averiguar si realmente son la misma persona.

Hasta la próxima.

Locura turca

¡Me fui!
¡Me fui!

Viaje en crucero a Turquía y a Grecia. Otras personas hubieran brincado de alegría desde el primer momento. Pero no soy esas personas.

Antes

Alucino. Mi cabeza se estaciona en ideas fijas: cruzar el charco después de 26 años, viajar con mi hermana, guerra (kurdos sirios que cruzan a Turquía para huir de los yihadistas) y ¡Ébola! Esta enfermedad me tenía girando, como si el virus pululara y estuviera esperándome sólo a mí para inocularme algún fluido asesino.

Así que me dediqué a buscarlo, a hurgar en todos los canales de noticias habidos y por haber: Reforma, El País, Sergio Sarmiento, López Dóriga, Twitter, Teresa Romero, Texas, Nueva York. ¡Madre Santísima de Guadalupe! Una muerte espeluznante, terrorífica, inminente, aislada.

¿Para eso me voy a ir? ¿Qué tal si alguien me lo pega en el avión?: ¡son horas y horas! ¿En el barco?: ¡días y días! Luego el periodo de incubación: ¡entre dos y 21 días para saber si me tocaba cuarentena y si mi vida se apagaba!

Porque claro, no importaban los millones y millones de personas que viajaban todos los días ni los miles y miles de aeropuertos que seguían hormigueando a pesar del virus.

Yo sería la elegida, como dicen que fue el pueblo de Israel. Yo y nadie más. Aunque no hubiera estado en África Occidental, ni en sanatorios, ni en países cercanos, ni en Texas (¡porque era tooooodo Texas!), ni en España (¡toooooda España!)

¿Si veía negros? ¿Vendrían de Guinea, Liberia, Sierra Leona, Nigeria…? Podían ser nada más afroamericanos transportándose, igual que yo. ¿Estornudos, toses, vómito, sangre? ¿Compartir baño? ¿Qué iba a hacer?

Una locura irrefrenable. Como tantas otras veces, mi cerebro y mis pensamientos estaban tomados. Dale que dale, remolinos, espirales, círculos, ir y venir. Escuchar, ver, leer y atornillar más. Jala, jala, jala… el hilo se me va, la razón se me escapa.

Ay, güey. Una ráfaga quiso que cancelara. Se avistaba la crisis. Acabaría con mi viaje, con mi propósito de agradecer, con mi deseo de honrar la circunstancia, esa de la que habló Ortega y Gasset.

Miedo, miedo, miedo. ¡Qué jaculatoria ni qué nada! Miedo. Miedo. Miedo. ¿No ir, por miedo? ¿Adiós Mediterráneo, por miedo? ¿Adiós mar, viento, oscuridad, estrellas, soledad, vida, inmensidad, por miedo?

¡Miedo! Parálisis. Un número incalculable de centinelas rodeando mi cabeza, acechando, prestos a usar la metralla. ¿Cómo me escapo? ¿Dónde está el puente levadizo?

Rendija: prohibido todo medio que dé información sobre el Ébola.