Corte de caja

Hablar sobre la fugacidad del tiempo acabará siendo un lugar común. Así mi 2023.

Jekemir, en la primera cuadra de Prado Norte, se volvió un lugar irreemplazable. El café también, gracias a Vladimir. Hoy, esa zona es un hervidero de gente al que se suma un ejército de guardaespaldas que conducen autos que simulan tanquetas. 

Yo la recorría en bicicleta cuando los establecimientos todavía se podían contar con los dedos de las manos: el restaurante China Girl —de verdaderos chinos llegados de Asia—, la dulcería, los helados —La Michoacana, claro está—, flautas, tortas y aguas frescas La Delicia, y una farmacia, de esas donde había una máquina esquinada que por un peso revelaba el ídem.   

Encuentros y reencuentros, ninguno casual. Personas que nos alegran y que empiezan a echar raíces en el trompo chillador que es la vida.   

También hubo bajas, unas porque la muerte cercena el instante; otras, porque entendemos que el deseo de compartir no se fuerza.

La salud mental sigue hablándose en silencio. Yo la grito, lo cual no significa que sus redes me liberen.

Así las cosas, asado la casa —cada vez más pelona— y un nuevo ciclo —creo yo— para seguir creciendo.

Mis mejores deseos para quienes dejaron una pasada de ojos en las entretelas de algún retazo.

¡Hasta 2024!

Fut

Jamás iría a festejar al Ángel. Es más, si fuera el Ángel me iría volando. Aquí sí, el dicho «nunca digas de esta agua no beberé», me pasa a hacer los mandados. No sé de dónde saqué lo eremita, aunque para nada me refundiría en un cenobio ―palabra, esta última, de mi padre (aleluya, aleluya).

Por supuesto, me dio muchísimo gusto que México le ganara a los cochinos ―¿dónde quedaron los cartoncitos rojos?― coreanos. ¡Bien por Vela y el Chícharo! Y como al César lo que es del César, la anotación del tal Son fue de lujo. Confieso que sufrí los últimos minutos, igual que padecí la cuasi inminente eliminación de Alemania del Mundial de Rusia 2018. Cuando vi que el tiro de Kroos horadaba la portería de Olsen me eché mi grito y una ridícula corridita. ¿Cómo no hacer aspavientos, si desde que era adolescente seguí a los alemanes? Rummenigge, Littbarski, Matthäus… Además, ver a Franz Beckenbauer era de platito para que cayera la baba.

Tengo cierta debilidad por los teutones; por ahí, en el cajón de los recuerdos, está Mathias Paetz. Total, que me doy por bien servida con la jornada: México y Alemania siguen vivos.

Hasta verte Jesús mío

Me encantan mi terraza y la combinación del verde con el rojo; el cielo es gris; las torres azules de la iglesia me transportan a la plaza principal de un pueblo; veo flores de buganvilia tiradas en el piso: son fucsia.

Aún hay sol, pero no tarda en oscurecer. ¡Eso es!, se me hace de noche, bien negro, cuando se le escabulle la conciencia a alguien que quiero y que bebe rojo, blanco, amarillo, verde, transparente o del color que sea.

He constatado cómo bullen máscaras de violencia, letargo, estupidez, sadismo, necedad, llanto, agresión. Me tocó convivir con él desde niña. Me hizo rogar —por escrito, con palabras, a gritos, entre cortinas de lágrimas e incluso frente al amargo sabor de la derrota.

Detesto los efectos del alcohol; a veces hasta siento odio, pero cuando se convierte en #SalidaEvasiónHuidaTapadera hay poco o nada que hacer: depende de quién empine el codo.

Confieso: no entiendo la diferencia entre tomar dos copas o una botella, entre disfrutar del alcohol o quedar hecho un imbécil, entre pasar un buen rato u olvidarlo todo.

homero

A mí me desquiciaría ignorar lo que hice, cómo lo dije, cuánto lastimé o a quién perdí.

Hasta diciembre.