―¿Me pasas esa estrella?
―¿Para qué la quieres?
―Aquí abajo está muy oscuro.
―¿Y por qué te metiste?
―¿Me vas a pasar la estrella o no?
―No.
Cerré los ojos con todas mis fuerzas, extendí los brazos lo más que pude y la atraje hacia mí. Después ya no quería dejarla ir, porque nunca había visto tanta luz junta escurriéndose de mi tórax: mis párpados estaban sellados y había decidido no romper el hechizo.