Sí, José Alfredo, es un mundo raro. Quieres, pero te da miedo. Siempre lo deseaste y, como autómata, cierras el libro antes de leer la primera línea. Portazo a sentir, a vibrar, a crecer, ¡a vivir! Como un candado sin llave, una lancha sin remos, un helado sin cereza, una particella sin intérprete, un filósofo sin ideas y una zebra sin rayas.
Ese mundo raro salía del diafragma de Chavela, ronco y multiplicado por días, horas, minutos y segundos: raros.
―Tal vez si te llevo a dar un paseo a la orilla del lago y ves árboles, flores, pájaros, perros, niños jugando…
No quiero decepcionarte ni hacerte sentir que es inútil, pero no quiero salir ni ver nada. Lo que dices es verdad. Estoy encerrado en mí mismo, me dedico a representar escenas que desembocan en laberintos, estoy lejos de mi música, cavilo sentado en un sillón y frente a una ventana que da a una calle donde nada llama mi atención, me muevo en espacios que van a dar al mismo nudo. Vaya, con decirte que no me comunico igual, que no me fluyen las palabras, que se me congelan las ideas a tal grado que temo hablar. ¡Y la comida! No hay antojos, ni mmmm, ni ganas de cocinar algo con cara apetitosa. A veces ni hambre, así que salta mi instinto de supervivencia y me obligo a probar algo, lo que sea.
Pero, por favor, no dejes de insistir, no te canses. Por ahí hay un algo, solo eso, poco tangible, que me dice que puedo.
Es verdad, hace mucho que no charlamos. Lo que no sé es si te gustaría charlar conmigo. Te echo de menos ―escapadas, risas, confesiones, juergas―, pero no quiero que te tropieces con este otro yo que me deja poco tiempo para ser objetivo. Mis despertares son una alarma que no puse, pero que escucho. Y cuando la escucho me hago el remolón hasta que una brizna de voluntad me saca de la cama. Entonces me obligo a desayunar ―imagínate, casi no de mi café― y a hacer lo que no puedo dejar de hacer. Si no lo hiciera sería mi ruina.
Conforme pasa el día me siento un poco mejor. ¿Cómo te lo explico? Hay más claridad y menos dudas. Mi cerebro se da el lujo de aceptar ideas benévolas. Y cuando llega la noche me siento bien porque sé que se acerca la hora de dormir ―por fortuna, duermo―, de escapar, de olvidar, de no pensar, de soñar, y tal vez hasta de morir un poco. ¿Eso me hace un necrófilo? ¿O acaso me juzgo con mucha severidad? Es posible, porque siempre lo he hecho.
Lo cierto es que tengo poca paciencia para zambullirme ―dicen que solo será un tiempo― en mi mar gris. ¡Es desesperante! ¿Sabes? Quisiera abrir una puerta y caminar por el Campo de trigo de Van Gogh. Pero hay cuervos, ¿verdad? ¿Ves?, acabo traicionándome porque para mí esos pájaros son de mal agüero.
Quiero que sepas que morir un poco es como sacar una bandera blanca y pedir una tregua. Pero morir morir, lo que se dice morir, no quiero. Espero la noche porque puedo ver flores en un balcón de Barcelona, porque el calor no me da frío, porque me descubro como soy, y porque quizá, en una de esas, me encuentre contigo para seguir charlando.
Es que Ana flipaba… De por sí no se le daban el optimismo ni las castañuelas como para tener que arreglárselas con el maldito PMDD (las siglas en inglés). ¿Qué rayos tenía que ver con ella un trastorno de la respuesta celular al estrógeno y la progesterona? ¡Mugres, mugrientas y horripilantes hormonas!
Cada mes esperaba —y enfrentaba— el ataque de unas tijeras que la partían por la mitad. No se aguantaba ni ella misma. Miraba fijamente a un punto en la nada de su cerebro mientras pasaban ideas y pensamientos que desechaba con saetas ponzoñosas: leer (pero si no se podía concentrar); salir (¿a dónde?, ¿para qué?); oír música (ay, la bocina estaba guardada); escombrar su casa (¡uf!, ¿por dónde empezar?); salir con alguien (no era buena compañía).
Era boicot tras boicot. Acababa encerrada en su Nautilus, respirando agua y mordiendo aire. Además, impaciente como era, no llegaba a ninguna isla, a ningún lugar soleado donde siquiera la esperara una piña colada.
Porque, a decir verdad, ¿qué rayos se supone que debe hacer una mujer que carece de la más mínima motivación, que se siente insegura, que tiene miedo, que no se despega del mal rollo, y para quien todos los seres que pueblan la tierra se las gastan mejor que ella? Ideas y más ideas; las de siempre, las de su infinito, las latosas y lastimeras desde su infancia: perlas negras de su infierno.
Ana, la maja de Ana, su cabeza tan llena de todo y su ser tan falto de energía, fuego, pasión, ardor.
Algo está pasando con la calidad de mi sueño, que solía ser buena. No me «repara», difícilmente alcanzo las 7 horas (6:15, 5:42, 6:31), y hoy de plano abrí el ojo a las 4 y cachito. ¡Es una mentada de madre!
Sin embargo, soy portadora de un cerebro alocado, latoso y mentecato. Se conecta con la realidad en cuestión de centésimas de segundo. Lo que para otros se traduce en mal humor, somnolencia, lentitud y por lo menos dos tazas de café, para mí es automático. Así que en la madrugada, cuando de plano no hay posibilidad de resolver gran cosa, empiezo a pensar en un futuro que no existe, pero que sí tortura.
Así que colaboro (como diría un colombiano), me doy un relumbrón con la luz del celular y pongo un video en YouTube en el que leo SLEEP: You are your own universe, with your own ideas, your own creations. Inside you is a living soul that vibrates with the rest of your own galaxy.
Me encantaría que las ideas de mi universo no se colaran en mi sueño y que el alma que me habita vibrara un poquito más lento con el resto de mi galaxia.
Ei (sí), blog abandonado, pantalla en blanco (¿recuerdan El libro vacío?), disciplinamachacada, ideas encarceladas, cerebro putrefacto: huevonería.
—Pues ya dale mate. Total, ni escribes.
—Mi’ja, ¿cómo así? No me diga eso…
¿Se nota que estoy picadísima con la serie sobre Pablo Escobar? He adoptado el modito colombiano, aunque me niego a morir en la «verraquez» del pretexto anti texto y de la «huevonada» (lo anterior incluye el perico).
—Chale, es la verdad.
Y la verdad no peca, incomoda muy harto: tres retazos en febrero y cero hasta el miércoles 9 de marzo. Puedo optar por el perenne flagelo o sentarme frente a la pantalla, en blanco.
¿Qué será, será? Lo que vaya a ser, será…
¿Cómo así, mi’ja? Nada de retarme: este proyecto sigue vivo.
Todo el día tuve frío; imagino que la congeladora echó raíces en mi cuerpo.
Ahora llueve, así que me guardo: no salgo a caminar; me quedo con las ganas de ir al parque Miraflores y de tomar un «cafetín».
¿Saben?, por lo general me receto, convencida de mi ineptitud, que las manualidades no se me dan: dibujar, pintar, moldear con plastilina, coser —ya no se diga tejer—, arreglar (to fix) e incluso abrir un regalo.
Y lo manual, que debe ser terapéutico, me vendría bien, porque en vez de atascar mi cabeza con cientos de ideas y pensamientos que me catapultan a la tristeza estaría entretenida intentando apaciguar mis manos, de por sí atrabancadas e impacientes.
Pues ahora, en un intento por frenar la velocidad Boltiana (recuérdese al velocista jamaicano Usain Bolt) de la loca de la casa, me han puesto a colorear.
—¿Qué?
—Sí, te compras un librito de mandalas para colorear.
—¿Es una orden? (Leo que mandala es una palabra tibetana que significa «aquello que rodea a un centro«. También recurro a oooooom Wikipedia; me entero de que para Jung el centro del mandala figura al sí-mismo. ¿Qué habrá en el centro de mi intrincado mandala que ha pugnado por apropiarse de su proceso de individuación?)
—¿Y me siento con placidez a iluminar como cuando iba en la primaria?
—Con placidez o sin ella, necesitamos sacarte de tus pensamientos. Compra unos colores que te gusten y cuando empieces a rumiar tus penas, ¡pinta!
Aquí los 24 lápices de colores Prismacolor.
Nótese el autoritarismo: Nazi Style.
Tiendo —ahora con menos enjundia— a tiznar mi vida: negro y blanco, sin matices ni escalas de grises. Quizá me haga bien elegir un color, sacarle punta al lápiz y mancillar el papel hasta que los pedacitos de mi mandala adquieran tonos intensos, tirándole más al arco iris que a la oscuridad.
Ayer, cerca de la media noche —la relatora seguía con el ojo pelón—, sonó la alerta sísmica (¡ay, nanita!): treinta años y diez días después del anunciado simulacro para rememorar el desastre causado por el terremoto de 1985 en la ciudad de México.
Por si acaso les decían que no estaban chambeando…
¿Qué rayos hacer? En el ir y venir de la crónica de un jalón anunciado, atiborrada de ideas inconexas y con cierta parálisis psicomotora (eufemismo de «en la pendeja»), lo menos que esperaba era un repentino escupitajo de la tierra.
Brinqué de la cama y atiné a ponerme el brassiere: mi hermana sabe que lo hice en bien propio y ajeno, en beneficio de una parte de mi cuerpo de la que fui generosamente dotada.
Entré en un estado confusional del que salí ilesa, sin que se sintiera nada. Alarma igual a sismo: ¿error humano o benevolencia terrestre? Dale que dale al Twitter cuando @ManceraMiguelMX informó que la magnitud había sido de 4.8 y el epicentro al noroeste de Ometepec, Guerrero.
El numerito es infame: ¿resulta contraproducente el ulular de los altavoces y la voz masculina que repite “alerta sísmica”, “alerta sísmica”, “alerta sísmica”, “alerta sísmica”…?
No se trata de criticar la medida que pone en guardia a los ciudadanos del Distrito Federal, sólo relato la experiencia de una mujer ya condicionada —recuérdese el famoso perro de Pavlov—, con los pelos de punta, que a duras penas se enfunda su inseparable prenda mientras espera que la tierra se acomode y que de preferencia no sea a gritos.
El tipo del leitmotiv se oía de fondo y con vehemencia, confundido con las voces de los vecinos que bajaron las escaleras en procesión.
¿Cómo reproducir el sonido de la alarma con una onomatopeya? Da igual, ¡qué paranoia!: ¿se sentirá muy fuerte?, ¿me quedo en casa o bajo a hacerles compañía, temblorosa de frío y de miedo?
Lo más que hice fue otear: abrí la puerta —cada vez que lo hago se oye un ruido como el de alguien que levanta la escotilla de un fregadísimo NautilusMX—, ni un alma en el cuarto piso, seguíamos sin movimiento y sólo se escuchaba el murmullo de quienes ya se alistaban para meterse a la camita.
¡Nel, ya pasó el susto! Total, que la asociación entre #AlertaSísmica y #hazdetripascorazón se quedó en el limbo.
Falsa alarma. Hoy otra, en un consultorio médico —ahora que de 5.2 y al norte de Zihuatanejo—, temblor que tampoco sentí. Menos mal que todavía no entraba con el doctor porque me hubiera encontrado casi en las mismas condiciones que el día anterior. Oh my dog!