Ensueño

En las tardes, mientras miraba por la ventana, su exhalación se dispersaba haciendo cabriolas en el aire. La niña las seguía, embelesada, y las correteaba con ojos grandes y boquita en forma de «O». Quería tocarlas, enredarlas en sus dedos, atesorarlas en la caja de habanos Te-Amo, encerrarlas en su pequeño puño, atraparlas como mariposas, contarlas cual cuentas de pulseras.

Y pedía más: «¡Más!»… Hasta que el ambiente se llenara de ellas y el tabaco impregnara su estudio. La niña intentaba, pero se le iban al techo, o se pegaban a la lámpara de hojas verdes y amarillas; o se escondían, juguetonas, detrás del sillón, o, si estaba muy atenta, veía cómo se sumergían en la taza llena de plumas.

Lo que sí podía hacer era soplar y manotear; soplar para encaminarlas a su antojo ―prefería que cada una encontrara su camino, absorbida por las nubes o capturada por el follaje―, y manotear para hacerse la ilusión de que todas esas donas de humo las hacía para ella.

Al final, como todos los días, quedaban un estudio vacío, el sabor del juego, el olor, las imágenes que imprimía en su cerebro, una colilla, y cenizas, solo cenizas.

Brrrrrrr

Empezamos la semana con una baja considerable de la temperatura. Además del frío, una lluvia testaruda. No estamos acostumbrados a congelarnos a pelo; me refiero a que las casas con calefacción en la Ciudad de México deben ser pocas. Lo que yo hago, dado que me molesta sentir frío, es cargar mi calentador eléctrico de un lado a otro.

¿Se imaginan los 16 grados bajo cero que entumieron a la población de La Rosilla ―por decir lo menos― en la sierra de Durango? Leo que «[…] es uno de los lugares habitados más fríos de México».

Vi nevar por primera vez cuando viví en Rhode Island, al que llaman The Ocean State. Uf, lindos, suaves y alegres copitos de nieve cayendo sin cesar hasta pintar todo de blanco. ¡Qué belleza!, ¡qué tersura!, ¡qué brillo!, ¡qué paisaje inenarrable! ¿A poco? Eso, el gozo, hasta que se derretía la ilusión en la nieve sucia, el hielo resbaladizo, el trabajo inexperto con la pala y las llantas de los coches enterradas.

En esos lugares se aprende el famoso «layering», es decir, el uso de capas de ropa para hacer como con las cebollas: irse pelando. Así que llegaba la maestra, estacionaba su Toyota azul de velocidades ―artefacto fiel y milagroso que, por 500 dólares, la trasladó sana y salva durante el tiempo que estuvo en la costa este de Estados Unidos―, y abría boca y ojos para ver a los estudiantes en mangas de playera, shorts y chanclas cuando la temperatura «subía» a 9 grados Celsius. Y es que ella llevaba camiseta, suéter de cuello de tortuga,  abrigo y bufanda.

Obvio, el salón de clases tenía calefacción. Sus alumnos muy a gusto mientras ella empezaba a quitarse ropa, sin lograr atajar las gotas de sudor que recorrían su espalda.

¡Y qué decir de la primera vez que desapareció el sol a las cuatro de la tarde! Újule, no era hora de ir a la cama, ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Cavar un hoyo y convertirme en topo? «Focus, hija, focus, te acaban de reparar el tendón de Aquiles y no puedes apoyar el pie izquierdo; ergo, no das un paso sin muletas; tu atuendo incluye una aparatosa bota, afuera está como boca de lobo y viniste aquí a estudiar una maestría. Abrí El mismo mar de todos los veranos y empecé a leer… con luz eléctrica.

Libro mundo

Mi «taller» de lectura está hecho de retazos de letras, de fragmentos cuyos mensajes se parecen a nuestra vida: a lo que nos sucede un día, a lo que sentimos otro, a lo que lloramos de vez en vez, a lo que callamos con frecuencia, a lo que tememos por costumbre.

En ese pequeño círculo, donde solo somos personas, se puede hablar ―si se quiere― del miedo, la angustia, la inseguridad, la añoranza, la ilusión, los deseos, el fingimiento (máscaras protectoras), la frescura, el amor, el dolor…

Nada más hay que exprimir el texto; hay que sacarle jugo a cada idea concatenada con palabras; hay que sentir e interpretar desde nuestros pozos, que siendo distantes y disímiles, se tocan en el vértice donde concurre nuestra humanidad.

Gracias a Juventud, Luz y Esperanza, gracias a Ellos, he releído algunos de mis libros más entrañables, llenos de historia, de momentos, de lugares, de recuerdos y de tiempo ido, que recuperamos en hojas con marcas, subrayados, comentarios al margen y restos de memoria.

De expectativas y cosas peores

Tener expectativas es parte de vivir; como querer ser la líder encestadora cuando se juega baloncesto, o como dar una clase y conseguir que los alumnos presten atención, aunque los tiente el poderío de las pantallas, es decir, del mundo virtual, donde «soy mejor» mientras más «amigos», likes y seguidores tenga.

La cosa se pone ruda cuando la expectativa, si sucede que uno va a psicoterapia, consiste en abrir la puerta un día cualquiera y descubrir que todo es como no era, que dejaste de ser tú, que te sacudiste la pesada carga genética, que tus neuronas y neurotransmisores se confabularon para dotarte de dopamina original (adiós a la pirata), que dejaste atrás miedos, inseguridades, tristezas, decepciones y complejos. O sea que, de acuerdo con esa ilusión, al accionar la manija para pasar del otro lado estaríamos borrando nuestra historia con un punto final inexistente.

Sentí angustia cuando entendí que por ahí no iba la cosa; lloré, pero hubiera querido hacer un berrinchazo. Cuando llegó la realidad, lista para acribillar la expectativa, constaté que nada sería distinto, aunque también reparé en que de lo que se trataba era de que yo me fuera haciendo de herramientas para lidiar con una puerta que, independientemente de estar abierta o cerrada, me permitiera moverme en un espacio edificado y matizado por mí, sin necesidad de patear mi recorrido.

Y llegó la pregunta: ¿si una lagartija se somete a tratamiento psicoterapéutico, qué sale del consultorio cuando toma la decisión de irse?

Ojo, estimados lectores, veremos salir a la misma lagartiga, nomás que «terapeada». Se va cargando su morral, quizá menos pesado que cuando llegó, en la negación más absoluta, con su sombrerito, lentes Ray-Ban espejados, gabardina negra y cigarro apagado entre los dientes.

Así de fácil

«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida»… Así dice la canción, ¿no? El verbo «sorprender». De las definiciones que da la RAE, me quedo con ésta: «Conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible».

Ah, caray, como…

franja
En el Mediterráneo. Foto de la autora.

Como el paisaje oscuro de mar bravo y barco fantasmal partidos por una franja clara al ras de la tormenta, como la muerte que se espera, amable, ante la aguja con morfina, como el disparo en la garganta que mancha una tina blanca en pleno día, como el camino que de repente se amarga por culpa de la mano que saca una navaja, como un «mi amor», como el grito de muerte que profiere una madre en absoluta soledad, como todos los tonos de verde que la luz clava en nuestros ojos, como el dinero que carcome a las familias, como el instante en el que se tiene conciencia de ver al otro con ilusión, o como… como…

Como cuando te hackean la vida en un suspiro.