Salpican imágenes con hornos, comida, gente, barullo, lumbre. Cercana al calor y lidiando con papas; un tubérculo, el más real de la marejada nocturna. Se sienten desasosiego e ineptitud. Idas y venidas, como moscas que aturden y descolocan.
—¿Quién vive?
Por ahí anda Mónica. También caras familiares, borradas desde el inconsciente. Deviene en una marmitona que clama que ¡no le gusta cocinar, que ahí lo deja!
Y luego, ¡luego!…
Está de pie, con una bolsa de plástico entre las manos: burlona, desafiante e impasible —sí, como cuando se convence del odio que le profesa la consanguínea; esa, sí, la de Las Mañanitas y no el Happy Birthday—. Una impertinente y cruel mexicana que suma 27 años más viviendo en el país que se ahoga a patadas y da patadas de ahogado.
Y entonces, ¡entonces!…
Armándose de valor, sin empequeñecerse frente a su desparpajo, le espeta: “¡Sí, siempre estás conmigo, es lo que me dices!”.
Acto seguido, ábrense un par de ojos, de par en par, que asienten, incrédulos, con el primer parpadeo.


