Punto final.

Son sólo pedazos que nublan y salpican evocaciones de tiempos, espacios, formas, maquinaciones.

El apuesto tío abuelo —ojos claros, rubio, nariz recta, labios carnosos— de la fórmula química y el brebaje (¿33As?). Bien podía haber sido un príncipe o emular al Discóbolo. Una foto ovalada en blanco y negro, detrás del cristal de un librero antiguo, era suficiente para admirar tan hermosa virilidad.

El hermano y tío con nombre de emperador romano, a quien le corría un hilo de sangre que seguramente empezaba a secarse. Subió las escaleras de piedra y entró en el baño. Nadie en la casa de Tres Picos.¿Cuánto tiempo? El intenso rojo contrastaba con el blanco de la tina, con su belleza impasible y con las mejillas aún sonrosadas. ¿Alguien vio el revólver?

El chaval del 17 de junio, internado en un hospital psiquiátrico de la Francia de Jacques Chirac. Apenas 20 años, guapo, naturalmente fuerte y con dotes físicas extraordinarias. Sábanas en una escena que también mató a los vivos. La noticia llegó en época de yo tambaleante, el centro herido con esa saeta.

Ahorcamiento que dio con la del martes, de madrugada, en silencio aparente. Un libro con algo de seudónimo que esquivó su lengua materna, mas no el apellido de la madre; un mensaje (you came back a stranger), gritos con trazos de talento —¿como el de Munch?—; inesperada convocatoria a dar clic para llegar a misa.

¿Qué sucede en ese instante? Angustia, desesperación, agallas, miedo, desvalimiento, fuerza, rendición total: delgadísimo filo entre seguir aquí y dejar de ser cuerdo. Debe ser nada y todo el tiempo de decidir.

Joven varón que llevaba el nombre del fundador de la Ordo Cartusiensis. Piamio. Alfredo. Octavio. Albus Serra. Allen M. ¿Cómo torturaron su mente para huir de lo conocido y habitar el reino de las más personales tinieblas? Un reloj de arena que escupió granos imperceptibles.

El mayor pasaba los bajos 30.

A big girl now

Dejó los caramelos Acuario, las guerras de chocolates See’s Candies ―aparecían bajo la almohada o dentro de las sábanas, en cajones o clósets―; también las Palelocas; los pirulís, que se alargaban a chupetadas, e incluso la barra de chocolate Ferback rellena de mazapán.

Después se escurrió por todos los rincones, quedándose pegada al cuarto más iluminado: la silla negra con ruedas, el archivero repleto de historia, el par de sillones que acogieron su último esfuerzo, la supuración próxima al final y el ulular de la sirena.

Al último echó en su mochila los números 8 y 9, y 4 y 5. Los mezcló, y en un instante creó una masa informe en su cerebro. Pudo distinguir café y azul, blanco y nublado, machete y raqueta, humo y soplido, letras y cartas; eso sí, las mismas manos.

Entonces logró darle forma, y construyó una imagen escindida, aunque el fuego nunca se extinguió.

Mujer una de las partes. Mochila al hombro, viaje en solitario, pero siempre azules y cafés.

¿Y la chiquilla? Sentada en su escondrijo, cabeza gacha, con un libro abierto entre las manos. Lagrimeaba sin parar; mojaba las hojas. Lo que no sabía era que acabaría sonriendo a costa de El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez.

Monja, ¡no!

Dice la RAE que la vocación es la «Inclinación a un estado, una profesión o una carrera». Digo yo que mi vida no se parece a lo que soñé hacer ni a lo que tal vez algún día imaginé. He hecho lo que he podido, sobre todo enfrentarme a un cerebro inquieto, obstinado y proclive al desequilibrio.

Con todo y el vaivén químico, mi corteza prefrontal le ha puesto freno a los caprichos del sistema límbico. En gran medida me ayudó el deporte, la única actividad que lograba sacarme de un marasmo de pensamientos negativos que hacían una fila interminable para clavar su aguijón.

En este instante se me ocurrió que mi vocación ha sido salvarme, para lo cual he tenido que hablar, intercambiar ideas y comunicarme de la manera más honesta y precisa. Hablar ha hecho que vea de cerca a mis demonios, que me ataquen, que me amenacen, que me congelen, pero también que los mire de igual a igual, con la fuerza que hoy reconozco que tengo.

Hace un par de días mi papá me dijo, serio y enfático, que mi vocación es escribir.

¿Será?…

Imagen: https://www.google.com.mx/search?q=nun+funny&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwjLqY_hjardAhVMzIMKHeRHBi8Q_AUICigB&biw=994&bih=420#imgrc=udnnjwvDVAkAnM

 

Tiempo

Sí, mamá, faltó algo en nuestra despedida. Pero lo tenía que haber pedido yo, no tú. Solo cinco minutos ―o dos, o tres― antes de que la morfina empezara a hinchar tus venas. Sé que te dije muchas cosas cuando aún respirabas con los ojos cerrados, pero tuve que haberlo hecho cuando todavía me veías, cuando podías apretarme la mano y quizá reírte conmigo por penúltima vez. Penúltima, porque la última sonrisa se la regalaste a Hilda en el instante en que empezó a sedarte. Lo tomaste con toda paz. Claro, era un acuerdo tácito: tú querías irte y ella conocía la salida.

 Por cierto, ¿dónde estás?

Así de fácil

«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida»… Así dice la canción, ¿no? El verbo «sorprender». De las definiciones que da la RAE, me quedo con ésta: «Conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible».

Ah, caray, como…

franja
En el Mediterráneo. Foto de la autora.

Como el paisaje oscuro de mar bravo y barco fantasmal partidos por una franja clara al ras de la tormenta, como la muerte que se espera, amable, ante la aguja con morfina, como el disparo en la garganta que mancha una tina blanca en pleno día, como el camino que de repente se amarga por culpa de la mano que saca una navaja, como un «mi amor», como el grito de muerte que profiere una madre en absoluta soledad, como todos los tonos de verde que la luz clava en nuestros ojos, como el dinero que carcome a las familias, como el instante en el que se tiene conciencia de ver al otro con ilusión, o como… como…

Como cuando te hackean la vida en un suspiro.

Octubre turbocargado

Cajas: poco a poco, sola, más acompañada por la ansiedad y la nostalgia, dejo atrás el espacio que habité cerca de 11 años.

Cumpleaños de mi hermana: festejo lejano si considero la distancia, cercano si acumulo el amor y las vivencias con mi compañera de útero materno.

Cirugía de corazón a los 34 años: exitosa, salvavidas; de aquí pal’ real Regina va y viene con un moderno (mágico) desfibrilador de 80 gramos que todos los días, de madrugada, emite señales que traspasan la Puerta de Brandenburgo para comprobar que aún alienta la portadora de un Biotronik.

Crisis: durante algunos días revolotearon en mi mente tres potentísimos defensores que me protegieron del miedo.

Blog: descuidado, que no abandonado.

Firma: por fin. Mi casa, mi hogar, mi nuevo espacio, mi logro.

A esto último atribuyo mis despertares de octubre. El ojo pelón a las 3:47, 4:04, 5:02, 4:45. ¡Qué alucine! Órale, trata de dormir, intenta meditar, respira, jala aire aunque sientas que se atora en tus pulmones (dicen que en ellos podemos albergar tres litros de aire y que cuando respiramos sólo aspiramos medio litro), no prendas la luz, manda a volar los pensamientos que hacen fila con ahínco. ¡Güey, a la goma con las cosas que no puedes resolver en este instante! El dulce «aquí y ahora» vale para pura tostada.

¿Tendrán que volar mis dos libreros? ¿Cómo van a subir objetos grandes y pesados por mi escalera de caracol? ¿Lastimarán el blanco de las paredes? La roja, ¿quedará intacta?

Ay, Dios, ¡ya! Como dice este señor: “Que te envuelva una hermosa esfera de luz blanca y que fluya adentro y alrededor tuyo. Es energía divina.”

Pues por más divina que sea los pensamientos remontan la fila y empiezo a ver muebles, aparatos para hacer ejercicio (respira, duérmete), chapa de seguridad, cajas de cartón (respira, duérmete), escalones, papeles importantes (esos me los llevo yo)…

Antes de abrir el ojo este lunes 26 de octubre mi cuarto de atrás me trepó a una escalera para colgar dos recuadros plastificados que contenían información “esencial” para la gente de mi ex trabajo. Ahí los querían ¡a como diera lugar! Nada más faltaban esas dos vaciladas para alcanzar la infantil perfección que tanto se cacareaba. ¡Madres!, no sólo desperté antes de tiempo —oootra vez—, sino que volví al lugar donde la enfermedad mental escurría de las paredes; ahí se forman y crecen adultos de kínder, expertos de plastilina, profesionistas maleables, muñecos de trapo atravesados por agujas insensibles, hipócritas, sadomasoquistas, pútridas y berrinchudas.

agujas

vudu doll

Qué bonita familia, como diría el idiota de Pompín Iglesias en la embrutecedora serie «Mi secretaria».

A mudar de piel en 31 de octubre de 2015 con todo y calabazas de Halloween. En el ínter, ¡respira!

Llantas de ayer y hoy

¿Recuerdan las cámaras de llanta que algunas personas usaban para flotar cuando chacualeaban en el mar?

"Es lo que hay"
«Es lo que hay»

Nada parecido a las donas decoradas, a las camas flotantes y a la bola de cosas que se han inventado para el entretenimiento acuático.

A gusto...
A gusto…

Sobre todo conservo esos recuerdos de las veces en que nos zambullimos en aguas decididas a no transparentar sus secretos, como las de Veracruz o Acapulco, donde lo velado se descubría con los pies y las manos, en el mágico instante en que uno decidía sumergirse y tocar el fondo.

Ahí estaban, integrantes de una familia feliz y numerosa, fascinados con un pedazo de caucho al que podía sentírsele el pivote, agarrados hasta con los dientes para evitar hundirse y tragar más de medio litro de agua salada.

drowning

De manera coloquial, sobre todo en América, una llanta es un pliegue de gordura que se forma en alguna parte del cuerpo. Y no crean, ¡en inglés tienen su equivalente, son las llamadas love holders, que en español vendrían a ser “agarraderas del amor” (¿o quizá de la lujuria?). Dioses, imagino la escena y me parece un tanto draconiana, ¿no?

El chiste es que los redondeles de caucho vienen a cuento por vil asimilación; conforme van pasando los años se afloja la piel y se adhiere como parásito a la barriga de los terrícolas.

Hace unos días fue cumpleaños de una amiga que ya rebasa el “tostonazo”. He aquí nuestro diálogo:

—Ya no tengo panza.

—Ay, güey, claro que tienes, bajar de peso no hace que la llanta desaparezca.

—¿Entonces me dirán “la niña de la panza”?

Yo discreta y sin revirar…

—No, más bien “la ruca de la llanta”.

—Ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja…

—¡Sabía que lo estabas pensando, por eso me doblegué!

—Los eufemismos y suavizantes del lenguaje, querida, no es lo mismo “la niña de la panza” (una escuincla lombricienta) que “la ruca de la llanta” (una gorda entrada en años… y en carnes).

Sin palabras
Sin palabras

Soy horrible.

Hasta la próxima.

El último jalón

Sé poquísimo sobre el santoral. Mi madre, ya lo he escrito y espero que no hasta el cansancio, murió en un soleado y casi primaveral 19 de marzo. Recuerdo que hubo personas que me comentaron que ese día se celebraba a San José. Curiosamente, el segundo nombre de mi dolorosa era Josefina, quien hacia el final de su vida entablaba conmigo diálogos como éste:

Riiiiiiiiiing
Riiiiiiiiiing

—¿Bueno? (¿De dónde habremos adoptado la costumbre de contestar así el teléfono? ¿Bueno qué? Buenos los santos, los manjares que nos alegran la vida, una película, la Tesorito…)
—Hola, mi amor, prende la tele y pon el canal “x”, están pasando la vida de San Gregorio Barbarigo (¡Ah, caray!, ¿san what?)
—Ay, madre, ya sabes que a mí me da exactamente lo mismo.
—¡Pero está buenísima!
—Má, vela tú, además estoy haciendo otras cosas.
—Bueno, amor, pero si le quieres prender, mi canal es “x” (ya se lo había apropiado, era su canal)

Gracias a que mi papá es el bibliotecario de su propia casa y a que me prestó La casa de los santos, de Carlos Pujol —literato, universitario, crítico, traductor y novelista español—, sacudíme la ignorancia y enteréme de que San José es patrón de la buena muerte. ¿Acaso puso su granito de arena en la muy tranquila y digna que se llevó a la autora de mis días?

Había llegado el momento, su doctora estaba en vísperas de sedarla, de ayudarla y ayudarnos a que la despedida fuera menos abrupta.

—¿Qué sigue?

—Doña Mónica (su primer nombre) se va a dormir, estará como en el vientre materno, sentirá sus caricias y escuchará a cuantos quieran hablarle, pero ya no abrirá los ojos.

La elección de Mónica Josefina fue diametralmente opuesta a la de quienes deciden (o les toca) pasarlo en hospitales: tubos, monitores, entradas y salidas de médicos y enfermeras, olores inconfundibles de cuartos, pasillos y sustancias.

monitor

Cierto que el trago amargo es indeleble, pasa por la garganta y resuena en el corazón, aunque con ella sobre su cama y en su casa paladeé cierto dulzor que permaneció en mi lengua. Sólo me arrepiento de no haberle pedido a H que me regalara cinco minutos más, aunque todo estaba dicho, más con los ojos que con palabras.

Antes del golpe de morfina le sonrió a su doctora, después esperó a que llegaran mi hermana, la protagonista de sus últimos minutos, mi padre (ante su voz fuerte y sonora intentó jalar sus párpados), y el sacerdote, en ese orden.

En cuanto a las demás personas que estuvieron presentes, de todas inspiró algo: convivencia y primeros flirteos, veinte años de cuidados con sus broncas, uno de exquisitos platillos que ella misma se encargaba de pedir y dirigir, varios de visitas de un par de testigos de las escaramuzas madre-hija, y un instante, lo que dura una noche, del trato más humano y digno que una persona le ofrece a otra sin conocerla.

Jalaba el aire entre pausas cada vez más prolongadas, de repente se quedó en una eterna y calma interrupción.

San José, una buena muerte y jacarandas en flor.

Hasta la próxima.