#TecnoAdictos

Tiiin, prrr, bip, diing

Da igual cómo se oiga, el hecho es que suelo vivir al tanto de los sonidos de mi celular; cuando mis tímpanos vibran sé distinguir entre el de un correo, un SMS, un tuit o un mensaje de Whatsapp.

Ridículo, nunca imaginé estar tan pendiente de una cajita —perdón, teléfono inteligente— que además de hacer y recibir llamadas me permite leer, navegar por Internet, adquirir y desaparecer aplicaciones, enterarme de lo que sucede en cualquier parte del mundo, jugar y un largo e inexplorado etcétera.

El meollo es que quiero “bajarle una rayita”, no es natural que dé una respuesta casi inmediata cuando alguien me interpela, como si en el ínter mi actividad principal se redujera a rascarme el ombligo con una pluma de cisne.

pluma

Es patético, porque ¡sí hay adictos a la tecnología! Acabo de ser testigo de una reunión —por lo visto amainan las charlas de café— en la que los cuatro participantes, de distintas edades, “convivían” con sus semejantes mientras usaban su teléfono celular. Entonces, ¿para qué sentarse en la misma mesa?, ¿por qué tomar en cuenta al otro si una fría pantalla les puede ofrecer una experiencia completa?

Yo prefiero mirar y que me miren, intercambiar, crear y rememorar emociones, pasar de las palabras al silencio e incluso tocar: palmeo, sobo, golpeo, acaricio y, en casos de extrema confianza, nalgueo.

Me han dicho que invado el espacio ajeno y he comprobado que es cierto, aunque no resulta incómodo para todos. Me acerco, se alejan, me aproximo, reculan, ataco, se protegen; ¿de qué?, ni idea, pero hoy procuro evitar que un encuentro con «cualquiera» se convierta en una frenética danza circular que enerva a los bailarines.

Cuando viví en el Este de Estados Unidos mi compañera de cuarto me lo advirtió:

Be careful, you are sweet and people might not like it.
—Pero ¿por qué?
Things are different here.
—¿Me estás diciendo que se puede malinterpretar como acoso de una maestra a un alumno? ¿Me van a demandar?
Might be, you never know.
—Ay, Dios. Shit happens.

Tuve cuidado, sólo fui nice & sweet con los chavos que propiciaron el acercamiento. Quizá sintieron que podían acortar la distancia y hasta abrazar a su maestra, una mexicana amigable que con toda intención se atrevió a pedirles que conjugaran el verbo chingar.

—¿Cómo?
—Es regular terminado en ar, chicos, ¡aviéntenselo!

A coro:

Yo chingo, tú chingas, él chinga, nosotros chingamos, ellos chingan.

La-Chingada-180x129

Nos reímos con frescura, menos mal que nadie nos oyó porque me hubieran puesto de patitas en la calle.

Mi aventura en Rhode Island habría sido diametralmente opuesta si la fiebre de los celulares y las pantallas se hubiera colado entre ellos y yo, entre el cariño que nace del intercambio de una mirada concienzuda a los ojos de otra persona de carne y hueso, sin sentar a la mesa a intermediarios tecnológicos como Facebook, Skype o FaceTime.

Hasta la próxima.

En terapia

Le platico que sigo trabajando en eso. Sí, en It, como se llamó la novela de terror y best seller de Stephen King en los años ochenta.

—¿Y qué es lo peor que puede pasar?
—¿Lo peor?
—Sí, lo peor.
—Pues que no me lea nadie.
—¿Y?
—Y nada. No pasa nada. Ni me muero, ni se altera mi pH, ni me caen maldiciones, ni regreso a mi madre al planeta Tierra. ¡No pasa nada!
—¿Entonces?

¡Ajá!, pongo cara de #québrutacómopuedosertangüey

Para no hacer el cuento largo decido darle un sañudo codazo a mi compinche (el miedo) y subo (¿a dónde?), libero (¿de qué prisión?) mi blog (¿qué es un blog?).
—Ah —contesto—, es una madre que subes a internet… Va de nuez, son escritos y cosas (¿qué cosas?) de mi interés, que pongo en la red (¿qué es la red, una peli del Hombre Araña?), para intentar despertar tu interés en lo que a me gusta e interesa.
—¿Y si no son de mi interés?
—Pues ‘tons p’a que disientas, critiques, compartas tu punto de vista y comentes. ¿Quedó claro?

Así fue como nació Retazos de letras. Y punto.