En el camino

No pretendo hacer una radiografía de la Calle, como sí lo hace Juan José Millás, con maestría y harta víscera, en El mundo.

Cuando salgo del edificio, por lo general doy vuelta a la izquierda. Si mi destino es «Dulce tentación» ―suelo ir por un café o una gelatina―, paso por la carnicería y tocinería «La perla» (ojo, no me refiero a la plaza Garibaldi, que el narco ya bautizó con ese nombre), por San Huarache de Los Pinos, por la farmacia donde me surten mi droga «de salvamento», por la hamburguesería «el Grill Oh!», por una estancia para perros, por la tienda de doña Mercedes, la tortillería, la fonda de las cazuelas en las que la pancita se ahoga en un caldo hirviendo, la tintorería, el mercado, el parque Pombo…

El chiste es que me planteé un reto: ¿cuántos transeúntes me sonreirían si yo intentaba provocarlo? En mi recorrido, que fue breve, insistí en hacer contacto visual, evalué la probabilidad ―dependiendo del gesto del sujeto o la sujeta―, y el resultado fue de tres, dos mujeres y un hombre.

Agradezco que algunos se den permiso de hacer una mueca alentadora. Es reconfortante que en un escenario protagonizado por desmembrados, linchados, incendiados, embolsados, baleados, decapitados, torturados, pateados…, todavía haya un dejo de ternura y confianza entre un par de humanos cuyos labios coincidieron un día, a una hora y en un lugar del inmenso hormiguero que habitan los homo ¿sapiens?

Tras bambalinas

Con frecuencia pronuncio —cuando lo hago en silencio nadie me escucha, aunque debe notárseme en el gesto— dos frases que de por sí me agotan: estoy cansada y tengo hueva. Atrás del cansancio, estoy segura, se esconden palabras como soledad, tristeza, miedo y apatía.

Hoy es un día #grisáceotirandoanegro. No quiero más que llegar a mi casa y cerrar la escotilla, como habría hecho el capitán Nemo a bordo del Nautilus.

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Sí, me pasa seguido, y todavía lucho contra los sentimientos que me estacionan en el desgano, como si no pudiera aceptar que me constituyen.

Deseé compartirles un cachito del Amor, con mayúscula, que Saramago nos regaló en Historia del cerco de Lisboa. Busqué el libro desde temprano y no lo encontré. Creo que lo hice porque hoy quiero que mis palabras se queden tras bambalinas, se me agotan el aliento y las ganas, como si necesitara oxígeno.

Recurro a El mundo, de Juan José Millás; abro el libro y me encuentro con un párrafo que subrayé y que a un lado tiene la inicial de mi nombre: “De esta revelación se dedujo que tampoco el mundo estaba mal hecho en contra mía. Quizá ni siquiera estaba mal hecho. El mundo era como era […]; había en él dolor y daño, desde luego, pero no se trataba de un dolor y de un daño puestos ahí para amargarme…”.

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Mi abuela diría Skip it y mi sobrino Teik it isi, tía F.

Yo caigo en la cuenta de que mañana será otro día.

De gustos y juicios

—Disculpe, disculpe… perdone…

Una monada que los mexicanos sintamos la necesidad de pedir perdón antes de hacer una pregunta. Sucede en restaurantes, tiendas, mercados, ferias. Así llamamos la atención de alguien.

—¡Oiga, disculpe!

—A sus órdenes.

Mentira.

—¿Me puede decir cuáles son los libros que la han marcado?

Una vez más, se inquiere con recelo, ¿p’a qué sirve el me puede decir? No me viene a la mente la sagrada Biblia y serían patrañas si dijera que ese texto es el número uno en mi existencia. Contesto a bote pronto —por alguna razón recuerdo al señor Peña Nieto— y me concentro en el verbo “marcar”, no “gustar”.

Mi planta de naranja lima (O Meu Pé de Laranja Lima), de José Mauro de Vasconcelos; El Principito (Le Petit Prince), de Saint-Exupéry; El mismo mar de todos los veranos, de Esther Tusquets; El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite, y El mundo, de Juan José Millás.

¡Uf!, queda por leer el universo entero, pero contesté a la pregunta.

—¡Gracias!

Salvé mi pellejo, por ahora no me harán trizas en las redes sociales. Hoy todos podemos opinar, pero esta libertad se presta para denostar y arrasar con lo que nos dé la gana, incluso injustamente. Le acaba de suceder a Idina Menzel. ¡Pobre mujer!, gran voz, profesional, sin playback y con un frío de la retristeza. ¡A darle en las benditas redes, cual punching bag! Pago por ver a cualquier pelado que se pare en Times Square a cantar como Menzel. Se quedaría FROZEN.

Siempre será más difícil vernos a nosotros mismos que señalar al otro, juzgarlo.

En fin, les propongo hacer a un lado el error humano con un extracto de El Principito.

Ça c’est, pour moi, le plus beau et le plus triste paysage du monde. C’est le même paysage que celui de la page précedénte, mais je l’ai dessiné une fois encore pour bien vous le montrer. C’est ici que le petit prince a apparu sur terre, puis disparu. Regardez attentivement ce paysage afin d’être sûrs de le reconnaître, si vous voyagez un jour en Afrique, dans le désert. Et, s’il vous arrive de passer par là, je vous en supplie, ne vous pressez pas, attendez un peu juste sus l’etoile! Si alors un enfant vient à vous, s’il rit, s’il a des cheveux d’or, s’il ne répond pas quand on l’interroge, vous devinerez bien qui il est. Alors soyez gentils! Ne me laissez pas tellement triste: écrivez-moi vite qu’il est revenu…

Le_Petit_Princehttp://www.agirregabiria.net/g/sylvainaitor/principito.pdf

Hasta la próxima.