De expectativas y cosas peores

Tener expectativas es parte de vivir; como querer ser la líder encestadora cuando se juega baloncesto, o como dar una clase y conseguir que los alumnos presten atención, aunque los tiente el poderío de las pantallas, es decir, del mundo virtual, donde «soy mejor» mientras más «amigos», likes y seguidores tenga.

La cosa se pone ruda cuando la expectativa, si sucede que uno va a psicoterapia, consiste en abrir la puerta un día cualquiera y descubrir que todo es como no era, que dejaste de ser tú, que te sacudiste la pesada carga genética, que tus neuronas y neurotransmisores se confabularon para dotarte de dopamina original (adiós a la pirata), que dejaste atrás miedos, inseguridades, tristezas, decepciones y complejos. O sea que, de acuerdo con esa ilusión, al accionar la manija para pasar del otro lado estaríamos borrando nuestra historia con un punto final inexistente.

Sentí angustia cuando entendí que por ahí no iba la cosa; lloré, pero hubiera querido hacer un berrinchazo. Cuando llegó la realidad, lista para acribillar la expectativa, constaté que nada sería distinto, aunque también reparé en que de lo que se trataba era de que yo me fuera haciendo de herramientas para lidiar con una puerta que, independientemente de estar abierta o cerrada, me permitiera moverme en un espacio edificado y matizado por mí, sin necesidad de patear mi recorrido.

Y llegó la pregunta: ¿si una lagartija se somete a tratamiento psicoterapéutico, qué sale del consultorio cuando toma la decisión de irse?

Ojo, estimados lectores, veremos salir a la misma lagartiga, nomás que «terapeada». Se va cargando su morral, quizá menos pesado que cuando llegó, en la negación más absoluta, con su sombrerito, lentes Ray-Ban espejados, gabardina negra y cigarro apagado entre los dientes.

Uno

Es muy simple (me acordé de El Principito): una mesa en medio de dos sillones y una lámpara (dada al traste) para distinguir mejor los colores. Ahí estamos, papá e hija, picadazos con el UNO. Claro que la suerte hace de las suyas, pero el cacumen también juega.

El perdedor del «campeonato» es quien suma primero 200 puntos malos. Creo que nos divertimos como enanos, sobre todo cuando se tira un «ramalazo» para que el atacado robe cuatro cartas. El tufo a triunfo cuando vemos que el contrincante está encartado es delicioso, y en una sola partida nos podemos llenar de cartas varias veces y barajar otras tantas para no cejar en nuestro ímpetu por fastidiar al prójimo.

Disfruto reírme con él (y por qué no, también de él) cada vez que nos sentamos a maquinar nuestras jugadas con verdes, amarillos, rojos y azules. Me encantan su concentración, sus ojillos sagaces, sus dedos pegajosos, su mala leche, sus poquísimos errores al calor de la pulsión de ganar, su relatoría durante el juego y sus interjecciones cuando la hija le acomoda un ramalazo al final de una mano.