Hay mucha vida en un alma que se sorprende con colores, olores y sabores.
El mercado de San Pedro de los Pinos, una colonia de la ciudad de México que se formó en 1920 (dato que plagio), maravilla a mi padre; con un ojo al gato y otro al garabato, inmerso en los pregones que despiertan las papilas gustativas con pescados y mariscos, quesos, frutas y verduras, jugos y licuados, harta dulzura, y hasta sushi.
Me tocó un papá curioso: todo lo observa, lo analiza, lo toca, ¡lo escanea! Tipo inquieto, asiduo visitante de iglesias y conventos; comprador airoso de platos viejos de buena calidad; lector que detesta quedarse con dudas; melómano que “ya no oye música” y que deseó haber sido director de orquesta; ser de ojos danzarines que no descansan sino cuando duermen.
Lo hablaba en mi terapia:
—¿Sabes cuántas veces paso por algún lugar y no veo? ¡Es terrible, camino y las cosas se me escapan, me vuelan por detrás! ¡A él no se le va una!
Siento el candor de su sonrisa y sigo hablando como perico con exacerbada verborrea (diagnóstico)…

—Mira, ya había pasado por ahí; cuando trabajaba en la editorial iba a comer con mi amiga. Jamás me percaté de la iglesia de San Vicente Ferrer, parroquia construida en el siglo XIX (más plagio). Él se fue a dar una vuelta y ya sabe qué hay y hasta qué quiere: quesadillas de las que vende la señora que se pone en la esquina de Avenida 3 y Calle 9.
Hemos pasado más tiempo juntos, compañeros de infortunios y dolencias médicas —cabe mencionar que antes los hacían con mejor madera—, y hoy quiero absorber esa capacidad para disfrutar de lo que ofrece la vida, que no es más que la cotidianidad de un parque, las jacarandas en flor, un nuevo tendejón donde sirven barbacoa con una salsa picosa, una sonrisa espontánea entre desconocidos, una calle arbolada, una voz que penetra por todos los poros de la piel o un poema de Blas de Otero, Hombre, que aviva el llanto, no sólo por su fuerza, sino porque solía recitarlo mi madre.
Charla entre mi hermana y yo cuando éramos niñas:
—¿¡Otro convento!? ¡Ay, ya!
—Sí, caray, es la tercera vez que venimos.
—Quiero llegar al hotel.
¡Muchachitas frívolas!
En España, nueve y siete años:
—¿Más platos?
—Uta, sí, y como trae la onda vamos a seguir rolando por cuanta tienda de antigüedades se encuentre.
Chiquillas malcriadas.
Ávido de descubrir, saber y compartir; le da por ser falso modesto, pero a mí ya no me engaña, hace años que logré domar a un hombre de ojos claros cuya autoridad tenía que acatarse. Hoy, de tú a tú y sentados frente a frente, conocemos y respetamos nuestras debilidades y fortalezas: las de todos, las de cualquiera que tenga la oportunidad de amanecer y jalar aire.
*Bai de güei:
Ojo con la conjugación del verbo venir en pretérito: es vinimos, no venimos.
Hasta pronto.