Solo para lectores

No pocas veces escuché sus carcajadas de cuarto a cuarto. Lo oía desternillarse de risa. Su cara y labios enrojecían, asomaba su dentadura y empezaban a brotar lágrimas. Luego se sacaba los anteojos para limpiar las micas con un paliacate rojo, prenda que lo acompañó del principio al final.

—¿De qué te ríes? —inquiría ella con curiosidad.

—Estoy leyendo a Wenceslao Fernández Florez, ja, ja, ja.

—Ah.

Ilustre desconocido para lo que solía leer, supe que se trataba de un humorista español. Recientemente, atizada por la misma curiosidad de tantísimos años atrás, me adentré en El sistema Pelegrín, obra que, me entero, fue llevada a la pantalla grande en 1952 por el cineasta Ignacio F. Iquino, quien también firmaba como Steve McCoy y John Wood.

De lectura fácil y agradable, el autor coruñés y mi jarro de café me acompañan desde temprano. Tipo ocurrente, simpático, informado e imaginativo, quien fue a estirar la pata en Madrid.

Ya la espicharon ambos, escritor y lector, pero queda alguien que recrea las teorías de un profesor con pasmosas labia y persuasión. Aunque medio enclenque, pasea a sus interlocutores por situaciones inverosímiles ligadas con el futbol, el tenis, el golf, la lucha libre y hasta el amor.

Me encantan las palabras. Hace unos días llegó a mi léxico “parajismero”, con todo y mueca. Pelegrín me ha soplado “tongo”, “alevín” y “pimplar”. Y como un libro regala sorpresas, este salto en el tiempo de 68 años me devolvió, ahora en solitario, algunas de sus expresiones y forma de hablar.    

—Entonces, ¿de ahí salieron cuando buenamente se pueda, estar envarado, perdidoso, boquear e intríngulis?

Omito el guion largo porque tengo la certeza de que las respuestas seguirán llegando…

Estimados lectores, recomiendo no poner pies en polvorosa antes de leer —y masticar con toda calma— tres frases del bigotón Pelegrín:  

“El fútbol ha dejado de ser un deporte para convertirse en un sentimiento”. ¿Alguien se atreve a negarlo?

“Tened bíceps en el alma y podréis reíros de un hércules”. Para reflexionar y actuar.

“Pelegrín soplaba con furia en el pito que llevaba colgado al cuello”. Frase más mexicana que española, ¿o no?

Hasta la próxima.

¿Hay alguien ahí?

Poncho y Maru no sabían qué hacer con Adela. Le costaba mucho trabajo levantarse, era un triunfo que desayunara, se iba a la escuela como autómata y no había poder humano que la hiciera concentrarse en las clases, sobre todo en Matemáticas II. La directora de la secundaria ya había hablado con sus papás y coincidían en que Adela estaba callada, dispersa, triste y desganada.

Fue idea de la abuela Natalia que su niña cambiara de aires y se fuera a Mérida a pasar una temporada con ella. Cuando Poncho y Maru hablaron con su hija la vieron esbozar una leve sonrisa, así que decidieron que era lo mejor.

A sus 71 años, doña Natalia era una viuda entrona, independiente, lúcida y con personalidad, que sabía disfrutar de sus tardes en compañía de un buen libro, un habano y una copita de Campari con cuatro hielos. Se sentaba en su silla de palma, ponía una mesita de apoyo y a volar entre humo con Chesterton, Woolf, Camus, Yourcenar, Azorín, Paz…

Estaba decidido, la abuela iba a sacar a su nieta de ese ensimismamiento a través de la lectura.

―Mijita, tu primer reto es El cuento de la isla desconocida, de José Saramago.

Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo. Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones.

Adela releyó la frase tres veces e incluso posó su mirada en otras páginas, pero en su cabeza, en vez de rey y barco, había confusión y desasosiego. Natalia se dio cuenta y resolvió que “mañana sería otro día”.

―Hoy vamos a probar con la poesía de Borges. Abre el libro donde quieras y escoge pensamientos que te gusten.

Adela abrió el libro al azar y leyó: “Creo profundamente que eso es todo y que ni veré ni ejecutaré cosas nuevas”. Esa frase, en la cual pudo concentrarse, aceleró su corazón y la metió en el humo del habano de su abuela, quien pensó, para sus adentros, que la tercera era la vencida.

―A ver, mija, hojea este libro. Está plagado de fotos hermosas del mar.

Adela, sentada junto a su abuela, pasaba las hojas con los ojos fijos en el infinito. A doña Natalia la asaltaron pensamientos remotos, como los cuatro humores, la bilis negra, la predisposición melancólica, Hipócrates… Situándose en el hoy, diagnosticó a su nieta con depresión.

―Adela, mi amor, ¿estás triste?, ¿tienes ganas de llorar?, ¿te da miedo?, ¿vas mal en la escuela porque no te puedes concentrar?

―Abuela, estoy más que triste, y no me interesan los reyes, ni el mar, ni el señor argentino, ni tus libros, ni nada.

Como Natalia sabía qué hacer al día siguiente, dejó su habano en el cenicero, estrechó a Adela entre sus brazos y, toda atención, la oyó sollozar.