Abro los ojos grandes, aunque por abrirlos no vea mejor, y compruebo que me gusta mi espacio.
A mi derecha hay un cuadrito con fondo rosa en el que se lee: “C’est véritablement utile puisque c’est joli”. La frase está escrita en Le Petit Prince, uno de mis libros predilectos; el cuadro vivió durante años en el estudio de mi tía Teresa, mujer harto significativa en mi andar.
Si miro a la izquierda me topo con una fotografía en blanco y negro. La tomó mi padre hace la friolera de 35 años o más; en ella se ven los rostros de tres mujeres: mi mamá, mi hermana y yo. Modestia aparte, un trío muy lindo, aunque mi cara sin sonrisa.
Frente a mí está la terraza, a la luz de un sol que cae iluminando las torres de la iglesia de San Vicente Ferrer; también la cúspide de una sombrilla roja, una mesa cuadrada, un par de macetas con buganvilias y la barda color verde donde me recargué hace rato, cuando empecé a sentir frío.
Un pedacito de mi nuevo mundo, del universo que iré puliendo poco a poco, sin desbocarme. Me sabe mejor en cámara lenta: en mi lente ya atesoro algunas pinturas nuevas, dos o tres tapetes, una mesa de centro, uno o dos cojines coloridos, una lámpara esférica y otra, amarilla, que cuelgue del techo…
Pero… ¿saben qué es lo más satisfactorio?: que conforme pasa mi vida me doy cuenta de que necesito poco; es la neta, no es que quiera hacer las veces (con todo respeto) del buen San Pancho.
Lo que vale es disfrutar de cualquier ente, cosa, numen, ser, material que vaya sumándose a mi cotidianidad.
Seguimos en diciembre.



