Apnea

Bajar, bajar y seguir bajando. Rodeada de agua, sumergida en mi abismo favorito a pulmón libre. Pensar sólo en la sensación de mi cuerpo a más de 40 metros de profundidad. El silencio y los sonidos del mar. El movimiento sutil de criaturas insospechadas. Un sueño que no será.

En caliente

«¿De qué tipo de personas quieres rodearte?». Mi papá ha opinado al respecto en varias ocasiones, aunque al final yo soy quien elije. Y para ello voy a invertir la pregunta: «¿Quién quiero poder ser cuando esté con alguien?».

Que mi voz resuene como la campana que atestiguó el grito de Dolores: quiero ser yo.

Ah, ¿y eso con qué se come? Además de un buen queso manchego y pan llenito de migajón, se va a masticar así: ser yo implica sentirme libre; libre para opinar, para hacer tonterías, para bailar tango con sublime ineptitud, para reír a carcajadas, para llorar hasta que se me cierren los párpados, para decir qué o quién me gusta; libre, en fin, para quitarme las máscaras que usamos al enfrentar la cotidianidad.

¿Cuando nos quitamos la máscara estamos frente a un amigo? Hay que arriesgar para descubrirlo. Hoy más que nunca estoy convencida de que sí «los contamos con los dedos de una mano».

Vale la pena: reír y llorar con alguien nos hace la vida, y los días, y las noches, y las tardes, y las madrugadas, y las puestas de sol, y las arrugas del mar azuzado por el viento, e imagino que hasta la muerte.

Yo quiero ser yo, con todo y migajón.

migajón