La había visto un par de veces en mi vida cuando tenía como siete años, pero de habladas todos coincidían en que la tía Lucha estaba zafada.
Vivía en Altar, Sonora, sola y su alma. Su única compañía era un perro chamagoso que se pasaba buena parte del día aullándole a Chacho, el perico tuerto del vecino, cuyo repertorio de palabras era más bien pobre: “loca”, “mijo” y “cochino”.
La gente de la villa tenía sus teorías: Lucha estaba chalada porque el tío Pelos, en una de sus múltiples borracheras, le había roto una botella de Bacardi blanco en la cabeza; otros decían que la tía había perdido el juicio debido a un golpe de calor: el maldito perro se había escapado, y ella había corrido desesperada por el Gran Desierto de Altar. Algunos más decían que la había abandonado un hombre blanco y esbelto, de ojo azul y pelo rojo, adicto a pronunciar un par de palabras que la metían en otro tipo de locura: Fuck you.

La verdad es que esa pobre mujer no le hacía mal a nadie; los habitantes de Altar ya estaban acostumbrados a que Lucha se enfundara una sábana blanca descosida y caminara con las palmas de la mano hacia arriba diciendo que el mismísimo Jesucristo le había mandado su túnica para que les hiciera el favor a los hombres de buena voluntad.
Por supuesto, ellos aprovechaban el ofrecimiento de la lavada de pies, sobre todo después de arduas jornadas laborales; a ellas, en cambio, las ponía de pésimo humor que Lucha no fuera solidaria con su género.
Los que sufrían un poco eran los niños, ¡menudo susto el que se llevaban al ver a Jesucristo vestido y en movimiento, cuando estaban acostumbrados a verlo casi desnudo y clavado en una cruz!
Algunos chavales menos aprehensivos miraban con el rabillo del ojo y decían: “Es la loca de Lucha”, pero cuando la chiquilla de Antonino se topaba con ella empezaba a lloriquear y se jalaba las trenzas. Su madre, hecha un veneno, agarraba a la niña de la mano y la metía en la iglesia: “Mira, hija, mira, ¡éste es Jesucristo; así, sin túnica, sin cubeta ni jerga! Hazte a la idea de que el mundo está lleno de lunáticos”. “¿Lunáticos, mamá?”. “Sí, hombre, sí, ¡así se ponen cuando la luna brilla mucho y les lastima los ojos!”.
Pobre tía Lucha… Estábamos a punto de hacer el viaje para visitarla cuando nos dijeron que había muerto: ella y el Cristo sangrante de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe habían protagonizado un duelo a muerte.

