Efímero

Una simple bocanada. Un jalón de aire cuando aprieta el pecho. El primer sorbo de una cerveza. Un minuto bajo el agua. Lo que dura la noche: el tiempo que se hace humo entre que cerramos y abrimos los ojos. La luminosidad de un rayo. Una sesión de terapia. Accidentes. Una mirada furtiva. Rata que cae en la trampa. La culminación del amor.

Así, como en un solo movimiento, llegaron los siete de mi madre, los 40 de mi hermana Inés, los ocho de mi tía Teresa, el medio siglo trunco de mis padres, el par de años que trituraron a la hermana sándwich.

Asomaron también mis 49. Y por ahí, donde la vida sigue, hay 85.

Un soplo.

 

 

Imagen: https://www.google.com/search?biw=1094&bih=506&tbm=isch&sa=1&ei=JWCVXMy-Bs3GsAXBq4ywDQ&q=ef%C3%ADmero&oq=ef%C3%ADmero&gs_l=img.3..0l10.22485.24563..24997…0.0..0.126.699.4j3……0….1..gws-wiz-img…….0i67.swejZlc63Cc#imgrc=8Y7zYdAeVqOFUM:

Más que lluvia

Amo el agua, y sobre todo, el agua fría. Ya lo he escrito.

De niña me acostumbré a nadar en una alberca cuya caldera nunca dio señales de vida, ni siquiera en invierno. Pero era un placer: zambullirme y salir rápido para airear mis pulmones. Lo que seguía era fácil: aclimatarse y disfrutar.

Amo sumergirme, amo aguantar la respiración mientras intento recorrer la mayor distancia posible, y también amo nadar cuando llueve.

Esa lluvia… la que presagian relámpagos y truenos. Mejor si llega con un viento que azota puertas y ventanas, con la luminosidad eléctrica del cielo, con el estruendo envolvente que le pisa los talones a cada rayo.

Amo ver, oír, tocar, oler y probar el chubasco que se solaza en el campo. Sí, huelo la humedad, escucho el golpeteo, hago mío el sabor del agua límpida, expongo mi piel al abraso de gotas y chorros helados, miro el huidizo arte líquido y despierto de golpe a una vida que a veces cierra los ojos sin poder conciliar el sueño.

*Foto de la autora.