Mi círculo

En primerísimo plano están mi taza de café favorita, que compré hace años en Barnes & Noble, una vela cuadrada con motivos africanos, una manzana blanca y una mujer de metal que toma de las manos a un niño y lo hace girar cuerpo con cuerpo.

manzana_blanca

Un poco más lejos está mi amate, un cuadrado tejido con destreza que encierra a cuatro círculos concéntricos de colores café y beige; a su derecha hay un pequeño tapete anaranjado, herencia de mi tía Teresa: plasma, con distintas figuras, lo que yo percibo como una cara indígena encuadrada por flequillos que podrían ser el pelo y la barba; a la izquierda la pintura de un felino que me mira furtivamente sobre un fondo rojo.

Si bajo un poco la vista me encuentro con tres retratos, dos casas pequeñitas que compré en la isla de Rodas y otro objeto de metal: una escalera que encumbra a dos personas mientras una tercera las sostiene.

Detrás del marco central se yergue la cabecita de una rosa seca, la misma rosa que descansó sobre el ataúd de mi madre. R se la llevó, creo que la puso boca abajo, y un buen día me la devolvió dentro de una caja de plástico.

Giro un poco la cabeza y tropiezo con los enormes ojos naranja y negro de un búho, regalo de mi hermana, que me mira desde lo alto del horno de microondas; se posa próximo al techo porque el carpintero que adecuó la tabla de madera para colocar el «micro» lo puso a una altura impropia para el mexicano promedio (no me incluye…)

A la derecha de donde suelo sentarme a leer y a hacer mis ejercicios de mano está mi madre: es una planta de albahaca que sembré al día siguiente de que murió, es la vaca ensombrerada que me recuerda su forma de ser elegante, presumida, altiva, digna, cuidada, y es también la flor de Anturio recién nacida que en secreto y sin palabras vocifera que aquí está, conmigo, y que me regala brotes de vida amarraditos al 10 de mayo.

anturioHasta la próxima.

El último jalón

Sé poquísimo sobre el santoral. Mi madre, ya lo he escrito y espero que no hasta el cansancio, murió en un soleado y casi primaveral 19 de marzo. Recuerdo que hubo personas que me comentaron que ese día se celebraba a San José. Curiosamente, el segundo nombre de mi dolorosa era Josefina, quien hacia el final de su vida entablaba conmigo diálogos como éste:

Riiiiiiiiiing
Riiiiiiiiiing

—¿Bueno? (¿De dónde habremos adoptado la costumbre de contestar así el teléfono? ¿Bueno qué? Buenos los santos, los manjares que nos alegran la vida, una película, la Tesorito…)
—Hola, mi amor, prende la tele y pon el canal “x”, están pasando la vida de San Gregorio Barbarigo (¡Ah, caray!, ¿san what?)
—Ay, madre, ya sabes que a mí me da exactamente lo mismo.
—¡Pero está buenísima!
—Má, vela tú, además estoy haciendo otras cosas.
—Bueno, amor, pero si le quieres prender, mi canal es “x” (ya se lo había apropiado, era su canal)

Gracias a que mi papá es el bibliotecario de su propia casa y a que me prestó La casa de los santos, de Carlos Pujol —literato, universitario, crítico, traductor y novelista español—, sacudíme la ignorancia y enteréme de que San José es patrón de la buena muerte. ¿Acaso puso su granito de arena en la muy tranquila y digna que se llevó a la autora de mis días?

Había llegado el momento, su doctora estaba en vísperas de sedarla, de ayudarla y ayudarnos a que la despedida fuera menos abrupta.

—¿Qué sigue?

—Doña Mónica (su primer nombre) se va a dormir, estará como en el vientre materno, sentirá sus caricias y escuchará a cuantos quieran hablarle, pero ya no abrirá los ojos.

La elección de Mónica Josefina fue diametralmente opuesta a la de quienes deciden (o les toca) pasarlo en hospitales: tubos, monitores, entradas y salidas de médicos y enfermeras, olores inconfundibles de cuartos, pasillos y sustancias.

monitor

Cierto que el trago amargo es indeleble, pasa por la garganta y resuena en el corazón, aunque con ella sobre su cama y en su casa paladeé cierto dulzor que permaneció en mi lengua. Sólo me arrepiento de no haberle pedido a H que me regalara cinco minutos más, aunque todo estaba dicho, más con los ojos que con palabras.

Antes del golpe de morfina le sonrió a su doctora, después esperó a que llegaran mi hermana, la protagonista de sus últimos minutos, mi padre (ante su voz fuerte y sonora intentó jalar sus párpados), y el sacerdote, en ese orden.

En cuanto a las demás personas que estuvieron presentes, de todas inspiró algo: convivencia y primeros flirteos, veinte años de cuidados con sus broncas, uno de exquisitos platillos que ella misma se encargaba de pedir y dirigir, varios de visitas de un par de testigos de las escaramuzas madre-hija, y un instante, lo que dura una noche, del trato más humano y digno que una persona le ofrece a otra sin conocerla.

Jalaba el aire entre pausas cada vez más prolongadas, de repente se quedó en una eterna y calma interrupción.

San José, una buena muerte y jacarandas en flor.

Hasta la próxima.

Baile

Mónica Josefina, mi madre. Ayer, 19 de febrero, cumplió dos años once meses de haber muerto.

Una mujer de bipolaridades y de altibajos, alma de cuantiosas fiestas y oscuridad diurna bajo las sábanas, un sube y baja.

sube y baja

Esta fotografía revela que andaba arriba, gozando de la mirada y del falso alimento del público. Sonriente, danzarina, robacámara con abanico en mano.

Mamá bailando

El baile su pasión, ballet, y ese vistoso flamenco que acompañaba con las palmas, el zapateado y el rítmico castañetear de unas castañuelas que lucían con el movimiento de sus brazos.

Compartió el majestuoso escenario del Palacio de Bellas Artes con la maestra Sonia Amelio y algunos ensayos con Pilar Rioja, quien otro 19 de febrero, precisamente un mes antes de que ella se llevara su vasto paquete de memorias, expresó: “A mi modo… trato de combinar lo fuerte del español con lo sensual y dulce de aquí, del Caribe”.

http://www.proceso.com.mx/?p=298770

Por ahí andará, en una esfera distinta, charlando y quizá, sólo quizá, pidiendo el abrazo en movimiento de un grande.

Rudolf Nureyev
Rudolf Nureyev

Tant qu’on dansera mes ballets, je resterai vivant

http://www.nureyev.org/

Hasta la próxima.