¿Verde o rojo?

Mi madre fue una mujer muy guapa. En general, quienes la conocieron secundan mi opinión. Es más, mi hermana y yo nos soplamos cuantiosas coplas tristealegres sobre caballeros que se rendían a sus pies.

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¡A saber lo que doña Josefina les habría parecido a asiáticos, Redskins, negros, Inuits o australopitecos…

A ella no le hubiera latido...
No le hubiera latido este galán

Yo la describiría con calificativos como sexy, fina, elegante, sensual, bella y voluptuosa, todo en la misma envoltura, que además en sus buenos tiempos se conjugaba con simpatía, soltura y amabilidad.

Podía ser alucinante cuando quería «partir plaza», llegar al último para ser the one and only e instalarse en la coquetiza cuando no venía al caso.

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No le fallaba, su entrada en un lugar implicaba silencios, distracciones y cabecitas que iban y venían como en una final Federer vs. Nadal. Excelsa, majestuosa, boca parada (¡cero botox ni colágeno!), perfectamente ataviada para la ocasión, se sentía tan iridiscente como un pavo real en época de celo.

Particularmente la recuerdo con un vestido gris, con sus camiseros y con un blusón beige que se le hizo enorme y no le quedó más remedio que resbalarlo a lo largo de su cuerpo y enfundarse unas botas. Recuerdo una foto en la que lo luce, se veía espectacular con un color que aunado al tono cafecito de su piel hacía que mi pobre abuela Pepa pareciera muerto fresco.

Ja ja ja, a las Perritas nos daba un patatús cuando a sus más de cincuenta años se enfundaba en trajes de baño llenos de agujeros que se mandaba hacer en «Amazonas» (¡ahí nomás!). En esos ayeres le pedíamos, casi le rogábamos, que omitiera decir que era nuestra progenitora, y no precisamente porque se viera mal, sino por el atrevido bañador de una señora de mediana edad que lucía sus curvas sin empacho (¡sensacional!).

Ante lo que acabo de describir, pocos de ustedes (¿o varios?) se imaginarían que en lo más profundo de su ser mi mamá era una mujer insegura y llena de dudas, necesitaba de la mirada y la lisonja de otros para sentir —ni siquiera saber— que era bella.

Triste, ¿no? Pero ojo, ¡la razón de ser de este retazo es precisamente tristealegre, porque aunque el alma se transparente, yo misma me reí cuando elegí e ideé el tema de hoy.

Mamá se pone un traje verde esmeralda. Papá no sabe lo que le espera.

—¿Te gusta, P?

—Sí, ¡se te ve maravilloso!

Mamá se cambia, ahora luce un vestido rojo quemado.

—¿Y éste?

—Me gusta más el verde.

—Entonces el vestido rojo no te gusta.

—No dije eso, sólo que prefiero el traje esmeralda.

—No te gusto con el rojo…

—¡No, no, no, tú me diste a escoger y elegí el verde!

—No te gusto.

—M, ¡te ves bien con lo que te pongas!

El acabose. Fin del mundo y de la historia.

Hasta el ratón.

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Demasiado personal

El viernes 16 de marzo de 2012 me dijeron que se había vestido, que estaba sentada en su sillón, muy guapa, platicando con el hombre que fue su última y efímera ilusión. Me dio gusto, aunque me mostré incrédula respecto a lo bien que se veía. Estoy segura, fue una artimaña para esconder nuestro dolor.

Subí la escalera, entré en su cuarto, la vi, nuestras miradas se cruzaron y supe que era mentira. La vida de mi madre se escurría, ella lo había anunciado de muchas formas. Llamadas y despedidas por teléfono y en persona, machacándolo a quienes pasaban más tiempo con ella —»No compren gas, ya no se va a necesitar”—, y ese abrazo, el último, sus manos tomando mis hombros, mi mejilla y mi oído sobre su pecho y después nuestros ojos, hechos de historias, de lucha, de pleitos, llenos de nuestras risas del sábado 17, donde hasta el final cupo el amor.

Tomé mi bolsa y también, como solía hacer mientras bajaba, le grité “bye, Má”. De regreso vino un “adiós, mi amor”.

14 de marzo de 2014

Cerca del miércoles 19, es decir, a 730 días de nuestra despedida. Afuera de su casa está la misma jacaranda que presumía sus hermosas flores color lila cuando dejó de respirar, poquito después de que el padre le diera la extremaunción.

Jacaranda

Una muerte serena, tranquila, sin sobresaltos. Hasta podría decir que dulce. La camioneta de Gayosso estacionada afuera. ¿Era real? Qué sensación tan maniaca. Me negué a ver el desagradable procedimiento de la bolsa y el cierre con mi madre y sin ella dentro. Para mí la peor parte, sin duda.

Llegó la hora, se la llevaban por segunda vez, ahora al crematorio. La seguí, llegué hasta el elevador y nunca imaginé que me dijeran que podía bajar con ella. Adrenalina. Acompañarla hasta el último segundo. Oía los pasos de mi hermana atrás de mí, muy cerca. Ellos transportaban un cuerpo más, yo sólo veía a mi mamá. Pasillo, vuelta a la izquierda, fuego, llamas, rojo, lenguas, calor, el abrazo final.

Cual algodones de dulce, como plumas de un edredón, así de ligero, levantaron completita la tapa del féretro. Me acerqué, le hice una caricia y besé su frente. Mi madre estaba, pero su cuerpo era de hielo. Me asusté un poco.

“Hija, cuando me muera que no me quiten la pulsera que me regalaste”. Era de ámbar. Se quemó junto con su carne.

Ámbar, palabra que proviene del árabe. Significa "lo que flota en el mar"
Ámbar, palabra que proviene del árabe. Significa «lo que flota en el mar»

—¿Dónde estás, que suelo extrañarte?
—Contigo —me respondes.

Y sonrío.