Entre natas

Me siento tranquila en mi estudio, en el segundo piso de mi departamento, atestiguando el irrisorio azul que me regala el cielo contaminado de la megalópolis.

Estamos inmersos en una nata grisácea que aplasta, que cansa y carcome los ojos, que desdibuja el techo que pintábamos de azul cuando éramos niños. Con todo, los pájaros todavía cantan: los escucho todas las mañanas, sorprendida por no hallarlos de pico sobre el asfalto.

¿Saben?, yo traía una nata similar sobre mis hombros: ¿hacer o no una misa para mi madre? Mañana cumple cuatro años de haber muerto. Entra a escena el lugar común, común a buena parte de los terrícolas que aún respiramos en la región menos transparente del aire:

—¡Cómo pasa el tiempo!

¿Una ceremonia por su aniversario?, ¿un padrecito que perore sobre alguien a quien nunca conoció?, ¿una misa a la que algunos asistan por compromiso?, ¿saludos y saluditos; abrazos y abrazotes?, ¿risas y distracción?

Decidí que nada de misa, que no me interesan los convencionalismos, que nadie se debería sentir comprometido. Más allá del 19 de marzo, la traigo cosida, cerquita, con sus defectos y virtudes, recordando sus chistes, dichos, disparates y vanidad de vanidades.

A veces me aplasta la existencia, pero, a fin de cuentas, estuve dentro del vientre de esa mujer, la que yo escogí para aprender, para intentar hacerme de lo que me pertenece en un marasmo de bullicio que he de domar con voluntad y, aunque se me vaya la vida en ello, con paciencia.

Adeus.

Rookiebloguera

Oh sí, el año pasado se me metió el gusano de crear un blog, hasta compré el libro Redes sociales, de LID Editorial (LIDeditorial.com). Lo lancé formalmente —el blog, no crean que el libro— el 3 de enero de 2015.

Puedo decir que cumplí, porque no lo abandoné, aunque lo hice a medias, dado que mis entradas fueron en picada, como supongo que sucedió con el avión de Saint Exupéry cuando quedó varado en el desierto del Sahara.

En enero me clavé y escribí casi a diario; en febrero y marzo me eché 12 retazos, y en la segunda mitad del año mi producción tendió a ser raquítica.

Les confesé que era un proyecto que me daba miedo arrancar y concluí que “lo importante era soltarme y disfrutar del acto de escribir”. Fue curioso: inicié con brío, con ganas de sentarme a relatar historias de tocho morocho y poco a poco menguaron mis ganas: me quedé corta en disciplina, trabajo y macheteo cotidiano.

Ninguna musa, ni siquiera #DisneyCampanita (monigota cursi), iba a revolotear alrededor de mi cráneo para regalarme inspiración y dictarme frases maravillosas que se tradujeran en la escritura automática de los surrealistas. “¡Que el yo del poeta se manifieste con libertad, sin trabas!”. Ja, ¡ni que fuera la transcripción de voces del más allá!

Campanita

Agradezco los comentarios de quienes me hacen el honor y confieso que pensé en que habría más interacción. En Redes sociales leí que mi “[…] objetivo debe ser fomentar el debate y estimular los comentarios”.

No sé, quizá más mentadas de madre, o “no estoy de acuerdo”, o “yo también soy un(a) freak #NoTeSientasTanSolaEnElMundo”, o “yo no tuve TOC, pero me da por la bipolaridad”, o “no eres ni serás la única persona que tiene miedo”. ¡Claro que me creé expectativas y que fantaseé en torno a lo que sucedería con este pequeño ciberespacio!

Cuando me refiero a él, hay quienes preguntan:

—¿Y sobre qué escribes?, ¿de qué es tu blog? (no es de chocolate ni de fresa ni de puntos azules y amarillos…)

—Chale, pus de todo un poco; al principio pensé en concentrar buena parte de mi esfuerzo en hablar de comida y restaurantes, pero fueron colándose mis opiniones, experiencias, anécdotas, alegrías y tristezas. También me propuse aventarme un Bai de güey al final de cada retazo, y si he asentado cuatro son muchos.

Quiero terminar diciembre con cinco escritos, es decir, con 105 entradas en el año: ocho punto y pico si las dividimos entre 12 meses. Cifra paupérrima para cualquier ente que se precie de dizque “escribir”. Such is life, my friends, y viéndolo por el lado menos dark puedo sentirme satisfecha de cerrar 2015 con una bitácora web que sigue dando sus bocanadas de letras.

En mi familia han escrito —de tejer y bordar nada— y me vi a su vera, menos prolífica (por no decir más huevo…) y más ignorante, aunque con loqueras transmitidas con cierta decencia discursiva.

tejer

http://mx.depositphotos.com/25958947/stock-illustration-vector-cartoon-of-grandmother-knitting.html

Las veces que golpeé la tecla me reí, como con los episodios turcos; lloré, como cuando relaté la muerte de mi madre; me frustré: quería escribir pero me salía espuma (plagio a Vallejo); me traumé (escritura “chata”) y me divertí, sobre todo buscando imágenes que apoyaran mis ideas.

El “bendito” 2016 ya nos pisa los talones —sí, caigo en “cómo vuela el tiempo” porque, en efecto, se va como alma que lleva el diablo.

Me propongo continuar y ser más constante; si no, quiero que alguien levante la mano, se identifique y me la refresque.

Ciao.

El último jalón

Sé poquísimo sobre el santoral. Mi madre, ya lo he escrito y espero que no hasta el cansancio, murió en un soleado y casi primaveral 19 de marzo. Recuerdo que hubo personas que me comentaron que ese día se celebraba a San José. Curiosamente, el segundo nombre de mi dolorosa era Josefina, quien hacia el final de su vida entablaba conmigo diálogos como éste:

Riiiiiiiiiing
Riiiiiiiiiing

—¿Bueno? (¿De dónde habremos adoptado la costumbre de contestar así el teléfono? ¿Bueno qué? Buenos los santos, los manjares que nos alegran la vida, una película, la Tesorito…)
—Hola, mi amor, prende la tele y pon el canal “x”, están pasando la vida de San Gregorio Barbarigo (¡Ah, caray!, ¿san what?)
—Ay, madre, ya sabes que a mí me da exactamente lo mismo.
—¡Pero está buenísima!
—Má, vela tú, además estoy haciendo otras cosas.
—Bueno, amor, pero si le quieres prender, mi canal es “x” (ya se lo había apropiado, era su canal)

Gracias a que mi papá es el bibliotecario de su propia casa y a que me prestó La casa de los santos, de Carlos Pujol —literato, universitario, crítico, traductor y novelista español—, sacudíme la ignorancia y enteréme de que San José es patrón de la buena muerte. ¿Acaso puso su granito de arena en la muy tranquila y digna que se llevó a la autora de mis días?

Había llegado el momento, su doctora estaba en vísperas de sedarla, de ayudarla y ayudarnos a que la despedida fuera menos abrupta.

—¿Qué sigue?

—Doña Mónica (su primer nombre) se va a dormir, estará como en el vientre materno, sentirá sus caricias y escuchará a cuantos quieran hablarle, pero ya no abrirá los ojos.

La elección de Mónica Josefina fue diametralmente opuesta a la de quienes deciden (o les toca) pasarlo en hospitales: tubos, monitores, entradas y salidas de médicos y enfermeras, olores inconfundibles de cuartos, pasillos y sustancias.

monitor

Cierto que el trago amargo es indeleble, pasa por la garganta y resuena en el corazón, aunque con ella sobre su cama y en su casa paladeé cierto dulzor que permaneció en mi lengua. Sólo me arrepiento de no haberle pedido a H que me regalara cinco minutos más, aunque todo estaba dicho, más con los ojos que con palabras.

Antes del golpe de morfina le sonrió a su doctora, después esperó a que llegaran mi hermana, la protagonista de sus últimos minutos, mi padre (ante su voz fuerte y sonora intentó jalar sus párpados), y el sacerdote, en ese orden.

En cuanto a las demás personas que estuvieron presentes, de todas inspiró algo: convivencia y primeros flirteos, veinte años de cuidados con sus broncas, uno de exquisitos platillos que ella misma se encargaba de pedir y dirigir, varios de visitas de un par de testigos de las escaramuzas madre-hija, y un instante, lo que dura una noche, del trato más humano y digno que una persona le ofrece a otra sin conocerla.

Jalaba el aire entre pausas cada vez más prolongadas, de repente se quedó en una eterna y calma interrupción.

San José, una buena muerte y jacarandas en flor.

Hasta la próxima.