Con todo y TOC

El viernes 10 del 02 nos lanzamos al Campo Marte para echar ojo a la tercera edición de BADA, “[…] la feria que revolucionó la forma de comprar y vender arte”. ¿Será?

Primer hecho: invitada por Krytzia Dabdoub, amiga de años atrás, entre otras cosas recordada como alguien cuyo talento destacaba en cualquier clase que implicara las artes plásticas. Una mujer afable, sencilla, cariñosa y sonriente. Al comparar nuestras hechuras, mis intentos eran erráticos palitos y bolitas; jarrones y manzanas llenos de malformaciones.   

Segundo hecho: las seis o siete personas con #cubrebocas que conté, fuimos muchas. A mí, además del covid, me ha protegido de las dos o tres gripas anuales que solía padecer. Si a esto le sumamos alergias, influenza, enfriamientos y cualquier cantidad de virus en busca de receptores, mi conclusión es que funciona.

Tercer hecho: por ahí había un par de especímenes femeninos que, más que espectadoras de las diversas obras, podían haber sido expuestas como máscaras resistentes sin signos palpables de elasticidad. 

El asunto de la mascarilla contrasta con mi visita a #LosTulipanes de Prado Norte. Hacía tiempo que no me paraba en la pastelería, y mucho menos para hacerme de un “lechón” con salsa de zarzamora. Ahí, en la cola de las escaleras, observé otro comportamiento: mayor equilibrio entre enmascarados y valemadristas.

Mi trastorno obsesivo compulsivo dista de parecerse al de mi infancia, donde la posibilidad de enfrentarme a mis pensamientos era nula. Mi ser reaccionaba ante lo que no estaba previsto y me paralizaba, hasta que hallaba la oportunidad de “purificarme”.

Hoy soy capaz de dialogar con mi mente y de negociarle ciertas conductas. ¡Lo que nunca cuando se está inmerso en el charco negro, espeso y maloliente!

Se siente bien tomar el control y reírme de mí misma, con todo y mi venia.    

Hasta la próxima.  

En caliente

«¿De qué tipo de personas quieres rodearte?». Mi papá ha opinado al respecto en varias ocasiones, aunque al final yo soy quien elije. Y para ello voy a invertir la pregunta: «¿Quién quiero poder ser cuando esté con alguien?».

Que mi voz resuene como la campana que atestiguó el grito de Dolores: quiero ser yo.

Ah, ¿y eso con qué se come? Además de un buen queso manchego y pan llenito de migajón, se va a masticar así: ser yo implica sentirme libre; libre para opinar, para hacer tonterías, para bailar tango con sublime ineptitud, para reír a carcajadas, para llorar hasta que se me cierren los párpados, para decir qué o quién me gusta; libre, en fin, para quitarme las máscaras que usamos al enfrentar la cotidianidad.

¿Cuando nos quitamos la máscara estamos frente a un amigo? Hay que arriesgar para descubrirlo. Hoy más que nunca estoy convencida de que sí «los contamos con los dedos de una mano».

Vale la pena: reír y llorar con alguien nos hace la vida, y los días, y las noches, y las tardes, y las madrugadas, y las puestas de sol, y las arrugas del mar azuzado por el viento, e imagino que hasta la muerte.

Yo quiero ser yo, con todo y migajón.

migajón

Vaivén

el otro

No se necesita hablar: sobran palabras.

Basta con que otros den alas a su imaginación para decodificar historias ajenas, sobre todo si nos hemos percatado de que verse a uno mismo resulta más incómodo y doloroso que sembrar y cosechar ideas, juicios, deseos, sentimientos, traumas, sueños inconfesados que solemos proyectar sin decir “agua va”, como si nos envolviera un manto de verdad, uno repleto de estrellas soplonas de lo que ignoran.

¿Cuántas personas habré sido sin ser yo? ¿Cuántos disfraces he usado que jamás ceñirían mi cuerpo? ¿Cuántas mentes que en realidad se contraponen a la mía? ¿Cuántas aventuras que yo misma desearía vivir? ¿Cuántas máscaras que mi intimidad no reconoce?

¿Quiénes somos?

Acaso lo que callamos y que la osadía de otros pone en nuestro ser; acaso lo que no somos pero somos porque nos han manoseado; acaso lo que nunca seremos pero que todos pretenden que seamos.

Yo soy el mar: oscura y luminosa, cálida y fría, cercana y distante, peligrosa y mansa, dulce y rabiosa, agitada y pocas veces serena, profunda más que superficial: insondable, polar, en constante vaivén.

Vaivén —ir y venir, ir y venir— que es mío, que comparto con pocos y —¡oh, paradoja!— que muchos creen conocer.

Hasta la próxima.

Agradecimiento

Gracias por el techo, por el cobijo, por el resguardo, por la protección; gracias por ser mi refugio durante diez años: refugio hermoso, pequeño, colorido, silencioso, amable, casi siempre iluminado por soles matutinos y vespertinos.

luz de sol

Aquí, en este cuarto piso, más imaginarios que reales, me acompañaron mi hermana y mis sobrinos, mi padre, mamá —enramada en albahaca que empieza a tirar sus hojas a causa de una entrometida plaga blancuzca—, e incluso mis queridos tíos Malis y Maruca.

También la cama, mesa, sillas y flores Van Gogh; la doble cara de Remedios Varo y su Mujer saliendo del psicoanalista, el macetón de barro con las sangrantes flores de Teresa.

Permití que entraran muy pocas personas: elegidas. Las hice parte del mundo que me aisló del zumbido del Distrito Federal —¿próxima Ciudad de México?— y de la inacabada amenaza externa.

Aquí, una vez cerrada la pesada puerta, he sido yo, despojada de máscaras, desnuda, capaz de respirar mi aire y no el de quienes forzosamente veo todos los días.

Puerta Sasso

Un verdadero hogar, suave, sin exabruptos de vecinos complicados, sin chillidos, escándalos ni faltas de respeto. Cuatro pisos diarios de escaleras para encontrar mi paz —montaña cuando cargo las bolsas del súper en un solo viaje— y resguardar mi corazón.

Gracias pues, Giovanni Sassoferrato —por si no saben, fue un pintor italiano del XVII—, por algodonar mis miedos, atestiguar mis alegrías, acompañar mi amor y mis logros durante poco más de 3,650 días.

Sassoferrato

Hasta pronto.